DOI: www.doi/org/10.24275/uam/azc/dcsh/fh/2019v31n58/OrtizBG
Sección:
Ensayo
Niceto de Zamacois y su mirada a la historia,
al paisaje, los paseos y la vida cotidiana en el México decimonónico.
Alejandro
Ortiz Bullé Goyri[1]
Recibido en: 16/09/2019
Aceptado en: 26/09/2019
El
siglo XIX mexicano se nos presenta siempre lleno de sorpresas que corroboran que se trató de una época de una gran riqueza cultura y
tiempos de configuración de tradiciones literarias que distinguirían al país
letrado a lo largo del siglo XX. No solamente vemos aparecer grandes narradores
que nos dejaron novelas de gran factura, sino también historiadores y
cronistas, como fue el caso de Niceto de Zamacois. Pero junto con él, aparecen
nombres de escritores ilustres, como Guillermo Prieto o Manuel Payno; los
cuales, no sólo pusieron los cimientos del gran edificio de la narrativa
mexicana del siglo XX, sino también abonaron el terreno para la construcción de
una historiografía mexicana. Muchos de ellos nos dieron además testimonios y crónicas
fundamentales para la disposición actual de fuentes para la historia social y
cultural de México. Un ejemplo de ello es
Los mejicanos pintados por sí mismos de
1854, cuya singular aportación consiste en ofrecernos en la distancia del
tiempo una visión de aspectos de la vida cotidiana en la segunda mitad del
siglo XX que nos permite formularnos ideas a propósito de la configuración de la
sociedad mexicana y desde luego de su vida cotidiana y sus
transformaciones. El trabajo que
hicieron Hilarión Frías y Soto, José María Rivera y otros más, como Niceto de Zamacois,
dio pauta para otras publicaciones en donde se hacía la crónica y el testimonio
de paseos, ambientes, espacios, calles y personajes propios de la vida
cotidiana de la Ciudad de México, como lo fue fundamentalmente el libro México y sus alrededores (1855-1856), en donde se consignannumerosos paseos y espacios de esparcimiento
y de interacción social. Algunos de los cuales quedan aún en el paisaje urbano
de la ciudad de México, otros, como el Canal de la Viga y el Paseo de Santa
Anita ya perdidos y que gracias a esas crónicas y reseñas, se guardan en
nuestra memoria.Muchas de estas
crónicas, pasaron de las páginas de los periódicos a la literatura y de ahí al
teatro, como es el caso del Paseo de Santa Anita. Niceto de Zamacois fue un
intelectual, periodista, historiador y narrador hispano mexicano, que emprendió
el trabajo de realzar la naturaleza del ser mexicano y de la tierra mexicana.
Muchos de sus textos, tiene como fin el dar a conocer al extranjero,
particularmente al español, lo que para él resultaba entrañable. Así en el
periódico madrileño El Museo Universal publica
una de las más precisas crónicas de lo que fue el paseo de Santa Anita; que
para entonces, quizá tenía más fama y generaba más orgullo en los habitantes de
la capital que el propio Bosque de Chapultepec. Si bien esta crónica está ya recogida
en la antología Vindicación de México (2007)
realizada por José Enrique Covarrubias, presentar en este dossier la versión
original como aparece en El Museo
Universal del 30 de julio de1857 nos ayuda a comprender la importancia que
las miradas hacia el paisaje los paseos y a los tipos populares tuvo durante
aquellos años del enaltecimiento de lo nacional, de lo propio.
Datos
biográficos:
Niceto de Zamacois (n. Bilbao, España 1820-m. Cd. de México 1885). - Escritor, historiador,
literato y periodista. Vivió y trabajó
entre México y España y fue piedra angular en los primeros grandes trabajos de
historiografía mexicana y de crónicas de vida cotidiana en México. Su obra Historia de Méjico de sus tiempos más
remotos hasta el gobierno de D. Benito Juárez (1876) y sus colaboraciones
en Los mexicanos pintados por sí mismos y
México y sus alrededores, así como
El jarabe, dan muestras de un autor profundamente comprometido con exponer
las características de una nación que comenzaba a forjarse con una fisonomía
propia.
Obras[2]:-
Entretenimientos poéticos, México (1847); Historia de
la guerra de los Carlistas en las Provincias Bascongadas y en Navarra. Poema
épico, México (1849); Los ecos de mi lira,
México (1849); Los misterios de Méjico.
