DOI: www.doi/org/10.24275/uam/azc/dcsh/fh/2019v31n58/Arteta
Sección: Artículo
Trajineras
y carruajes en el Paseo de La Viga[1]
Trajineras and
Carriages in the Paseo de la Viga
Begoña Arteta Gamerdinger[2]
Resumen:
En las siguientes páginas,
recorreremos el canal y el paseo de la Viga, con algunas referencias de los
retratos literarios que de ellos hicieron escritores mexicanos y extranjeros.
Con ellos iremos de paseo tanto en trajineras como en carruajes por el canal y
el paseo en el siglo XIX. Será a través de aquellos que con sus plumas nos
dejaron los cuadros de costumbres.
PALABRAS CLAVE: La Viga, Viajeros, Siglo XIX, Paisaje, Paseo
Abstract:
In the following pages, we will tour the canal and
paseo de La Viga, with some references of the literary portraits made of them
by Mexican and foreign writers. With them, we will go for a walk in both
trajineras and carriages along the promenade and the canal in the XIX century.
It will be through those writers who with their pens left us paintings of the
customs of the time.
KEYWORDS: La Viga, Travelers, XIX Century,
Landscape, Stroll
Recibido en 19/06/2019
Aceptado en 10/10/2019
Los
espacios cambian con el transcurrir de los años, algunos, debido a fenómenos
naturales tardan millones de años para modificarse. Sin embargo, el hombre, de
acuerdo con sus necesidades, se sirve del entorno que lo rodea y lo transforma,
para facilitar en la medida de sus necesidades la vida cotidiana. La cuenca de
México por su situación geográfica tuvo una propensión lacustre con la que la
naturaleza la dotó, y la civilización mesoamericana más importante que la
habitaba, a la llegada de los españoles, la eligió para vivir en ella como un
lugar escogido por sus dioses. Ahí, los mexicas erigieron sus centros
ceremoniales, construcciones pesadas que edificaban en los islotes, calzadas,
casas habitación en chinampas, al igual que el cultivo. Los canales les
sirvieron a sus habitantes para transportarse, al igual que a sus mercancías.
La sorpresa de los españoles al entrar en la ciudad de Tenochtitlán la deja por
escrito Bernal Díaz del Castillo, en el tantas veces citado texto que aquí
transcribo, una vez más, para recordar cómo era aquella ciudad lacustre:
[
]Y otro día por la mañana llegamos a la calzada
ancha y vamos camino de Iztapalapa.
Y desde que
vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras
grandes poblazones, y aquella calzada tan derecha y por nivel como iba a
México, nos quedamos admirados y decíamos que aquello parecía a las cosas de
encantamiento que cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y cúes
y edificios que tenían dentro del agua y todos de calicanto y aun algunos de
nuestros soldados decían que si aquello que veían si era entre sueños [
] (Diaz,
1965, p. 271).
Con
la súbita llegada de otra cultura que sometió a la anterior, se construyó una
nueva ciudad sobre la que existía, que cambió el rostro de la anterior, y la
historia. La ciudad se transforma y se urbaniza con una traza renacentista: se
construyen casas e iglesias en piedra y tezontle, lo cual dio ese espacio una
fisonomía diferente. A pesar de haber cancelado canales y acequias, que con sus
aguas durante miles de años alimentaron la cuenca de México, se respetaron las
grandes avenidas de los mexicas, y también se aprovecharon algunos de los
canales que continuaron con el transporte de verduras y frutas para surtir los
mercados de la ciudad desde los lagos de Xochimilco y Chalco.
El canal de La Viga formaba parte del
canal México-Chalco, donde se iniciaba, después atravesaba el dique de Tláhuac
(que dividía los lagos de Chalco y Xochimilco) y se unía con la acequia que
comprendía los pueblos de Culhuacán, Mexicalzingo, Iztacalco y Santa Anita;
hasta entrar a la ciudad de México por la garita de la Viga, y finalizaba en
las calles de Roldán por el rumbo de La Merced (Peralta, 2009, p.459). Como ya
se mencionó, la comunicación lacustre fue fundamental en el mundo prehispánico,
y a pesar de los intentos por desaguar los lagos durante la colonia, debido a
las constantes inundaciones, la circulación por ciertos canales siguió siendo
importante durante la Colonia y el siglo XIX. En algunos de sus tramos se
conoció como Acequia Real y Canal Nacional.
