Emil Ludwig: un vistazo a los dictadores europeos a minutos de la guerra

 

Emil Ludwig: a look at the european dictators to minutes from the war

 

 

            Patricia Montoya Rivero[1]

Brenda Moctezuma Roa[2]

Alfredo Pérez Jiménez[3]

 

Resumen

En este artículo nos proponemos hacer una reflexión historiográfica sobre el libro de Emil Ludwig Los tres dictadores: Hitler, Mussolini y Stalin. Y un cuarto: Prusia. Si bien Ludwig ha sido considerado como el padre de la biografía moderna, en esta obra lo que consideramos que lleva a cabo es un ensayo biográfico y no tanto una biografía.  

Palabras clave: Hitler, Mussolini, Stalin, Emil Ludwig, Ensayo biográfico, Segunda Guerra Mundial

 

Abstract

In this article we propose to make a historiographical reflection on the book of Emil Ludwig The three dictators: Hitler, Mussolini and Stalin.  And fourth oner: Prussia.  Although Ludwig has been considered the father of modern biography, in this work what we consider he accomplishes is a biographical essay and not so much a biography.

Keywords: Hitler, Mussolini, Stalin, Emil Ludwig, biographic essay, Second World War

 

 

Recibido: 2019-10-22

Aceptado: 2020-02-18

 

 

Se facilita la inteligencia de nuestra propia época por el hecho de que vemos actuar

a los hombres muy cerca de nosotros,

pero se dificulta, porque no conocemos sus papeles privados.

Emil Ludwig

 

A manera de introducción

La biografía ha sido un género considerado, hasta hace muy poco tiempo, como menor entre el gremio de historiadores académicos, sin embargo, ha gozado de gran popularidad en el público lector, desde épocas tan remotas como la antigüedad clásica. Tal es el caso de las Vidas Paralelas de Plutarco, que aún hoy día se siguen leyendo, y es común encontrar en las mesas de las librerías gran cantidad de títulos que nos ofrecen variadas biografías o historias de vida de personajes de diversas épocas de la historia.

En efecto, la biografía no se ha dejado de cultivar, pero se considera al autor alemán Emil Ludwig como el padre de la biografía moderna. Ya no se busca únicamente mostrar las acciones ejemplares, sino que se trata de comprender al personaje en su totalidad humana y dentro de su contexto histórico. Se echa mano de los avances de la psicología y de los factores sociales, políticos, económicos y culturales que pudieron haberle influenciado para sus acciones y pensamientos. El biógrafo moderno, lo mismo que un historiador académico, hurga en fuentes documentales, materiales y testimoniales para explicar las vidas de los personajes biografiados, así como el porqué de su protagonismo en una época y lugar determinados (Montoya Rivero, 2010, pp. 196-199). Hoy en día ha surgido un nuevo interés en la historiografía: “el retorno al sujeto” (María Gloria Núñez Pérez, 1997, p. 408) que significa una nueva mirada a las biografías, fundamentadas y contrastadas en suficientes fuentes, tanto del sujeto como del contexto en el que se desarrolla la vida de éste.

En este texto nos hemos propuesto hacer una reflexión historiográfica sobre una obra del famoso biógrafo prusiano: Tres dictadores: Hitler, Mussolini, Stalin. Y un cuarto: Prusia (Ludwig,1939).

Cuando se habla de Emil Ludwig de inmediato se piensa en el biógrafo; sin embargo, su trabajo también abarcó otros géneros, como el teatro y la novela, el reportaje y las crónicas periodísticas, la entrevista y el ensayo biográfico. Es a un texto como este último al que nos referiremos en las siguientes reflexiones.

Convencidos de que la historia se escribe desde un horizonte de enunciación y que por lo mismo observa los acontecimientos pasados a través de un lente entintado por el contexto, consideramos que es necesario conocer a los autores de las obras en su entorno. Por ello nos preguntamos ¿Quién fue Emil Ludwig y por qué tomó la pluma para escribir sobre los dictadores contemporáneos a él? Para responder esta pregunta antes de abordar su texto, debemos entender al autor y su tiempo para poder desprender los motivos que lo llevaron a esgrimir los argumentos que plasma en su obra.