Poema escrito en variedad de metros, México (1850-1851); Máximas á los escritores, México (1852);
Libro de educación religiosa y social
destinada á la juventud, México (1854); Los
mejicanos pintados por sí mismos, México (1855); Un ángel desterrado del cielo, México (1855); Testamento del Gallo Pitagórico, México
(1855); Almanaque cómico, crítico,
satírico y burlesco, para todas las épocas, hombres y países, México
(1856); El firmante: zarzuela en un acto
en prosa y verso, Madrid ( 1859); El
capitán Rossi, México ( 1860), El
Jarabe, México (1860); La luz del
mundo. Drama sacro-pastoril en un acto, México (1863); El mendigo de San ángel: novela histórica original, México
(1864-1865), Historia de Méjico de sus
tiempos más remotos hasta el gobierno de D. Benito Juárez, Barcelona
(1876-1882); con A. Llanos, Origen del
plajio en México, México (1877), y La herencia de un barbero: juguete cómico en un acto, México (1879).;
Bibliografía
de Zamacois, N. (2007). Vindicación de México: antología,
(Selección Introducción y Notas de José Enrique Covarrubias). México: UNAM,
Biblioteca del Estudiante Universitario.
de Zamacois, N. (2007). Un paseo a Santa Anita y las
chinampas. En Vindicación de
México: antología.
México: UNAM, Biblioteca del Estudiante Universitario, pp.69-88.
Cibergrafía
Real
Academia de la Historia,
http://dbe.rah.es/biografias/44913/juan-niceto-de-zamacois-urrutia<septiembre 2019>.
Pérez Salas C., M. E.
(2019). Genealogía de Los mexicanos
pintados por sí mismos". Historia
Mexicana, [S.l.], oct. 1998, p. 167-207. <https://historiamexicana.colmex.mx/index.php/RHM/article/view/2452>
. 11 sep. 2019
MEJICO. Un paseo á Santa – Anita y á las
chinampas
Niceto de Zamacois
Después
de haber descrito en globo la gran capital de Méjico, nada mas útil y
conveniente para el lector que conocer los diferentes tipos de habitantes de
aquel país, en todo nuevo, en todo original. Las capitales de las naciones son
el receptáculo á donde van a parar con sus trajes peculiares los hombres de sus
distintas provincias, y el punto por lo mismo, en que el escritor puede de un
solo golpe de vista descubrir los diferentes matices que marcan al país en
general, y á cada provincia en particular. Esta es mi humilde juicio, la manera
mas propia de empezar la historia de las costumbres de un país para darlo á
conocer enteramente. Es el boceto de un gran cuadro, que da á conocer el
paisaje, aunque después sea necesario retocar figura por figura, para llevarle
á la perfección. ¿y que lienzo mejor preparado para delinear todas las figuras
de un gran pueblo, que uno de esos paseos populares en que se presentan todas
las clases de la sociedad para ser examinadas por el ojo escudriñador del
observador?
¡La
Viga
! Venid conmigo á conocer en este punto de recreo y de animación, en ese
delicioso paseo de la populosa capital de los antiguos aztecas, al pueblo
mejicano. Yo, fiel narrador de todo lo que pertenece á ese privilegiado suelo,
donde tantas pruebas de deferencia me han dispensado sus hijos, voy á pintar
sus originales costumbres, sus agudos y picantes dichos, sus pendencias, sus
amores, sus bailes, sus canciones, sus trages y sus inclinaciones. Venid pues,
y recorred conmigo en uno de los domingos del mes de abril, ese risueño y
animado paseo, á donde acuden en tropel las distintas clases de la sociedad, en
elegantes carruajes la alta, á caballo parte de los jóvenes de la misma, y á
pie la media y la baja, para formar un conjunto heterogéneo pero agradable,
donde todo se mezcla y se confunde, como van a mezclarse y confundirse en el
espumoso mar de los diferenciales ríos mas ó menos caudalosos, mas ó menos
puros que de distintos puntos han partido.
¡Tended
la vista por todas partes! ¡Qué alegría se advierte en el rostro de esa
concurrencia sin número, que ocupa los diversos puntos de ese lugar destinado
al placer y al olvido de todos los pesares! Mirad á la izquierda esa multitud
de hombres y de mujeres del bajo pueblo que se agolpan al embarcadero, para
marchar á Santa-Anita, pequeña población de indios, y que se afanan por entrar
en aquella gran canoa que acaba de atracar. De ella sale la ronca voz del indio
remero que, vestido con un ancho calzón blanco de algodón, sostenido por un
ceñidor azul del mismo género, en mangas de camisa, descalzo, y cubierta su
despeinada cabeza con un sombrero de paja ordinaria, ó de petate como ellos le
llaman, y de inmensas alas, grita con toda la fuerza de sus pulmones: &iquot;A dos
por medio á Santa-Anita; á dos por medio- ¿Quién se embarca? Que se larga la
primorosa&iquot;.