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Durante
el gobierno del virrey conde de Revillagigedo se concibió la idea de construir
el paseo de la Viga y la Garita para controlar el acceso a la ciudad, obra que
funcionó durante todo ese período y el siglo XIX, hasta su destrucción total
alrededor de 1923.
En las siguientes páginas,
recorreremos el canal y el paseo de la Viga, con algunas referencias de los
retratos literarios que de ellos hicieron escritores mexicanos y extranjeros.[3]
Con ellos iremos de paseo tanto en trajineras como en carruajes por el canal y
el paseo en el siglo XIX. Será a través de aquellos que con sus plumas nos
dejaron los cuadros de costumbres.
Pasearemos en el tiempo y el espacio, un espacio y un tiempo en el que
actualmente encontramos avenidas de cemento surcadas no por canoas, sino por
miles de automóviles, combis, camiones en su diario recorrido, para llegar a
tiempo a su destino. Son conductores y pasajeros a los que la prisa, los
semáforos y los nervios los acompañan, sin imaginar lo que en ese mismo lugar,
a menos de una centuria, se encontraba.
El paseo de la Viga corría paralelo
al canal, tenía un largo aproximado de dos kilómetros. Era un punto de reunión
y encuentro al que se podía llegar a pie, a caballo o en carruajes. Se iniciaba
cerca de la iglesia de San Pablo y continuaba bordeando el canal hasta la
Garita. El canal se conservó hasta 1920. El nombre de La Viga, dice Baetholomaeus Heller, un alemán que
visitó México entre 1845 y 1848, se debe a las vigas que se cruzaban en el agua
para obligar a las trajineras y canoas a pagar desde la colonia la alcabala por
cruzar el puente. él describe el paseo que corre paralelo al canal como: [
]
una doble avenida de bellos árboles y que se extiende bastante lejos hasta el
punto en el que un pequeño puente de piedra cruza el canal; de allí toma su
nombre el paseo, ya que el cruce de canoas que deben pagar allí el impuesto,
puede ser impedido por una &iquot;viga&iquot; (Heller, 1993, p.145).


El
canal les resulta a los extranjeros, que dejaron descripciones de él, fascinante
por la algarabía producida por la cantidad de personas que embarcan y
desembarcan: las prisas, los gritos, el tráfico de canoas y trajineras, las
mercancías que transportan, en fin, un interminable ir y venir de un lugar a otro
con un movimiento constante para surtir a los mercados de la ciudad y también
para pasear. Heller (1993) viaja por el canal hasta Santa Anita, en busca de
las chinampas o jardines flotantes, que esperaba que en realidad flotaran y no
como las vio y existieron siempre, asentadas en el fondo de las enramadas
cubiertas de tierra, en donde se construían las chozas y se cultivaba. A pesar
de no ver las islas flotando, como él esperaba, utiliza la expresión quedar
hechizado, con:
la cantidad de flores
que pueden verse en pleno florecimiento y entre las cuales puede descubrirse
con frecuencia una pequeña casita pintoresca que es la del dueño (p.146).Recomienda la excursión como una de las más agradables que se pueden hacer en
México (Heller, 1993, p.150).[4]
Los paseos eran esos espacios públicos,
frecuentados por la sociedad para ver y
dejarse ver, generalmente por las tardes. En la ciudad de México, tres eran
los importantes: La Alameda, a la que rodeaban los carruajes y galanes montados
en caballos. En esos paseos seguramente la galantería, los chismes, envidias y
admiración se comentarían de regreso a casa. Otro de los paseos era el de
Bucareli, que seguía camino a Chapultepec. El último era el de La Viga, que por
su condición de lugar de encuentro entre indios, clases medias y ricos era el
más democrático de todos, aunque cada uno ocupara su lugar. Este era, según lo
dicho por nuestros escritores, el más colorido de la ciudad.