 

El escritor y el mundo que vivió

En 1871, gracias a los esfuerzos del canciller Otto von Bismarck y Guillermo I, emperador de Alemania y rey de Prusia entre 1888 y 1918, se concretó la unificación de Alemania, la que pronto tendría un lugar importante en el juego de equilibrio del poder europeo. Entonces el ambiente nacionalista permeaba en las diferentes sociedades europeas y los países germanos no habían sido la excepción (Eric Hobsbawm, 2012, pp. 112). Habían pasado diez años cuando, en la localidad de Breslavia (actualmente Polonia), en el seno de una familia acomodada de ascendencia judía, nació Emil Cohn, hijo de un eminente oculista. Gracias a que la familia mantenía buenas relaciones con funcionarios del imperio Astro-húngaro logró cambiar su apellido por Ludwig; probablemente porque buscaba mayor integración en el mundo germánico. Su familia le procuró una profunda cultura y viajes que le brindaron una visión amplia del mundo.

El joven Emil vivió la época del imperialismo. Entre 1884 y 85, mientras los europeos vivían alegremente la Belle époque, en la capital del Reich se llevaba a cabo la conferencia de Berlín en la que las potencias europeas se repartían el continente africano y parte de Asia. Presenció la llegada al trono de Guillermo II, quien destituyó a Bismarck en 1890 por no estar de acuerdo con sus prácticas políticas (Antonio Ramos Oliveira, 1973, pp. 266). Estudió Derecho y alcanzó el grado de Doctor. Cuando contaba con 25 años, se trasladó a la región de Ascona, en Suiza, debido al ambiente antisemita que se respiraba en el imperio Alemán, aunque no practicaba la religión judía. Ese mismo año de 1906, inició su prolífica producción literaria, con un drama sobre Napoleón, el cual convertiría más adelante en la conocida y multieditada biografía del emperador francés Napoleón. En 1914, sonaron los cañones de la Gran Guerra que convocaron a las armas a los jóvenes de la época, pero Ludwig no participó en ésta debido a su miopía, lo que le llevó a ejercer un oficio en que la escritura  ̶ su pasión ̶  seguiría siendo importante: el periodismo; se distinguió como corresponsal del Berliner Tageblatt en Viena y Estambul (Ludwig, 1957, p. 1216). Terminada la guerra el biógrafo marchó a Kiel[4] (Ramos Olivera, 1973, p.302), ya que parte de la Marina alemana se había insubordinado para desconocer al káiser durante la revolución de noviembre de 1918.                                                                                                                                                                                   

Posteriormente, Ludwig se dedicó de lleno a la factura de diversas obras, en especial de biografías, de las que por entonces redactó más de diez[5], además de obras históricas y los ensayos biográficos  de los Tres dictadores…, en 1939.

En este periodo Alemania estuvo marcada por la inestabilidad política y económica de la República de Weimar. El Tratado de Versalles había impuesto múltiples sanciones al país derrotado, entre ellas fuertes contribuciones económicas y la segregación del corredor de Danzig de su territorio (David Thomson, 1974, pp.90-98). Lo anterior sirvió como caldo de cultivo para el ascenso del nazismo. En 1923 Adolfo Hitler se aventuró a dar un golpe de estado, pero al fracasar fue condenado a prisión, tiempo que aprovechó para escribir Mi Lucha, la cual sería publicada en 1925. Por su parte, Ludwig ganó fama, pero a sus compatriotas no les agradaron sus obras, Guillermo II y Julio de 1914, publicadas en 1925 y 1929 sucesivamente, ya que, a los ojos de sus conciudadanos, Alemania no quedaba bien parada (Ludwig, 1957, p. 1221; Thomson, 1974, p.144.).

El panorama europeo tampoco era alentador, en 1922 Benito Mussolini había emprendido su marcha sobre Roma tras de la cual los fascistas obtuvieron el poder. El entonces periodista Ludwig tendría que esperar seis años para lograr entrevistar al Duce, en 1928. Mientras tanto, en el mismo año de 1922, José Stalin se había convertido en Secretario General del Comité Central del Partido Comunista en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Nueve años después, a tres de haber entrevistado al líder latino, Emil Ludwig pudo por fin sentarse frente al autócrata georgiano para realizarle una jugosa entrevista. Otras personalidades a las que también consiguió entrevistar nuestro autor en diferentes momentos, fueron el líder checoslovaco Tomás Masaryk y el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt.