Escuchad
el jarabe escitador que en el arpa y la jaranda (triple) tocan en este instante
los músicos que están sentados al borde de cada canoa respectiva, pagados por
sus dueños, para que los que se embarcan puedan hacer su viaje bailando ó
viendo bailar, y ved como en un momento se llenan todas de gente leperocratica[3] para quien en el pasado y
el provenir son cosas que no merecen tenerse en consideración, que se entrega
con toda el alma al presenta, que es el mundo, la existencia, el todo de esa
gente del bajo pueblo, y que no tiene exigencias que puedan atormentarla en lo
mas mínimo, ni turbar la constante alegría que entre ellos reina. Pero dejemos
á los embarcados que desaparecen en el pintoresco canal, y detengámonos á
examinar esas millares de personas, que esperan agrupadas á la orilla á que
atraquen nuevas canoas para elegir aquella que mas en armonía juzgan con su
educación. Observemos sus trages, oigamos sus dichos, traslademos al papel sus
palabras sin alterarlas en lo mas mínimo, para que así el lector tenga una idea
exacta, un retrato fiel y verdadero de lo que realmente es el pueblo mejicano.
Contemplad
ese grupo donde se encuentran unos vendiendo y otros comprando fruta, en tanto
que la canoa atraca. Ahí tienen ustedes, junto á esa robusta frutera al charro[4] mejicano con sus
calzoneras de paño azul celeste, abiertas por los lados, para que la pierna
esté libre de montar, con rica botonadura de plata para cercarla cuando le
parezca, dejando ver debajo un ancho calzón blanco; ved su bota campanera[5], bordada de colores, que
cae hasta cubrir el pié, y asegurada por una hermosa liga, entre la cual y la
bota lleva un chuchillo de vaina de acero, tanto para uso propio del campo,
como para defensa propia: examinad su airosa cotona, especie de chaqueta que
participa del jubón de la chaquetilla que usan los andaluces, de suave cuero
café, y sobre cuyos hombros y espalda cuelgan porción de alamares de plata:
fijad la vista en su faja de seda encarnada, bordada con borlas de oro en los
estremos que cuelgan por detrás; analizad su redondo sombrero llamado jarano,
de anchas alas galoneadas con cinta de oro, sobre las cuales descansa una
gruesa toquilla[6]
con amarres[7]
de plata, sostenida por dos enormes chapetas[8] del mismo codiciado metal,
y decidme luego si puede haber trage mas propio para montar á caballo. Solo le
falta para completar el vestido de charro, la rica manga[9] azul ó morada, galoneada
con cinta de oro alrededor; su gran espada y sus enormes espuelas distintas en
todo de las que se usan en Europa. A su lado está la graciosa china[10] de desnuda pierna y
diminuto pie de elevado empeine, calzado por un zapato de raso azul bien
cortado; de enaguas cortas, anchas y vistosa tela, sostenidas por un ceñidor de
seda encarnado que oprime su delgada cintura; embozada en un rebozo[11] de seda matizado de
amarillo y negro, pero no tanto que no se deje ver su graciosa boca, sobre cuyo
labio superior se percibe apenas un fino y delicado bozo; de ojos grandes y
negros, velados por largas y sedosas pestañas que comunican una sombra
espresiva á sus delicados parpados; de rosado color y de delicada tez, que
contrasta notablemente con la brillantez de su lustroso pelo, negro como el
azabache, que en dos largas trenzas, unidad sus puntas por una ancha cinta de
raso azul, lleva caídas hacia atrás. Mirad no muy lejos de ellos al arrogante
lépero que, embozado de su vistoso jorongo[12] habla de sus pendencias y
sus amores con otros que en el manejo del puñal no reconocen superiores en el
mundo: al vendedor de cacahuates[13] que gritando sin cesar al
buen tostado de horno, aparen, aparen, atrae á su derecha á los compradores: á
la limpia criada de la alta sociedad, vestida con aliño, y á otro número
infinito de personas de ambos sexos que sería prolijo describir.
-Entre,
valedor.
Grita
desde una canoa que se acaba de llenar de gente, uno de cetrino rostro á quien
atraviesa una cicatriz en el carrillo izquierdo, á otro que, embozado de su
jorongo y queriendo cubrir un enorme chirlo que desde la ceja derecha hasta la
oreja izquierda le llega, se encuentra en la orilla contemplando á una
simpática china de ojos árabes y provocativo seno, que en compañía de una
anciana espera á que se atraque otra canoa, en la cual, como en todas las
destinadas al populacho, se encuentran dos músicos que sin cesar tocan en la
jarana y el arpa, las bulliciosas, alegres y animadoras sonatas populares.
–Venga,
valedor.
Le
vuelve á decir el de la canoa al que contempla á la joven.
–Ayá
nos veremos.
Le
contesta el que está en tierra:
–Yo
soy el pico largo[14] valedor: estas pelando el
jalisco[15] á esa chula [16] que se te esta mostrando
polinaria:[17]
págala el viaje, y entra con ella para que baile un jarabe conmigo.
