DOI:www.doi/org/10.24275/uam/azc/dcsh/fh/2019v31n58/Ortega
Sección: Reseña
El Capital: el destino de un texto y de
sus traductores
[Tarcus, H (2018). La biblia del proletariado: traductores y editores
de
El Capital.
Buenos Aires: Siglo XXI.]
Jaime Ortega[1]
Recibido en 13/12/2018
Aceptado en 09/05/2018
Horacio Tarcus es ya una pluma
distinguida entre quienes han contribuido a la historia de las izquierdas en la
Argentina, en tanto que capítulo significativo del desarrollo de dicha
corriente en el conjunto de América Latina. Su fama no es casual, es la
expresión de un amplio recorrido como editor, archivista y escritor. Hace un
tiempo ya que comienza a ofrecernos un conjunto de trabajos sobre los que ha
venido reflexionando por décadas. El libro que reseñamos en esta ocasión bien
podría ser considerado como un libro erudito y para eruditos, sin embargo, dada
su temática, interpelará a una cantidad más amplia de lectores.
Tarcus avanza sobre un ambicioso plan
de recolectar las pistas que han dejado los numerosos traductores de la obra
cumbre de Karl Marx: El Capital: crítica
de la economía política. El famoso texto que ha cumplido ya 150 años de
haber aparecido a la luz y cuyo destino, se pensó en el siglo XIX, era convertirse
en la biblia del proletariado. El recorrido del texto ha tenido sinnúmero de
vicisitudes, y es parte de la cultura política de la corriente ideológica más
significativa producida entre las clases subalternas, pero también motivo de
reflexión para una gama amplia de intelectuales.
Con un estilo ágil, amable y sencillo,
Tarcus ofrece una exposición detallada y minuciosa (según el material con el cual
se cuenta para hacerlo) de las distintas trayectorias de quienes encararon el
proyecto de convertirse en los traductores de Marx al español. No escapa ni la
dimensión histórica-contextual, ni las múltiples vicisitudes de un lenguaje
técnico que estaba inventándose y reinventándose. El conjunto es un trazo fino
sobre las veredas tomadas por el texto al que Marx le dedicó más empeño para su
producción.
Así, Tarcus nos expone los proyectos que,
en España, Argentina, México, Chile, enfrentaron cubanos, españoles,
argentinos, uruguayos y chilenos. Vemos recorrer entonces al primer socialismo,
el del siglo XIX en España, cruzado con el republicanismo. Observamos también
el despliegue del socialismo argentino, en profunda conexión con sus
equivalentes en Europa. Asistimos al traslado producto de la Guerra Civil Española
de importantes personajes hacia México. Lo mismo para quienes recorrieron la
avenida de la renovación crítica y que, por situaciones ajenas a su voluntad,
tuvieron que trasladarse del cono sur a la nación mexicana.
El texto arranca con una breve
historia de las múltiples traducciones de El
Capital en el mundo, de la rusa a la francesa, se destaca la impronta de
ellas y de otras tantas. El preludio da pie a la parte sustancial y mayoritaria
del ensayo: los que trasladaron del francés, inglés, italiano y a veces del
alemán, al español. Así, Tarcus revisa las trayectorias del federalista español
Pablo Correa, del médico argentino Juan B. Justo, de los españoles radicados en
México (y contrincantes ideológicos) Manuel Pedroso y Wenceslao Roces. Con este
último, además, el affaire con una
editorial comunista argentina que se apropia la traducción, disfrazándola.
Sigue en la segunda mitad del siglo XX con el argentino Raúl Sciarreta y el
uruguayo Pedro Scaron; con los españoles Vicente Romano y Manuel Sacristán,
para -finalmente- cerrar con la del chileno Cristián Fazio en el año 1991 como último
regalo soviético.
El recuento de Tarcus, decíamos, es
pormenorizado. Se centra en la reconstrucción de aspectos editoriales, afronta
las trayectorias políticas e ideológicas, así como los entramados contextuales
que determinaron desplazamientos. No sería mentir el decir que se nota una
predilección en su escritura por las coordenadas que permiten la versión de
Scaron, motivo de constante referencia y comparación. Cabe preguntarse
entonces, más allá de la erudición, sobre los motivos teóricos y políticos que
atraviesan tanto las traducciones de El
Capital, como la propia obra de Tarcus.