Al iniciar la década de los años 30, Ludwig tenía cada vez más detractores en su natal Alemania, había comenzado a levantar la voz para denunciar la cercanía de una nueva guerra en Europa, dictando conferencias de corte pacifista por varios países europeos. Fue entonces cuando decidió renunciar a la nacionalidad alemana. Por enero de 1933, Hitler logró convertirse en canciller debido al apoyo de Hindenburg, comenzando para Alemania el periodo del dominio nazi (Ramos Oliveira, 1973, p. 61).[6] Para mayo de ese año se llevó a cabo la quema de libros de “espíritu anti alemán” de diversos autores, entre ellos los de Ludwig, por lo que “[…] me permitió –dice el escritor– ocupar un lugar honorífico entre Spinoza y Heine” (Ludwig, 1957, p. 1229).

Para 1936, el escritor fue testigo de la alianza entre la Alemania nazi y la Italia fascista que conformarían el Eje, al cual se le uniría Japón tres años después. Dos años más adelante, ante la mirada pasiva de Europa, Hitler anexaría Austria y los Sudetes, seguiría Checoslovaquia con la anuencia del líder inglés, Chamberlain, pero no de los checoslovacos (Thomson, 1974, p. 162).

Al estallar la guerra nuestro autor permaneció por breve tiempo en Suiza pero, temeroso del poderío nazi, decidió viajar a Estados Unidos, donde vivió durante el tiempo que duró el conflicto; sirvió en la Secretaría de Guerra, por recomendación del propio presidente Roosevelt, (Ludwig, 1957, p. 1229) en tanto que sus libros se publicaban en toda la Unión Americana, lo que le permitió vivir holgadamente. Al término de la conflagración mundial regresó a Suiza, donde años más tarde, en 1948, falleció. Tenía entonces 67 años y legaba a la humanidad una muy amplia y reconocida producción, tanto biográfica como de otros géneros.

En cuanto a sus filiaciones políticas, Ludwig podría ser considerado como un liberal y pacifista. Él pensaba que:

El Estado se ha creado para el ciudadano y no el ciudadano para el Estado. El Estado es un mecanismo cuyo funcionamiento nadie debe perturbar, pero al que nadie debe idolatrar. No entra en los fines de una nación el morir por este mecanismo, ni el vivir dentro de él. No existen naciones grandes ni pequeñas. No hay idearios, pueblos o razas mejores ni peores. El concepto de raza está científicamente desacreditado. La pureza racial no existe. La guerra no es la madre, sino la muerte de todas las cosas. Las conquistas no tienen finalidad alguna; las enemistades cultivadas de padres e hijos son propias de tribus insulares, no de naciones (Ludwig, 1957, p. 1228).

Sin embargo también era crítico del capitalismo, decía que:

[…] la democracia y la libertad de opinión y de expresión no garantizan, ni muchísimo menos, la igualdad ni los derechos del hombre. En este sentido, “la fuerza” es mala de por sí, pues esta fuerza es la del dinero, que hasta en las mismas democracias lo domina todo (Ludwig, 1957, p. 1208).

Incluso simpatizó con el proyecto socialista ruso:

La innata pasión que siento en contra de los ricos no tiene más remedio que crear en mí cierto escepticismo con respecto a los americanos, que no se mueven más que por el dinero, despertando, en cambio, cierta simpatía por los soviets, que llegan casi a despreciarlo (Ludwig, 1957, p. 1230).

Por otra parte, en cuanto a lo religioso, como ya se mencionó, no fue un judío practicante debido a que su padre “no educó a sus hijos en las costumbres y ritos judíos.” (Ludwig, 1957, p. 1201). Sus creencias eran más bien deístas. Según él: “no [me] atrevería a decir que, cuando rezo pueden ser consideradas estrictamente monoteístas [mis] plegarias” (Ludwig, 1957, p. 1349). Concebía a la Naturaleza como la mayor fuerza, pues “estamos envueltos y rodeados por ella, incapaces de huir de su seno […]” (Ludwig, 1957, p. 1349).