Uno de los primeros extranjeros que dejó
un relato escrito sobre México, recién terminada la guerra de Independencia, en
1822, fue William Bullock, al que el Paseo
de La Viga lo desilusiona, por lo que le habían contado de él, dice que los
sábados y domingos eran los días más frecuentados, en los que:
Un
gran número de elegantes carruajes y comitivas se presentan en estas ocasiones;
sin embargo, sólo vi una carroza y dos volantas. El camino termina de pronto
cerca de un puente y exclusa bajo la cual pasa el canal de Chalco. La mayor
parte de los coches van tan cerca unos de otros que impiden a los ocupantes ver
más allá de la ventana del carruaje que va casi pegado a su lado. Estos coches
van ocupados por lo general con damas, que a causa de esa ridícula costumbre no
tienen ocasión de ser admiradas y lucir su buena figura y belleza. (Bullock,
1993, p.123).
Sin
embargo, ver a los indios que regresaban a sus poblaciones en la tarde en sus
canoas, lo compensó con creces:
En
las tardes apacibles, durante la estación de seca, los alrededores de la ciudad
presentan un escenario de bullicio, alegría y deleite que difícilmente podría
ser igualado; cientos de canoas entoldadas, de diversos tamaños, atiborradas de
indígenas vestidos esmeradamente y con sus cabezas coronadas con hermosas
flores pasan y repasan en ambas direcciones, cada trajinera, con su músico
sentado a popa y tocando la guitarra, con algunos del grupo cantando o
bailando, frecuentemente haciendo ambas cosas al mismo tiempo, presentan tal
espectáculo de inocente e inofensiva diversión que, mucho me temo, rara vez se
da en las ferias y festividades de nuestro país. (Bullock, 1993, p.123-124).

Esta litografía fue realizada por G.
Rodríguez, quien logra dejar plasmada la imagen del pueblo de San Matías
Iztacalco, tal como era a, mediados del siglo XIX
La
Marquesa Calderón de la Barca, tal vez la cronista extranjera que mejor observó
a México, durante su residencia en el país entre los años 1840-41, se extraña
que a las mujeres mexicanas de sociedad no les guste pasear a pie, excepto en
sus salidas a misa, ya que lo consideran poco elegante. A ella, sí le gusta
caminar en la Alameda y disfrutar de la sombra de sus árboles. El Paseo de
Bucareli lo describe como una ancha avenida y una fuente en el centro, que
remata con una estatua dorada de la Victoria. Ahí, todas las tardes se pueden
ver los carruajes en donde pasean las damas para dejarse ver, pero el hecho de ir
en los coches no les permite lucirse -comentario que coincide con el de
Bullock-, por el hecho de no poder dejarse contemplar en toda su belleza, pues
van adentro de los mismos. También dice, que no faltan algunos léperos
mezclados entre la sociedad. Encuentra que este paseo goza de una hermosa vista
de las montañas, sin embargo, para ella llega a ser monótono. La Marquesa
prefiere el de La Viga, lo encuentra más vivo, alegre y sobre todo diferente. A
este lo describe, así: Le bordea un canal, con árboles que le dan sombra, y
que conducen a las chinampas y se ve siempre lleno de indios en sus
embarcaciones, en las que traen fruta, flores y legumbres al mercado de México.
Muy temprano en la mañana, es un agradable espectáculo verlos cómo se deslizan
en sus canoas, cubiertas con toldos de verdes ramas y flores (Calderón, 1967,
p. 79). La señora Calderón de la Barca dice, que, cuando no tiene muchos
compromisos, le gusta acercase a La Viga, a las seis de la mañana, para pasar
al tiempo, cuando el fresco es estimulante y poder ver a los indios con sus
canoas y trajineras en el canal cubiertas de flores y legumbres. En una
ocasión, en la tarde, subieron a una de las canoas grandes y llegaron hasta el
pueblo de Santa Anita, en donde vieron las chinampas o jardines flotantes, y
junto a ellas las chozas de los indios que llevan a vender sus productos a la
ciudad, ahí, compraron las flores de rigor para todo aquel que disfrute de
ellas. A su regreso, observa a los que vuelven; cantando, bailando,
emborrachándose, comiendo, etcétera. Llama su atención una canción: el Palomo, melodía, de la cual dice que, a
pesar de su monotonía, el ritmo le parece bello, ya que: [
] las mujeres la
cantan con tan adormecida dulzura, y sonaba tan acariciante que me quedé en un
estado de agradabilísimo ensueño y de perfecto deleite; y sentí tristeza cuando
al llegar al desembarcadero tuvimos que regresar al coche y a la civilización,
sin más recuerdos de las chinampas y unas cuantas guirnaldas de flores
(Calderón, 1967, p. 89).