–¿Y
no quieres bailarlo con la que le acompaña?
–Ya
es de noche, [18]
valedor, y no estoy por la vigilia[19]: déjala en tierra, y ven
con la joven que es mas bonifacia[20] de todititas las mujeres.
Entonces
el que estaba e tierra acercándose disimuladamente á la que tan pensativo le
tenia, la dijo: - ¿Va ud. en esa canoa, mi alma? - ¿Es ud. mi confesor para que
le dé razón de mis aiciones? Yo me iré donde me nazca[21] - ¿Se ha enojado ud.? –No
soy tamal[22]
para enojarme. - ¿Quiere ud. que la acompañe? – No necesito vejigas para nadar.
_Mire, aquí hay tlacos[23] añadió el lépero sonando
con la mano el dinero que llevaba en el bolsillo. – No soy gayina para que me
suene el maíz. - ¿Qué te dice ese hombre?
Le
preguntó la anciana:
-La
digo. Ya contesto el lépero, que si quere que la acompañe á Santa-Anita. -¿Y de
que taconea tan recio?[24] Replico la vieja. Sepa
que no necesita de emplastos mal pegados.
Y
sin decir mas, se metieron en una de tantas canoas que iban á emprender su
marcha, desapareciendo á peco la embarcación, dejando percibir apenas, el
acento de una conocida canción que los músicos entonaban acompañándola con los
acordes del arpa y la jaranita. Pero dejemos á esa canoa y á otras ciento que
se llenan de gente, y entremos nosotros en una de aquellas pequeñas que, por no
tener músicos, solo son ocupadas por personas de mejor educación. La tomaremos
por entero para ir con toda libertad: yo les pagaré á ustedes el viaje, que en
esto, los escritores somos gente franca y servicial. ¡Bien! Ya estamos dentro
de ella: ya se desliza por el estrecho canal con dirección á Santa-Anita.
¡Mirad, mirad que vista tan sorprendente presenta desde aquí el paseo de La
Viga! Ved en toda esa línea que gorma la orilla derecha del canal, y que se
estiende desde el embarcadero hasta el puente en que está la puerta de la
ciudad, un considerable numero de solidos bancos de ladrillo cubiertos de gente
de todas clases, sexos y edades, bajo una hilera de frondosos árboles que
guarda el mismo orden, se encuentran; mirad esa otra multitud que colocada en
la verde alfombra que cubre el borde del canal, y sombreada por los espesos
fresnos que á la orilla de todo el lago se elevan, contempla á los que van y
vienen del pueblecillo tantas veces mentado: fijad la vista en ese número
considerable de vendedoras de tamales, naranjas y caña dulce: en la joven que
sobre una mesa cercada de verdes ramas vende la chicha[25] fresca en un barril
pintado con listas blancas y encarnadas; á las que despachan esa espuma hecha
de la cascara del cacao que aun recuerda la bebida de los antiguos aztecas y
que dio origen al chocolate en Europa; y en esa porción de dulceros, neveros y
rosquilleros, cuyos gritos penetran en los oídos de los muchachos con tanta
dulzura como en un rendido amante las palabras de amor de la hechicera que le
tiene cautivado.
Proseguid
mirando en tanto que navegamos, y notareis, pasada esa barrera de gente que
ocupa la orilla del canal y los bancos de ladrillo, notareis repito, otra calle
paralela, orillarla por ambos lados de copudos árboles, donde ruedan, tirados
por arrogantes caballos, los lujosos y dorados coches en que ostentan su riqueza
y hermosura, esas lindas jóvenes de la alta sociedad, bellas como las flores de
su privilegiado suelo, cuya sonrisa tratan de merecer esos elegantes jóvenes
que en briosos corceles cruzan el paseo, manifestando en su apostura la
indisputable maestría en el manejo del obediente cuanto fogoso y ligero animal.
Llevad mas allá la vista, y después de otras dos hileras de árboles que se
estienden paralelamente á lo largo del paseo, ved entre esas pintorescas y
humildes casuchas en que habitan los indios, ved repito, ese numero
considerable de columpios y voladores, todos ocupados por esa clase artesana y
sirviente que no piensa en esos felices momentos mas que en gozar y divertirse.