La primera sería una versión
privilegiada de la tensión producto de los efectos de la revolución soviética,
en donde un poder y sus múltiples herramientas de difusión intentan monopolizar
el legado de Marx. La valía de la obra de Scaron, parece traslucirse, porque
además de ser muy seria en su formulación en tanto intento de edición crítica
(a pesar de no contar con los mejores elementos para hacerlo), sobre todo
expresa la renovación política del marxismo a mediados del siglo XX. Producto
de las tensiones y rupturas con los monopolizadores argentinos de Marx, pero
también con los seguidores del poder soviético en otras periferias (Roces), la
muy popular edición de Siglo XXI expresaría la intención de salir de la
cuadratura del círculo impuesta por el comunismo: una obra crítica de Marx no
atrapada por un discurso de poder.
Quienes hayan leído la versión de
Roces, quizá tan famosa como la de Scaron, sabrán bien las diferencias entre
una y otra. No sólo los errores y traslapes que el uruguayo critica del transterrado
son algo ya conocido, tan así que él mismo los corrigió en una edición que sólo
muchos años después de su muerte pudo aparecer (en 2014). La diferencia se
encuentra sobre todo en la fuerza y la imaginación de Roces, que –en un
lenguaje rico, sutil y con múltiples expresiones–
vuelve el texto una obra de disfrute y
goce, pero también de combate.
Pero más allá de la disputa
Roces-Scaron, existen también otros detalles, bien señalados por Tarcus. Uno
importante es la impronta del althusserianismo de la mano de Raúl Sciarreta.
Recordemos que en los sesenta-setenta, la obra de Althusser cimbró las certezas
más profundas del marxismo dominante. Entre sus intervenciones destaca la idea
de que El Capital es un texto filosófico
cuya unidad es ficticia, pues expresa la convivencia de múltiples discursos que
deben ser pensados teóricamente con respecto a las lógicas de la sociedad. Es
decir, que leer El Capital es un
ejercicio teórico. Aunque incompleto, el gesto de Sciarreta es parte de esa
onda producto de la intervención del francés.Cabe señalar que Scaron se refiere en tono irónico a la sugerencia
althusseriana de pensar el comienzo de la lectura (el galo señalaba que debía
ser la sección segunda por donde había que iniciar, dejando al último la
sección primera), y así muestra, en su sutil ironía, la incomprensión teórica
de la renovación encabezada por Althusser.
A diferencia de las versiones preliminares
de este libro, aparecidas en forma de un ensayo amplio tanto en Memoria como en Nueva Sociedad, se agregan un par de páginas que son un buen pretexto
para pensar el desafío de Tarcus; es decir, reconocer su aporte y dar pasos
adelante. La primera versa sobre las ediciones abreviadas y los resúmenes, que
operaron como mediación para la configuración de lectores no especializados. La
dificultad de asir una obra erudita, densa y cargada de una cultura propia de
una época se vio solventada por estas versiones populares, que operaban como
el aliciente de círculos y grupos de estudio.
La segunda es el breve recuento que
hace Tarcus sobre el impacto teórico de El
Capital. Sin duda, extrañamos más páginas y más profundidad en algunos de
los problemas localizados hacia el final. Señala, ciertamente, un hecho real:
hoy hay muchas más formas de acercarse a El
Capital, producto de décadas de trabajo. Él sólo enfatiza en algunas señas
argentinas de la recepción histórica y menciona sólo algunas obras
(norteamericanas y europeas principalmente) de tradiciones contemporáneas.