Paula
Kolonitz, austriaca, llegó con la corte de Maximiliano y Carlota, cuenta en
su libro: No puede decirse con palabras lo interesante que son los dos
pequeños pueblos de Santa Anita e Ixtacalco, en las proximidades de la ciudad
de México. (Kolonitz, 1984, p.119). La descripción se repite por lo atractivo
que le resulta:
Al
sur de la ciudad, donde el canal de Chalco se hace más ancho, en el amplio
puerto donde cada mañana llegan los indígenas con sus mercancías, se extiende
el paseo de La Viga. Por allí se va a los pequeños pueblos en los que habitan
solamente indios. Las más bellas flores se ven en sus proximidades y aun a las
más pobres y pequeñas cabañas las rodea el perfume y la suave fragancia de las
lindísimas flores que siempre las cercan. Este paseo es encantador. Las heladas
cumbres de los volcanes, como si estuvieran a mitad de la calle, se levantan
ante los ojos y, por la pureza del aire parecen estar más próximas que nunca.
(Kolonitz, 1984, p.120).
Para
los extranjeros, como se ha visto, el paseo y el canal de La Viga, son los más
llamativos. Es natural que así fuera, no se parecen en nada a lo que han visto
en sus países de origen: personas de diversas razas, vestimentas, costumbres,
canales que transportan toda clase de flores y verduras en canoas durante todo
el año, imposible de encontrarlas en sus países debido a las estaciones tan
marcadas que hay en ellos. Ejerce una fascinación, precisamente por lo distinto,
es un lugar que materializa prácticas
sociales culturalmente significativas, diferentes actividades de
recreación, comercio, oficios, vida cotidiana, que le otorgan una identidad.
Aunque, en cada viajero, la experiencia y la sensibilidad son personales e
intransferibles, lo que parece tan común y corriente para quien lo realiza, es
aquello que se queda en la memoria del otro: un momento, una conversación, un
paisaje.
Bullock después de un recorrido por el
lago de Chalco y la descripción del día que ocupa en él, desde que se sube a
las trajineras y observa cómo los jóvenes las empujan con pértigas, termina por
disculparse con el lector que pudiera pensar que sus comentarios resulten
tediosos, pero aclara que: [
] el recuerdo de
un día empleado de esta manera deja en mí una impresión más fuerte que las
pasadas en la sociedad más pulida, donde todo lo que uno encuentra a su
alrededor es artificial (Bullock, 1983, p. 125). Lo que seduce de este espacio
es su autenticidad, manifiesta en sus contrastes, actividades, personajes,
prácticas sociales, comportamientos; el lugar para encontrarse con los otros.
A los escritores mexicanos no les fue
indiferente el significado social y las tradiciones del paseo, el canal y los
pueblos que recorrían, ya que, todo formaba parte de los habitantes de la
ciudad de México, pues aunque estuvieran en las afueras de ella, estaban lo
suficientemente cerca para aprovechar los días de fiesta e ir a pasar el día; independientemente
de los que iban y venían todos los días en su quehacer diario, para ganar el
sustento con la venta de su productos.