Pero
ya hemos pasado el puente de la puerta de la ciudad hasta el cual llega el
paseo de los coches que tiene 1,267 varas de largo, y solo nos faltan para
llegar al pueblecillo de la fiesta, 650. Diríjamos la vista por la última vez y
antes de saltar á tierra, por el prolongado canal, sobre cuyas inalterables
aguas navegamos, para abarcar en globo cuanto nos rodea. Allí, á la derecha, dominando
ese inmenso campo cubierto de árboles y flores, se descubre Chapultepec, ese
colegio militar situado en la eminencia del antediluviano bosque que lleva el
mismo nombre y que fue pertenencia de los antiguos emperadores aztecas. A
regular distancia de este vigilante centinela que parece estar cuidando los
venerandos sitios de los héroes que precedieron al desgraciado Motezuma, se descubren,
al través de espesas y abundantes enramadas, porción de bonitos pueblecillos, unos
al pie y otros sobre la eminencia de los pintorescos cerros iluminados por los
dorados rayos del sol, aunque todos ventajosamente situados sobre una rica y
matizada alfombra de verde grama. A nuestra izquierda, y por entre los claros
de los copudos fresnos que al pié de las montañas estienden su tupido follaje,
déjanse ver repartídas algunas cabañas llamadas jacales, y pacíficas aldeas ó
ranchos de indios como las llaman en el país; pero lo que tiene enajenado el
espíritu de todo el que concurre á este popular paseo, son esas ciento
cincuenta canoas de todos tamaños, cubiertas de gente que no cesan de conducir
pasageros del embarcadero al pueblo de la fiesta, y de este al embarcadero.
¡Cuantas veces al recorrer venturoso por este ameno verjel, he recordado los
pintorescos caseríos de Albía, Deusto, y Luchana que se estienden á la orilla
del Nervion que riega la grata villa de Bilbao en que rodó mi cuna! Ahí vuelve de
Santa-Anita El Clavelito conducirlo
por dos indios remeros: compitiendo en ligereza con él, se ve á La hermosa Rebeca á La Sierpe y á La Dichosa, en cuyo costado se leen estas
palabras, sirvo pero no de balde, llenas
todas de personas de todos sexos y edades, sobre cuyas cabezas se ostentan
coronas de flores hechas por los indios de Santa-Anita, y sin las cuales
ninguna mujer ó niño acostumbra volver de la bulliciosa fiesta.
Ocupando
el centro de otras muchas canoas, vuelve el honrado artesano rodeado de su
numerosa prole, llevando su esposa é hijos ceñida la frente con olorosas
coronas de flores, y divirtiéndose con las otras embarcaciones en que suena la
música, y donde los pasageros cantan y bailan sin descansar un momento.
–Eche
ud. un versito del Caray, don Regino.
Dijo
a los músicos uno que iba en una canoa que pasaba junto á la nuestra.
–Allá
va don Genovevo.[26]
Y el
tañedor ríe arpa, sin hacerse esperar, cantó el siguiente verso, colocando á la
conclusion de cada pié el estrivillo caray.
Cuando
á una mujer del día
Muestra
un hombre un duro en plata,
Suele
hacer mas reverencias
Que
un maronero[27]
en la reata.
–¡Bien,
valedor! otro versito por ese chisgo,[28] esclamó uno do los que
bailaban; y los músicos prosiguieron con este:
La
mujer es como un mueble
Que
rematándolo están,
Que
después que ofrecen todos
Se
va con el que da mas.
–Ese
me cuadra mas que el otro, dijo el apasionado á las canciones, alargando un
jarro lleno de pulque[29] a una graciosa china de
enaguas cortas y cubiertas de lentejuelas; rebozo de seda amarillo que, al
desembozarse, lo cual lo hacia con frecuencia, dejaba ver una camisa escotada,
bordada de sedas de colores, que mal cubría su elevado y provocativo seno: su
faz graciosa y de un color moreno suave, á apiñonado, como dicen en el pais,
recobraba mas atractivos por las ondas que sobre su despejada frente, cercada
de una corona de llores, formaba su negro, crespo, pero suave pelo que, en dos
gruesas trenzas, unidas en sus puntas por una cinta de raso amarillo, venian á
quedar sujetas en un ceñidor encarnado de seda que oprimia su estrecha y
flexible cintura: su pié, pequeño como el de toda mejicana, de elevado emperne,
y sin media, como lo lleva toda la gente baja del pais, iba calzado con un
zapato de raso verde de cuatro puntos, en cuya punta y talon se ostentaba una
flor de oro bordada primorosamente.
Pero
ya hemos llegado á Santa-Anita, á ese pueblo de indios que al través de los
árboles y abundantes enramarlas deja ver sus humildes chozas, como otros tantos
nidos en medio de las fragantes llores de una deliciosa floresta; y tal es al gentío,
que dudo podamos desembarcar. Ya estamos en tierra, y lo primero que las indias
nos ofrecen son coronas de rojas amapolas. Obsérvase por todas partes un número
incalculable de personas: no hay un solo punto que no esté cubierto de
columpios, donde se mecen hombres y mujeres, adornadas estas con coronas de
flores. Aquí se baila: allá se merienda : acullá se riñe: en otro jacal[30] se canta, y en todas
partes se grita. No parece sino que en esta pequeña población edificada por los
indios al borde de las apacibles ondas de un pintoresco lago, meciéndose en las
aguas como un blanco cisne sobre la límpida superficie de una anchurosa laguna,
se han propuesto resucitar los modernos, alegres y festivos mejicanos, el
perdido Edén de nuestros primeros padres. Cada choza de indio, hecha de ligeras
cañas entrelazadas con enramada, separada á considerable distancia de las
demás, cercada de varios árboles y provista á pocos pasos de solicitados
columpios, se convierte en un oasis, donde los hombres olvidan el desierto de
la vida que atraviesan.