Es aquí, sin duda, donde hay mucho
trabajo que hacer aún, y si bien no es parte del proyecto de Tarcus, su libro
posibilita retomar y profundizar estas veredas. En el terreno de la producción
teórica hay que mencionar algunos referentes insoslayables: las obras de
Reinaldo Carcanholo y Ruy Fausto, en el Brasil; la de Norbert Wilner y Roberto
Parisi, en la Argentina; la de René Zavaleta y Álvaro García Linera, en
Bolivia; la de Anastasio Mancilla en Cuba; la de Franz Hinkelammert en Costa
Rica; las de Enrique Dussel, Jorge Juanes y Bolívar Echeverría, en México; la
de Rafael Menjívar en El Salvador; la de Guillermo Rochabrúm en el Perú; las de
Osvaldo Fernández y Sergio Vuskovic, en Chile,
Esto sólo por mencionar las más
populares y accesibles. El trabajo de Tarcus es un buen pretexto para escarbar
en la memoria teórica y recuperar esa amplia acumulación de conocimiento del
marxismo producido en América Latina.
Para el caso de México, desde donde se
escribe esta reseña, no es suficiente la mención de la incorporación del Seminario de El Capital en el año 76 al
currículo de la licenciatura en economía. Se trata de una historia profunda,
producto del impacto de la Revolución mexicana y después de la Revolución cubana.
El registro de la relación de El Capital queda
incluso consignado en La muerte de
Artemio Cruz de Carlos Fuentes, cuando uno de sus personajes recuerda que
su tesis versó sobre la plusvalía, pues –como se sabe– Marx fue un lugar
común entre la intelectualidad desde los años treinta y cuarenta. Los nombres
de Narciso Bassols, Juan Noyola y Elí de Gortari en la primera mitad del siglo
XX, se acompañan del de Alonso Aguilar Monteverde, Juan Garzón Bates, Enrique
González Rojo (quien escribiera en la revista Revolución, editada en Morelia, un resumen de El Capital).En términos de
la institucionalización se encuentran los cursos aprobados en el año 1966 en el
seno del Consejo Universitario de la UNAM, pero también las experiencias en las
facultades de Economía con el Seminario
de El Capital, que Bolívar Echeverría (junto a Armando Bartra, Jorge Juanes
y Ramón Ramírez) impartía en el auditorio Ho-Chi-Mihn; en la Facultad de
Filosofía, de la mano de Federico Álvarez y Jaime Labastida, y en la de
Ciencias Políticas, de la mano del althusseriano Raúl Olmedo. Los tres Seminarios de El Capital fueron el lugar
para la discusión por cerca de dos décadas de la obra de Marx. De aquella
experiencia se formaron, en distintas épocas, numerosos intelectuales tan diversos
en sus trayectorias como en sus posiciones: Luciano Concheiro, Yolanda Trápaga,
Concepción Tonda, Jorge Veraza, Carlos Toranzo, Álvaro García Linera, Carlos
Aguirre, José Gandarilla, Gerardo Ávalos, por mencionar sólo algunos.
Finalmente, y aprovechando la
reflexión sobre México, es pertinente señalar la impronta que tanto Enrique
Dussel como Bolívar Echeverría tuvieron al momento de considerar la obra de
Marx. Particularmente el primero, que hizo explícito que El Capital no era un libro sino un proyecto que arrancaba en 1857 y
tenía varias redacciones. El espacio creado por Dussel en los años ochenta para
seguir aquel rastro devino en la publicación de cuatro importantes libros.
Así, aunque Tarcus enuncia en algunos
momentos las traducciones de los Grundrisse
o las Teorías sobre la plusvalía,
dice poco sobre las traducciones de otros manuscritos. Puede pensar importante
aquellos del periodo 61-63 que sólo se encuentran fragmentariamente. Nos
referimos a aquella traducción que impulsó Dussel y apareció en la revista Dialéctica en su número 17, así como la que alentó recientemente
García Linera en la Vicepresidencia de Bolivia. A ello debe sumarse un ausente:
Bolívar Echeverría, quien además de traducir un pasaje de dichos manuscritos,
también es traductor de la sección primera de El Capital.
Como puede observarse, hay aún mucho
trabajo de reconstrucción, tanto de las coordenadas nacionales como de los
vínculos regionales que impulsaron la lectura, difusión y apropiación
productiva de El Capital. Baste
saludar alegremente este primer disparador proporcionado por Tarcus, que -sin
duda- se volverá una obra de consulta en los tiempos por venir. Y es que,
frente a la crisis civilizatoria que enfrentamos, El Capital de Marx vuelve a convertirse en una referencia tan pertinente
como necesaria.