Manuel Payno, en su novela Los bandidos de Río Frío, aprovecha San
Lázaro, los canales y las trajineras, para insertar la descripción de La Viga,
ya que el lugar le da la oportunidad de urdir la trama de sociabilidad de una
muy diversa índole. En una nota de pie de página, aclara, con aguda visión del
futuro, que lo hace para dejar memoria de aquello que él ve. Aunque en el
momento en que lo describe minuciosamente, no tenga ningún interés para los habitantes
de la capital, que la transitan todos los días.Payno se da cuenta del cambio que se está efectuando con la construcción
de los caminos de fierro, y la modificación del espacio que concluirá por
desaparecer, como efectivamente ocurrió (Payno, 1979, p. 220). Para
describirlo, aprovecha que Cecilia, una de sus protagonistas, es una trajinera
cuya ocupación es llevar sus legumbres al mercado de México:
El
canal de la Viga, surcado por más de cien chalupas y canoas cargadas de flores,
con su casas ruinosas por un lado, que se asemejan a las de los canales
interiores de Venecia que fueron en cierta época residencias suntuosas de los
ricos, y por el otro lado las anchas calzadas con arboledas, llenas de
carruajes lujosos y de caballeros con el pintoresco traje nacional, tiene un
aspecto de novedad y de interés histórico, pues se puede a la vez y en el mismo
cuadro observar la raza antigua indígena con sus trajes y costumbres
primitivas, y la gente criolla de origen español, con las pretensiones aristocráticas
del lujo parisiense. (Payno, 1979, p. 219).
A
Guillermo Prieto, maestro en la recreación escrita de la ciudad de México en
sus obras y en sus memorias, le parece que el paseo de la Viga es el paseo
popular por excelencia, en donde, [
] las jóvenes de alto rango pueden lucir
en carruajes abiertos, tocados y gasas, plumas y joyas. La clase
presupuestívora se enlaza tiernamente con el simón condescendiente, y
transporta para dar en espectáculo familias enteras (Prieto, 1993, p. 220). También
se ve, al pimpollo hacendado, el panadero sesudo, el tocinero de polendas,
sacar a la luz sus caballos con ricos jaeces, o el subteniente atrabancado, el
meritorio de oficina, el tendero de abarrote, pero, afirma: [
] es la gran
masa de pópulo la que ve el paseo como suyo, es el paseo de la casa de vecindad
y de la vivienda interior, del taller, del plato y taza y de la accesoria
comunicativa, de los ricos; en suma, es el paseo
popular por excelencia. (Prieto, 1993, p. 101).
Con el seudónimo de Fidel, Prieto retrata en sus cuadros de costumbres,con la ironía que lo caracteriza:ambientes,
diálogos, lo bonito y lo feo, dice que en la Alameda y Bucareli
predomina la aristocracia, en las fiestas de barrios de los alrededores,
generalmente de carácter religioso impera elpueblo humilde, pero: [
]La Viga, es de lo que todos dicen mío, y el
niño y el anciano, la gran señora y la que vende nenepile, todo elmundo arriba, todos a gozar, Dios está de
gresca, y derrama con mano pródiga el contento de todos los corazones (Prieto,
1993, p. 108). En el puente de la Viga, se tiene la primera vista del paseo:
A
la derecha la pulquería, o sea perseguida y vejada cantina de la gente
ordinaria, mejor dicho,sucesión de
cantinas engalanadas con el nombre de Juárez
a la izquierda casucas de gente
oscura que recibe sus visitas y tiene sus tertulias [
] En el medio, amplísima,
fresca, magnífica y sombría la gran calzada de fresnos y sauces llorones, por
donde transitan en hileras que corren los coches, dejando el centro a la
caballería [
] Una de las calzadas, la que tiene por límite la acequia, es
amplia, despejada, y en sus bordes contiene a los vendedores de bizcochos,
alegrías, chicha, dulces y pulque; la otra se avecina a jacales y chozas
humildes, corrales en que se esperan la caída de la sombra las vacas y cabras,
de donde suele brotar el canto del gallo enamorado o el rebuzno del asno [
]
pero lo que desde luego llama la atención, es la multitud de fiesta: la
ausencia de distinciones en el llamamiento a la alegría. (Prieto, 1993, p. 107).
A
través de su pluma llegamos a los embarcaderos, con la multitud arremolinada
disputándose por subir a las canoas, regateando con los remeros, y continuamos
con los comentarios sarcásticos de la gente: sus intenciones, las familias, las
amantes, los niños, las ancianas, tanto que comenta harían las delicias de una
caricatura (Prieto, 1993, p. 108). Cantos, bailes, chismes, romance,
borrachos, gritos, puestos, o las chalupas que por sí solas son restaurantes,
todo rodeado de flores y frutas.