Los Tres dictadores

La obra Tres dictadores: Hitler, Mussolini, Stalin. Y un cuarto: Prusia es un texto publicado en 1939 entre los meses de septiembre y noviembre. En ese mismo año fue Francisco Ayala, escritor y traductor español exiliado en Argentina, quien recibe directamente del autor los originales en alemán, la traduce y la publica en Buenos Aires, por lo que la obra empieza a ser leída en el continente americano, donde Ludwig tenía aceptación. En México, la editorial Latinoamericana la editaría en 1957 y, en España, la editorial Acantilado la dio a la luz en 2011. Cabe destacar que la obra no está incluida en las Obras completas editadas en 1966, en cinco tomos, por la editorial Juventud de Barcelona. 

Para realizar este libro, el escritor se basó en los amplios conocimientos que tenía de su época, de la historia y en sus propias experiencias como periodista, así como en sendas entrevistas realizadas a Mussolini y a Stalin. Tampoco podemos dejar de mencionar, la habilidad que como biógrafo había ejercitado para conocer el alma de sus personajes. Es interesante mencionar las constantes alusiones que hace al lenguaje corporal y a los cambios de expresión facial de sus biografiados durante las conversaciones.

Cabe aclarar que la obra no se trata de biografías tradicionales, sino de ensayos biográficos en donde se pretende dar a conocer a los lectores quiénes son los dictadores europeos más peligrosos para paz, su personalidad, aspiraciones y pensamientos, así como el curso que podrían tomar los acontecimientos en Europa y sus consecuencias para el mundo occidental.

El autor dividió este texto en un prólogo, cuatro capítulos y un epílogo. Cada capítulo corresponde a un dictador. Hitler, es a quien le dedica más páginas, le siguen Mussolini y Stalin y  finaliza con “un cuarto dictador” que es Prusia; resulta curioso que para cada uno de estos últimos tres dedica poco más o menos de la mitad de las páginas que empleó para el dictador germano. La parte sobre Adolfo Hitler la subdivide en: “Un histérico creador de historia”, “Hitler frente a la justicia”, y “Pronósticos”. Consideramos que las páginas dedicadas al Führer fueron más debido a que conocía con mayor profundidad la situación alemana y estaba al tanto de los acontecimientos contemporáneos a él. En cambio, con respecto a los otros dos personajes su fuente principal fue, sin duda, el resultado de las entrevistas realizadas, así como el amplio conocimiento que tenía de la historia y de su contemporaneidad. Para el apartado sobre Prusia, tenía trabajos previos como las biografías de Guillermo II, Bismarck y Hindenburg, así como su propia experiencia vital como originario de esa región, lo que le autorizaba para ser muy crítico, al tiempo que entendía la idiosincrasia y el carácter propios del prusiano.

Convencido nuestro escritor de la dificultad de escribir biografías sobre personajes vivos, justifica su trabajo con la idea de explicar más los motivos de sus acciones que las causas que derivaron de ellas, y que si bien estos protagonistas pueden no representar conductas ejemplares, sus hechos han tocado el orgullo de los pueblos, por lo que la atención del mundo se vuelve hacia ellos (Ludwig, 2011, p. 70).  “Sólo gente estúpida menosprecia a un jefe porque practica una doctrina incómoda u odiada” (Ludwig, 2011, p. 70)

A continuación vertimos algunas ideas que consideramos importantes respecto al texto de Ludwig siguiendo el orden de la obra.

Adolfo Hitler y el espíritu burgués

Ludwig, comienza el apartado sobre Hitler abordando su infancia. Afirma que sus primeros años no fueron felices, hijo de padre zapatero había nacido con grandes esperanzas de sobresalir del resto de sus contemporáneos; sin embargo, su falta de talento necesario para entrar a la Escuela de Artes de Viena hizo que fuese rechazado de ésta y, el no ser partidario del trabajo, ha hecho que de su juventud no se conozca más que había vagado por las calles de la ciudad (Ludwig, 2011, p. 15). Al pretender alcanzar el ideal prusiano, se había planteado como meta tener una vida de estilo burgués, se veía a sí mismo como un pequeño propietario sin mayores aspiraciones. Tampoco poseía gran inteligencia ya que sus ideales eran la calca de una moda repentina. Afirma Ludwig que: “Poco a poco aprendió a fundamentar la moda antisemítica adoptada en Viena […]”[7] (Ludwig, 2011, p. 15). Pero, ¿a qué se debe la descripción que hace el autor de la figura de Hitler?