–¿Quieren
sus mercedes ir a las chinampas?[31]
Nos
pregunta con respeto y cariño un indio que sale de su choza, dejando en la
hamaca, objeto que no falta en ninguna habitación de indio, á su hijo
pequeñuelo.
–Si;
atraca tu canoa, José.[32]
–Está
muy bien señor amito:[33] entren sus mercedes.
Y
nuestra canoa se desliza por entre el laberinto de calles de agua que cruzan
por entre mas de trescientas chinampas ó jardines flotantes que engalanan A
Santa- Anita , y que he tenido el gusto de contar, ¡Que vista tan deliciosa
forma este risueño y píntoresco punto...! Cada jardin flotante es una encantada
isla, cuyas floríferas orillas acarician sin cesar las transparentes linfas de los
multiplicados y estrechos canales que se cruzan y se juntan formando bellas y
graciosas calles, sobre cuyo límpido cristal se deslizan rápidamente las
ligeras y poéticas embarcaciones. Si; cada chinampa es un edén de flores; una
isla que se mece mansamente en el azulado cristal, y cuya siembra constituye la
principal riqueza del sencillo indio. Esas chinampas que cual otros tantos ramilletes
colocados en un inmenso estanque, flotan sobre las leves ondas que riza el perfumado
céfiro, forman la mas sublime página del grado de perfección á que había llegado
la agricultura de esos pueblos antes del descubrimiento de la América, causando
singular asombro esa poética invención de los jardines flotantes, digna de los países
mas adelantados en civilización. Esas risueñas islas o nadantes pensiles, que
solo de flores producen al año doce mil duros, vienen á ser otros tantos
cultivados huertos de cien varas de largo y seis de ancho cada uno, de donde
además de la pintadas rosas y de la delicada verdura que forman la principal
riqueza del indio, abundan en larga y jugosa yerba que, hecha manojos de á
veinticinco libras, la venden los indios á seis reales fuertes el ciento á los
vaqueros de los alrededores de Méjico para alimentar en parte el ganado.
Ved
esa multitud de chalupas[34] en que las indias cruzan
los multiplicados y estrechos canales que, cual otras tantas sierpes de plata,
pasan por entre chinampa y chinampa: chalupas cargarlas de flores que conducen
para hacer vistosas coronas y venderlas á las personas que concurren á la
fiesta.
–¿Les
hago a sus mercedes unos ramitos?
Nos
pregunta el indio. Deteniendo la canoa á la orilla De una chinampa cubierta de
claveles, rosas y encendidas amapolas.
–Sí,
José.
Y
mientras el humilde, útil y servicial indio, hace los ramilletes, yo me pongo a
meditar en el inocente placer
Que
disfrutar deben mas de treinta mil almas que concurren a ese paseo: en lo fácil
que seria hacer feliz á esa nación, cuyos hijos son de una índole dulce, de
claro y despejado talento, y donde el valor personal resalta de una manera muy
marcada. Pero á sacarme de mis meditaciones viene la voz del indio que me dice:
–Aquí
están ya las flores, señor amo: téngalas su merced
–Bien,
José.
–¿No
queren sus mercedes dar otra vuelta por las chinampas?
–No,
José: porque quiero recorrer con estos amigos que acaban de llegar de Europa,
los demás pueblecillos que quedan a la orilla del canal. Y después de pagarle
sus flores, volvemos á entrar en la canoa en que hemos venido de la Viga, y
emprendemos nuestro viaje absortos siempre con el hermoso y siempre nuevo
panorama que se descorre á nuestra vista.
Aun
no acabo de mostrar a mis compañeros de viaje. El risueño y variado paisaje que
nos rodea, cuando se presenta á nuestros ojos un pintoresco pueblecillo lleno de
vida y frondoso, cubierto de árboles y flores, descansando sobre el apacible
lago, como una sirena de irresistible atractivo en medio de las azules ondas de
un mar en calma. Este pueblo es lxtacalco, que viene de las voces mejicanas
Ixtla calli, que significa casa blanca: pueblo que no ha perdido el tinte
original de sus primitivos tiempos; pueblo que conserva en todo su vigor aquella
agricultura sencilla, pero adelantada, que llenó de asombro a los guerreros
españoles, que no cabiendo sus hazañas en el viejo mundo, buscaron otro nuevo, virgen
y espacioso donde eternizarlas. Examinémosle detenidamente. Ningun cambio se
nota en el que baya alterado sustancialmente su indígena fisonomia: chozas, embarcaciones,
modo de vivir, todo es igual al que encontraron los soldados de Hernán Cortés.