Fanny
Chambers, en 1887, describe un 16 de abril en el que se
inaugura en el canal de La Viga la anual Fiesta
de las Flores. Dice que no hay celebracion en la capital que produzca mayor
regocijo a sus habitantes. El Paseo
[de la Reforma] queda desierto en tanto que el boulevard contiguo al canal de La Viga adquiere vida con centenares
de elegantes carruajes ocupado por la élite de la ciudad y con los paseantes
que a pie y a caballo acuden allá para presenciar el festival de los indios
(Chambers, 1993, p. 241). Nunca deja de ser un espacio de identidad y de
pertenencia para sus habitantes.
En 1904, Antonio García Cubas, en El Libro de Mis Recuerdos, dice que
después del carnaval,desde el miércoles
de ceniza, hasta el jueves de la Ascensión,el paseo de Bucareli cedía el campo al Paseo de la Viga, y me permito
extenderme en la cita, por ser una de las últimas descripciones antes de uno de
los grandes cambios históricos con el estallido de la Revolución, y ya cuando
el canal -dado el descuido en el que se le mantuvo- seguía, sin embargo, el
bullicio de sus habitantes a su alrededor en determinadas fechas:
Que
si el primero ofrecía poco atractivo por la escasez de árboles, el segundo
seducía por su amenidad, más como en todo han de existir las compensaciones, el
barrio que recorrían los carruajes, cabalgaduras y gente de a pie para llegar
al primero, era hermoso, mientras el arrabal que atravesaban para arribar al
segundo llamaba la atención por lo feo o sucio, hallándose en el tránsito la
plazuelas de San Lucas y San Pablo en las que el viento levantaba densas nubes
de polvo, circunstancia que ha determinado, sin duda, el abandono de ese paseo
que ofrecía algunos atractivos.
Hallábase
la calzada del Paseo de la Viga compartida en tres, como la de Bucareli, por
hileras se sauces que por su follaje y dimensiones no desdecían de su calidad
de árboles, pero como en todo eran contrarios ambos lugares, en el primero
existía abundancia de agua y ninguna fuente, y en el segundo varias fuentes sin
agua. Por la parte occidental del expresado paseo de la Viga extendíanse verdes
campiñas interrumpidas por las arboledas de las calzadas de San Antonio Abad,
Niño Perdido y la Piedad, y remataban al pie de las lomas de Tacubaya.[
]El
canal, limitado hacia la parte opuesta por varias quintas, con sus miradores
atestados de curiosos, ofrecía escenas muy animadas. Las canoas, henchidas de
gente, iban y venían deslizándose con la lentitud en la tranquila corriente, en
tanto que el embarcadero, invadido por la multitud, despedía sin cesar
embarcaciones fletadas por los que aceptaban la invitación de los remeros que
continuamente gritaban; a Santa Anita, dos por medio real.
Aglomerábanse
en dichas canoas hombres, mujeres y niños, gozando todos del contento general,
diversamente manifestado según la clase y calidad de las personas. (García
Cubas, 1978, p. 415).
El
viernes anterior a la Semana Santa, día en el que la tradición conmemora a la
Virgen de los Dolores, levantando altares con jarrones de agua, plantitas de
chía, flores, comales y varios enseres; cientos de personas acudían a comprar,
a la calle de Roldán, lo necesario para adornar dichos altares. Esa calle, dice
García Cubas, no era nada agradable, y media calle era de tierra y media de
agua:
El
canal se hallaba completamente invadido por las canoas que habían llegado a
ofrecer a los habitantes de la Capital las variadas producciones de las
chinampas de Santa Anita, San Juanico e Ixtacalco, consistentes en abundante
hortaliza y en profusión de flores. El gentío que llenaba la calle era inmenso,
tanto que, como se dice vulgarmente, pudiera nadarse sobre las cabezas. Allí
las familias decentes mezclábanse, por fuerza, con las del pueblo bajo, y todas
iban y venían de esquina a esquina, abriéndose cada cual, entre la multitud, un
camino trabajoso que al fin se abandonaba para acercarse a la orilla del canal,
con el intento de proveerse de flores y verduras. [
]Entre las nueve y diez de
la mañana, la hora en que el sol, por su elevación sobre el horizonte empezaba
a bañar con sus ardorosos rayos la famosa y sucia calle de Roldán, las familias
abandonaban el canal, montando unas en sus carruajes que las esperaban en la
calle del Puente de la Leña, y otras se dirigían a pie camino de sus casas,
pero todas bien abastecidas de flores y no pocas, además, de hortaliza y de
legumbres. (García Cubas, 1978, p. 421-422).