En “Un histérico creador de historia”, Emil Ludwig da las razones por las cuales considera que tuvo éxito una figura como la del austriaco; la primera es la oratoria. Sus discursos son la clave para que una buena parte de alemanes confiara en las palabras del Führer. Después del estudio que hizo de las masas logró crear símbolos y banderas que consiguieron darle identidad a la población derrotada. No obstante, el escritor piensa que sus alocuciones eran largas y tediosas, que los alemanes que acudían a escucharlos terminaban por no comprenderlos pero los aceptaban sin más. Sentencia que: “Los alemanes son quizá la única nación que no ha tenido un gran orador” (Ludwig, 2011, p. 18), debido tal vez a que a cambio han tenido buenos músicos. Entre líneas podemos observar que si los alemanes jamás han contado con grandes oradores, es explicable que los discursos de Hitler no hayan sido buenos, pero en cambio las masas que los escuchaban, ciertamente con la necesidad de una nueva identidad y de recuperar el orgullo nacional, eran fácilmente impresionables.  

La segunda razón es su gran simpatía por la clase media. Para Ludwig, la sociedad alemana tenía las características adecuadas para que cualquier dictador que llegara fuese aceptado: eran individualistas, dóciles, nacionalistas, beligerantes y con una juventud idealista. Claro es, que después de la guerra las esperanzas por recuperar el modo de vida perdido hacían del Canciller un nuevo mesías (Ludwig, 2011, p. 31). Por lo tanto, poco a poco, el perspicaz Ludwig demerita el trabajo oratorio de Hitler pensando que la sociedad alemana ya estaba propensa a admitir un autócrata. Los símbolos nazis fueron aceptados por el sector de la sociedad alemana que congeniaba con el nacionalsocialismo, y el escritor no deja escapar la oportunidad de descalificarlo cuando menciona que: “El imposible lenguaje del libro (haciendo referencia a Mi lucha) demuestra que ha sido él verdaderamente su autor” (Ludwig, 2011, p. 21). Opinión con la que coincidimos.[8]

Pero estas, las razones, no sólo se limitan al trabajo ideológico del partido Nacional Socialista, realizado por años, sino que existen motivos contextuales para su triunfo. 1) Los actos de violencia que aterrorizaron a la población (Ludwig, 2011, p. 33). 2) La lucha contra la Iglesia que, aunque poco frecuentada por los alemanes, era fundamental para las familias (Ludwig, 2011, p. 34). 3) La propuesta de la vida de los dirigentes como modelo a seguir, pese a que no fueran ejemplares (Ludwig, 2011, p. 35). 4) La anulación del libre espíritu alemán o la prohibición a la libertad de pensamiento y la restricción a los escritores y profesores que propiciaran el pensamiento crítico, y por último, 6) la incertidumbre jurídica. La plena independencia con la que las autoridades ejercían su poder atemorizaba a cualquiera; fue por estas condiciones, más que por la brillantez del pensamiento nazi, que el triunfo de Hitler resultó avasallador. Estas han sido las causas que nos llevan a pensar que el autor considera que la sociedad alemana apoyó el régimen más por coacción que por convencimiento[9], lo que pareciera ser contradictorio con los argumentos que esgrime en páginas anteriores. Pensamos que lo escribió así para justificar que hubo alemanes que aceptaron ese statu quo solamente bajo coerción.

Y no es para sorprenderse que Ludwig fuera crítico con Hitler ya que, pese a que no practicaba el judaísmo, la persecución nazi era más racial que religiosa,[10] y por ende que criticara su postura antisemita y que viera en el dictador una enorme incapacidad política, pese a los grandes logros que Hitler había obtenido desde su cancillería. Pero sobre todo, los nexos del autor con Roosevelt, le darían la idea de que la democracia norteamericana era el parangón.