¡Cuantos recuerdos despiertan en el observador esas chinampas que en numero de
cuatro mil embellecen ese delicioso verjel, agradable morada de sus sencillos
habitantes! Al verlas vestidas de variadas flores, verdura y esquisitas
legumbres, y regadas por estrechos y multiplicados canales, sobre cuya
trasparente superficie se deslizan rápidamente las ligeras chalupas que
obedecen al remo del inofensivo indio, se cree el viajero trasportado a los
siglos en que aun la huella del europeo no habia quedado señalada en aquellas
apartadas regiones. Aquí, lo mismo que en Santa-Anita, reina la animación y la
alegría: la gente de Méjico desenbarca; recorre los jardines flotantes en ligeras
chalupas, baila, merienda, se entretiene en hacer columpios, y lorna a la
capital coro nada de llores y cantando el Butaquito,
el Artillero, el Palomo, y otra porción de canciones populares. Pero volvamos
también nosotros; y en tanto que los que navegan por el largo canal se entregan
al regocijo y al placer, me ocupare yo en dar á conocer las poblaciones que se
estienden a lo largo del pintoresco lago, que cual una cinta de oro y plata,
brilla herida por los refulgentes rayos del sol. Poco mas allá de Ixtacalco, y
siguiendo siempre la orilla del canal, se encuentra San Joanico, San ándrés,
Mejicalcingo, lxtapalapan, celebre en tiempo de la conquista por sus admirables
jardines, por su numerosa población que pasaba de cincuenta mil almas, y por
haber sido la residencia del príncipe Cuitlahua, hermano del emperador
Moctezuma. A esta población de históricos recuerdos, sigue Xochimilco, que
significa campo de las flores, que bien merece llevar este nombre por estar
cercado por todas partes de floríferas chinampas cubiertas de perfumadas rosas
y delicadas llores, en cuyos lucientes cálices, liban, agitando sus pintadas alas,
los inquietos y diminutos colibris, ó chupa-mirtos, como vulgarmente los
llaman, que remedan otras tantas flores, que se elevan y descienden de uno en
otro rosal, aumentando los encantos del paisaje.
Pero
ya hemos llegado al embarcadero de la Viga de donde la multitud que ha asistido
á pié al paseo, se retira á sus casas entre las nubes de polvo que levantan los
briosos caballos y los numerosos carruajes, á la vez. que el magestuoso sol,
cediendo el trono á la redonda luna que platea el trasparente lago, desciende
por detrás de las montañas, bañando con sus últimos fulgores la tranquila
naturaleza.
–¿Qué
le ha parecido á usted el paseo ríe la Viga á Santa-Anita? Le pregunto, en
cuanto desembarcamos, á uno de los que me han acompañado.
--Muy
hermoso, muy pintoresco, susceptible de grandes mejoras, y superior á muchos
que en Europa son Justamente celebrados. Pero he visto con sorpresa que la
gente de su posición se queda en el punto de los coches, entretenida en ver a un
lado á los que navegan, y al otro á los que pasean á pie, á caballo y en
lujosos carruajes, y que solo se embarca la gente del bajo pueblo, y alguna
parte dé la sirviente y la artesana.
–Eso
consiste, en que las personas de Ia alta sociedad, temen que haya desordenes
entre la multitud que concurre á Santa-Anita; y solo asisten á este pueblecillo
los días de trabajo, en que la clase pobre está entregada al trabajo. Si alguna
vez viene usted entre semana, verá usted á las familias bien educadas concurrir
á Santa-Anita para hacer días de campo, y notará usted que los concurrentes
llevan de Méjico, en grandes canastas, Ias provisiones de boca que deben
consumirse. Ya una familia, cuyos individuos quieren separarse de lo que se
llama comer al estilo del país, va provista de fiambres, carnes prensadas,
salchichas, sardinas en lata, vino de Burdeos, Champaña, cerveza, etc., á la
vez que en otra canoa navegan otras personas que gustan comer al uso de Méjico,
llevando en inmensas cazuelas, el mole de guajalote (pavo en salsa colorada de
pimiento), los frijoles gordos (judías), las picantes enchiladas;[35] en grandes pellejos el
pulque natural, y el compuesto de pina ó de naranja; sin olvidar á los músicos
que no cesan de tocar en toda la navegación graciosos y sentimentales walses
que sirven para aumentar la natural alegría que en el corazón de los viajeros
reina.