Régis
Gibault, topógrafo del ejército de la Intervención Francesa, regresó a México
entre 1910 y 1911, con el interés de ver lo que recordaba de México. Es a un
joven, al que le corresponde el cargo de cicerone,
por orden de su padre, para acompañar al señor Gibault, ya que su abuelo,
entabló amistad con el topógrafo durante su estancia en este país. Entre los
lugares que recorren a petición del francés fue el barrio de la Merced, todo
era nuevo y le resultaba extraño, sobre todo por las calles de Roldán, Miguelito,
Embarcadero y otras que continúan hasta el barrio de San Pablo. Le informé
[dice el joven] que el cierre de canales y acequias periódicamente era motivo
de orgullo municipal. Yo recordaba que la última acequia dentro del perímetro
de la ciudad vieja se había cegado a principios de 1902
(Brena, 1993, p.74).


Otro
de los deseos de Gibault fue ir al paseo de Santa Anita, al joven le extrañó
porque nunca había estado ahí y sus padres si lo mencionaban era para
denostarlo. El extranjero insistió que hicieran el paseo a pie. Se iniciaba en
donde desde 1901, habían trasladado a los llamados Indios Verdes (Ahuízotl e
Izcóatl) de Reforma, al paseo de La Viga, en donde estuvieron hasta 1939, año
en que se reubicaron en el norte de la ciudad, el joven no esperaba que fuera a
elogiar las estatuas, y continuaron el camino por la margen izquierda del canal.
La descripción que sigue es la que escribe el joven de lo que ve y la de la
reacción de aquel hombre que había estado ahí casi cincuenta años antes:
[
]
Esta era la colonia de La Viga, más proyecto que realidad urbana, como otras
más. Gibault no cesó de voltear hacia la ribera opuesta, donde se alineaban
fábrica tras fábrica. Tornó a asomarse por entre las bocacalles abiertas entre
una y otra, como el día que fuimos a la colonia de Santa María, como si buscara
algo. Solo encontró tugurios y lodosas calles. Al llegar a la garita de La Viga
exclamó su proverbial Ah, bah, voila. Significó, sin quererlo, que al menos
eso seguía igual a como lo conoció.
Más
allá de la garita, el canal describía un ligero quiebre y apuntaba hacia el
pueblo de Santa Anita [
] Gibault decidió que termináramos de cruzar y
avanzáramos un trecho hacia el sur, por el terraplén para los rieles del
tranvía
[
] Como si hablara consigo mismo, algo me
refirió de la temporada de Cuaresma, con paseo y trajineras por el canal,
acompañados por músicos, con muchos puestos de antojitos fritangas, con
guirnaldas de flores para las damas y enormes rábanos que los campesinos
esculpían graciosamente en forma de animales. (Brena, 1993, p.125-126).
La
sospecha que le dio al joven, es que el francés le dio la impresión de no
querer hablar del pasado perdido.
Los tranvías sustituyeron, el transporte
lacustre por el de fierro, como lo predijo Payno. Al finalizar la Revolución,
alrededor de 1921, se decidió entubar los ríos de la ciudad. Como se dijo al
inicio, las necesidades de los hombres cambian con el tiempo y con ellas los
espacios. De aquel canal y paseo no quedó
nada que nos recuerde, aquella alegría, conflictos, enamoramientos fugaces
y regaños paternales, de los cientos de personas que ahí disfrutaron de un aire
limpio, unas calles sucias, unas pulquerías con los mejores curados, moles y
enchiladas, solo se conservan algunos nombres.