En el segundo apartado, “Hitler frente a la justicia”, se lleva a cabo un juicio ficticio frente al, entonces inexistente, tribunal de la Haya y, aunque no especifica la fecha, hace notar su esperanza en que el conflicto bélico termine en la década de los cuarenta. Existen tres actores dentro del juicio, el Presidente, el defensor y el acusador público, estos dos personificados en el autor, lo que lo hace argumentar y contra argumentar sobre la actuación del dictador.

En su alegato se puede observar la pasión con la que Ludwig interpreta a sus personajes, ya que expone con seriedad cuáles serían los argumentos para estar a favor de Hitler. Por ejemplo, el diálogo del defensor menciona: “Como alemán de una provincia separada del resto se sintió poseído ya en la juventud por el deseo de ver poderosa a su gran patria. Después de la derrota, ese deseo adquirió los caracteres de una pasión” (Ludwig, 2011, p. 51). Pero no nos dejemos engañar, justo en su defensa se encuentra esa pasión que lo caracterizaba, la ineptitud política que Ludwig tanto critica. Además, él mismo contradice la idea de un Hitler como gran libertador

Las grandes sombras que el defensor ha evocado (Napoleón y Alejandro Magno) son las más adecuadas para oscurecer la figura del acusado (…) Lo que a nosotros nos justifica para aniquilar al acusado, cosa que nadie se atrevió a hacer con Napoleón, es la pequeñez de su personalidad, que le ha impedido entrar en la serie de los grandes hombres (Ludwig, 2011, p. 55-56).

Este ejercicio dialéctico deja entrever la fuerte esperanza que guardaba sobre la derrota y ulterior condena del tirano. Además, echa en cara los defectos del austriaco frente a los “Grandes dictadores” de la historia. El autor critica con mayor énfasis a Hitler por su postura antisemita.

            En el último apartado “Pronósticos” ofrece sus predicciones en cuanto al curso de la guerra. Asegura la derrota de Hitler, y afirma que para que pudiese conseguir el triunfo tendría que aliarse con la URSS, además está seguro de que Inglaterra no desistirá. La guerra puede durar muchos años si es que su promotor no muere, pero el final no llevaría a Europa al puerto de la paz, sino que a éste seguiría, como lo califica él, una Revolución. Según nuestro autor, Mussolini no entraría a la conflagración, pero al ser una obra escrita antes de la declaración de guerra italiana desconoce el resultado. América apoyará incondicionalmente al viejo continente. Probablemente este juicio lo emitió porque de acuerdo con su conocimiento del pueblo italiano no lo considera apto para la guerra.

La imagen que Emil Ludwig pinta del jefe germano es, por decir lo menos, de un hombre inepto que logró su éxito gracias a la situación de la sociedad alemana, que había sido derrotada y humillada en la Primera Guerra, y a su idiosincrasia. Las críticas que le hace son, en algún momento, viscerales (Ludwig, 2011, p. 38-39).[11]  Pero no podía ser de otra manera, tanto sus relaciones fuera de Europa, su bien alimentada educación histórica y su inevitable origen judío determinan el recelo que siente el escritor frente a esta figura dictatorial. La especial atención que presta a sus acciones y a su personalidad, son reflejo de la gran aversión que siente por Hitler.

Mussolini. El adversario de las masas

Al iniciar el apartado sobre Benito Mussolini, a quien dedica 29 páginas, Emil Ludwig nos ofrece una lección de dónde debe situarse el biógrafo experimentado para estudiar y analizar a sus personajes, para ello realiza una brillante analogía con una representación de Ópera, que vale la pena citar textualmente:

            Cuando un hombre ocupa en la ópera un asiento de la primera fila de platea y otro se sienta en la fila más alta del paraíso, sus impresiones respectivas se diferencian entre sí tanto como las de una persona que contempla su tiempo y de otra que estudia Historia. […] El uno estudia el tenor; el otro, el drama. Por eso, en el gran espectáculo que se desarrolla desde hace ya veinticinco años ante nuestros ojos, yo me he reservado dos localidades, una en lo más alto y otra en primer término, y con frecuencia me cambio de sitio durante el mismo acto (Ludwig, 2011, p. 69).

 

En efecto, en el ensayo Tres dictadores…, vemos que el autor nos presenta a sus protagonistas sin nunca perder de vista su entorno, lo que da gran valor al texto y le permite realizar lúcidas prospectivas.