Con
frecuencia vera usted también que algunas familias prefieren el ir á
Santa-Anita por la tarde; y entonces, en vez de la comida de que hemos hablado,
suelen llevar, para merendar en medio del campo, delicados tamales y atole[36] de leche, que es sin duda
una de las cosas mas nacionales y sabrosas que se pueden apetecer á esa hora.
En
semejantes días todo es animación y dicha. Por un lado las agradables y pintorescas
chinampas cubiertas de lucientes llores, cuyos penachos oscilan suavemente al suave
halago de una aura húmeda y embalsamada: por otro los pintados pájaros de
brillante plumaje, cuyos colores encantan la vista: mas allá las rápidas
chalupas en que los indios conducen las flores que de corlar acaban, para hacer
coronas á las señoras; en otro punto las multiplicadas y rústicas chozas de los
indios ocultas en el espeso ramaje de las verdes enramadas como otras tantas ciervas
que descansan tranquilas en medio de los bosques: y por ultimo, los dulces
acordes de la música cuyas notas van á espirar en el inmenso espacio, y el suave
movimiento de las hermosas jóvenes que bailan ó se columpian adornadas todas
con coronas de olorosas flores: todo esto, repito, forma un conjunto
encantador, que hace del paseo de la Viga y Santa-Anita, un sitio delicioso, un
deleitoso paseo, un pintoresco panorama, cuya alta belleza no le es dado á mi
tosca pluma encarecer debidamente.
[1] UAM-Azcapotzalco. ortizote@yahoo.com.mx
[2]Real Academia de la Historia, http://dbe.rah.es/biografias/44913/juan-niceto-de-zamacois-urrutia<septiembre 2019>.
[3] Lepero. Palabra aplicada á la gente de la hez del pueblo que no tiene oficio ni beneficio, cuyo modo de vivir se ignora, y cuyo valor personal es indisputable sobre todo manejando el puñal.
[4]
Gente de campo,
cuyo trage de montar á caballo es enteramente nacional.
[5] Semejante á la polaina de montar de los andaluces.
[6] Grueso cordón de oro, plata, fina piel, ó de chaquira en forma de culebra enroscada, colocado alrededor del sombrero.
[7] Los estremos en que se unen la toquilla.
[8] Adorno figurando Aquila u otra cosa, que se coloca á ambos lados del sombrero para que al quitárselo no se salga la toquilla por la copa.
[9]
Dan el nombre
de manga á una pieza de paño de tres varas y media de largo, y dos y media de
ancho, abierta en medio para meter la cabeza ó embozarse cuando llueve.
[10] China lo que llamamos en España Manola.
[11] Especie de chal, hecho en el país, de cerca
de una vara de ancho y tres y media de largo, matizado de agrables colores.
[12]
Manta de lana de diversos colores, semejante a
la que usan los contrabandistas; pero mucho mas fina; pues hay algunas hechas
en Saltillo que valen 200 duros
[13] Lo que se le conoce en Madrid con el nombre de
alcahues.
[14] Hombre de experiencia: que huele lejos.
[15] Mirando de hito en
hito.
[16] Graciosa.
[17] Ingrata.
[18] Anciana.
[19] Viejas.
[20] Bonita.
[21] Donde tenga voluntad.
[22] Masa hecha de maíz y muy sabrosa, que se envuelve en hojas del mismo.
[23] Dinero.
[24] ¿Y de dónde le viene
esa confianza?
[25]
Bebida hecha
con piña, cebada, agua azucarada, limón y otras cosas.
[26][26][26]
Entre la gente
del bajo pueblo hay una afición decidida a poner a los hombres nombres de
mujeres: así es que con frecuencia se llaman don Dolores, don Pilar, don
Margarito, don Candelaria, etc.
[27][27]
Por volatín.
[28] Por ese estilo.
[29] Licor blanco extraído de la planta del maguey, pila en España.
[30] Nombre que dan a las chozas.
[31]
Palabra que
viene de las voces mejicanas tlah ompoatl, que significa tierra en el agua.
[32][32] Este nombre dan los de las ciudades al indio, y por él entiende aunque asi no se llame, lo mismo que las indias por el de Maria.
[33][33]
Por respeto
llama amo el indio a toda gente decente.
[34][34] Así llaman a las canoas sumamente estrechas y pequeñas que se vuelvan con todos, excepto con los indios que las manejan asombrosamente.
[35][35] Masa de maíz redonda como una ancha oblea, encima de la cual echan una salsa de pimiento que llaman chile y que guisan cuidadosamente.
[36][36]
Atole es el
maíz molida a mano sobre una piedra, á que dan el nombre de metate, y pasado
por el tamiz por medio, no del agua, sino de leche endulzada.