El aumento de la población implicó una
acelerada ocupación de tierras, vías terrestres, que afectaron la comunicación
de los canales al cortar la comunicación de aguas. Se entubaron los manantiales
y ríos del Valle de México, que se habían convertido en agua estancada,
depósito de basura y desechos. En 1940, se rellenó el canal de La Viga y, para
1957, fue pavimentado. Con la construcción de la Línea 9 del Metro en 1984, el
Instituto Nacional de Antropología e Historia realizó un estudio en el que se
registraron restos de los materiales y sistemas constructivos del canal, embarcadero,
puente y garita de La Viga, que permitió definir las medidas de los espacios
arquitectónicos, entre otros aspectos (Peralta, 2009, p. 467).Nada queda de aquello, del paseo imaginario
que espero hayamos realizado, caminando, en carruaje o en trajinera. Sin
embargo, es historia, es referente, sabemos por los relatos, las litografías,
pinturas y fotos lo que significó este espacio público de socialización, con
sus diversas redes, un lugar para guardar en la memoria de nuestra ciudad, ya
que cada etapa deja una huella en la historia y sus valores culturales. Se
podrá imaginar con nostalgia aquel pasado, pero la explosión demográfica y la
transformación gradual y acelerada de la ciudad que construimos día con día, y
a la que todos contribuimos, en esta época de explotación ambiental y
postindustrial, dejando nuestra huella. Se nos olvida el abuso que hacemos de
los recursos naturales, básicos para la vida urbana. Pero, los tiempos cambian
Señor don Simón, y el siglo XXI, nos aguarda con nuevas expectativas, en
ocasiones no muy estimulantes, pero siempre desafiantes. Las capas de cemento
cubren las otras ciudades, otras épocas, otras maneras de convivencia, no las
olvidemos, pues se así hablará de nuestras vías rápidas, segundos pisos, casas
Geo, y eso sí, todavía inundaciones, aunque ahora se digan encharcamientos,
como sucedía desde la Colonia, en esta nuestra ex lacustre ciudad de México. El
joven que llevó a recordar el pasado al viejo militar francés, se reconoce como
viejo hacia 1950, vive en una de las nuevas colonias, en ese México que crecía
con enorme rapidez y confiesa: Casi todas las tardes me asomo a mi ventana. A
lo lejos se tiende un arco de montañas, que va desde el Ajusco hasta las
cumbres nevadas del Iztaccíhuatl. Su vista me consuela. Al menos ese magnífico
panorama dominará esta ciudad para siempre (Peralta, 2009, p. 128).
Actualmente, de aquel canal y paseo de
la Viga solo perdura el nombre, por lo que su reconstrucción es imposible, y a
pesar de no haber pasado cien años, este lugar queda como lugar de estudio para
arqueólogos, historiadores, urbanistas, sociólogos, etcétera. Las litografías,
pinturas y fotos, como ventanas, permiten asomarnos a lo que fue, y los textos
de aquellos que lo vivieron y describieron nos invitan a recrearnos en un
pasado a través de sus plumas y a recorrer con ellas un espacio cubierto por
otra ciudad, por la que hoy transitamos, con la imaginación. Y nos preguntamos
ahora ¿esto es así? Raro es el día en que podemos ver los volcanes, lo que nos
hace recordar y reflexionar, que lo que nunca cambia es el cambio.
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[1] Una versión previa del presente artículo forma parte de las memorias del 4to. Coloquio del área de Historia y Diseño. Lugares perdidos. Organizado por el Departamento de Evaluación del Diseño en el Tiempo, División de Ciencias y Artes para el Diseño, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco. Ciudad de México, 2013.
[2]
Universidad
Autónoma Metropolitana, barteta@prodigy.net.mx
[3] Para este trabajo no se incorporó la obra de Manuel
Rivera Cambas, México pintoresco,
artístico y monumental (1883), la cual será estudiada en futuros trabajos.
[4] Heller (1993), como todo viajero a México, ha leído a Humboldt quien
describe que hay dos tipos de chinampas: unas móviles que arrastran los vientos
y las otras fijas y adheridas a la orilla, y solo las primeras merecen la denominación
de jardines flotantes. Esta información de Humboldt es totalmente falsa (p.150).