Ludwig está convencido de que el hombre maduro se explica a través de sus antecedentes personales, familiares y sociales; así afirma que la infancia de Mussolini no está tan alejada de la de Hitler. Nació en una familia afecta al socialismo, de bajos recursos y gran parte de su vida tuvo que trabajar. De su juventud se sabe que laboró como constructor y vivió escondido la mayor parte de ésta, un padre revolucionario y trabajador y una madre dedicada a la enseñanza, heredaron esos valores a su hijo (Ludwig, 2011, p. 78). Pese a su enorme cercanía con la ideología socialista, siempre despreció a la masa, aunque supo ocultarlo, en cambio era obsesivo con los retratos y un gran ególatra. Emil Ludwig lanza una descripción poco comprometedora de la personalidad del italiano, se ve que lo admira, pero al mismo tiempo es detractor del fascismo ¿Cuáles son las razones de una descripción tan particular?

             La historia de vida del italiano está dividida por pequeños apartados que no tienen un nombre en específico, la biografía se limita a describir la participación de éste en la Revolución, así como su dictadura, pero no describe el fin de la guerra. Pensamos que de Mussolini no necesita muchas fuentes externas porque tuvo un contacto directo con el autócrata, convivió con él, lo entrevistó, lo observó de cerca y eso, además del conocimiento del contexto de Europa, le basta para comprenderlo,[12] incluso menciona que:

…no se me apareció como el jefe odiado de un mundo antidemocrático, sino que investigué en él a un hombre de Estado […] todavía hoy que desde hace siete años que estoy separado de él por completo […] puesto que ha llegado a ser amigo público de Hitler y el adversario secreto de las tres grandes democracias, todavía no temo declarar que para mí es el hombre de Estado más interesante con que me he enfrentado en Europa (Ludwig, 2011, p. 71).

En 1922, el fascismo triunfó en Italia gracias a Mussolini y a la enorme influencia del poeta-militar, Gabriele D’Annunzio. Pero para llegar a este triunfo Mussolini pasó una gran parte de su vida escribiendo verdaderos dramas sociales, estudiando a la masa italiana (Ludwig, 2011, p. 73). Al principio de esta lucha no se deshizo de sus ideales, incluso Emil Ludwig señala que para agosto de 1914 todavía era socialista y que despreciaba la guerra (Ludwig, 2011, p. 76), pero por su gran capacidad analítica de la personalidad del hombre que tuvo frente a sí en algún momento de 1928, percibió que su naturaleza era egoísta y siempre prefirió sus intereses frente a los de Italia, frente a los de sus conciudadanos y frente a su propia ideología, utilizando después de su triunfo, la amenaza del fantasma del comunismo como fundamento de su lucha (Ludwig, 2011, p. 78), al igual que harían las otras democracias occidentales.

            Pese a todos estos grandes defectos, Ludwig asegura que el triunfo de Mussolini fue gracias a la excelente estrategia de pose que adoptó el dictador. Los discursos que le brindaba a la masa eran vacíos y no contenían más que una estructura predeterminada (Ludwig, 2011, p. 80). Según el testimonio de nuestro escritor, señala que después de un enorme discurso a la masa el caudillo fascista le confesaba: “La masa no es nada por sí misma  ̶ me dijo más tarde al preguntarle yo ̶  sino un rebaño de ovejas hasta que no se la organiza. Pero no por eso estoy en contra de ella. Le niego tan solo que pueda gobernarse a sí misma” (Ludwig, 2011, p. 85).

Llama la atención que, a diferencia del Führer, no señale grandes defectos de oratoria que sin duda veía en el Duce. Esto probablemente se deba a que Ludwig no se concebía como parte de la masa italiana. Su falta de crítica poco tiene que ver con la vacuidad de los discursos, probablemente sea por la admiración que tiene por el fascista. Además su descripción de la población italiana es verdaderamente reveladora, de ellos piensa que eran un pueblo,” […] crítico, músico, patético, indisciplinado y en cualquier caso no militar” (Ludwig, 2011, p. 86). Es de notar que para nuestro autor fue llamativo lo que Mussolini pensaba de su pueblo: “El dictador puede ser querido […] al mismo tiempo que le teme la multitud. La multitud ama al hombre fuerte. La multitud es una mujer” (Ludwig, 2011, p. 84).

            Probablemente la gran simpatía del biógrafo por su biografiado se deba a la percepción de que este último tenía de una sociedad sin distinción racial o religiosa, no despreciaba ninguna forma de vida y consideraba que la verdadera riqueza del pueblo italiano estaba en esas mezclas. Sus ideas no eran una moda pasajera vienesa (Ludwig, 2011, p. 87). Sin embargo, la comparación entre el germano y el latino ya casi al final de la biografía era inevitable y la hace en el terreno de la oratoria. Los discursos de Hitler eran más teatrales, él era el centro de atención y en tono “chillón” convencía a las masas por aturdimiento y, en un vuelo de imaginación cree que los alemanes al salir de cada alocución decían: “[…] ¡No le hemos entendido! ¡Qué grande debe ser! […]”, mientras que la gente salía de las arengas de Mussolini diciendo: “[…] ¡Le hemos entendido, y tiene razón! […]” (Ludwig, 2011, p. 89). Aunque Ludwig encuentra interesante al autócrata italiano, tal vez por su rechazo a las teorías racistas, el primero deja claro su fuerte rechazo al fascismo del segundo. Nuestro biógrafo acepta que se acercó a los dictadores para “entender sus motivaciones [y para poder] contar de antemano con lo que van a hacer” (Ludwig, 2011, pp. 70-71).

            El texto culmina con una crítica severa a Mussolini, menciona sus constantes fracasos después de 17 años de ostentar el poder y el poco progreso alcanzado en Italia. Aún al final del ensayo guardaba esperanzas de una ruptura entre Hitler y Mussolini: “Si él (Mussolini) apoya en su aventura a su imitador (Hitler), terminará hundiéndose con él. Si se mantiene alejado, demostrará cuánta es su superioridad sobre él en cuanto a prudencia política” (Ludwig, 2011, p. 96).

Indudablemente en este capítulo, nuestro autor se muestra mucho más benevolo que al tratar a Hitler en el primero de su libro; su cercanía con el dictador italiano le da una perspectiva mucho más personalista y cercana, además no demerita su capacidad política, su capacidad de oratoria y le brinda una inteligencia mayor. Señala sus defectos, pero esto, más que descalificarlo, lo vuelve más humano.

Stalin, el único dictador convencido

Siguiendo la línea establecida, el biógrafo comienza haciendo una breve descripción de la juventud de José Stalin. Menciona que tenía una voz angelical y que participó en el coro de la celebración del cumpleaños del Zar. Su familia era humilde y su padre zapatero; su madre, quien deseaba el ascenso social de su hijo, lo llevó a un seminario eclesiástico para que lograra salir de la miseria. Pero ese joven, promotor y fiel creyente del socialismo se convertiría en uno de los más grandes dictadores. Con acento georgiano y sin el intelecto necesario para agradar a la Europa occidental gobernó con puño de hierro. ¿Cuáles son los elementos que Ludwig rescata al describir al sucesor de Lenin?

            El capítulo referente a Stalin, en comparación de los otros es aún más breve y apenas alcanza las 27 páginas. Dividido en apartados sin ningún título, este bosquejo de la personalidad del autócrata de Tiflis, está enfocado en su participación en el partido comunista y su llegada al poder. Al igual que en la parte sobre Mussolini, Ludwig se vale principalmente de las palabras del dictador pronunciadas durante la entrevista realizada en 1931, por lo que no necesita echar mano de muchas fuentes secundarias ya que tiene contacto personal con Stalin. El autor está convencido de que de los tres dictadores que él estudia, es de este último en donde la entrevista aparece de modo más recurrente a lo largo de las páginas.

De José Stalin afirma que es el único de los protagonistas tratados, que mantiene una ideología clara, y que pese a los años, sigue persiguiendo el propósito de su juventud; de él menciona: “El auténtico revolucionario  ̶ y entre los tres dictadores, solamente Stalin lo es ̶  no perderá nunca por completo su primera visión” (Ludwig, 2011, p. 101).

            A diferencia de los otros dictadores, Ludwig justifica la llegada del georgiano al poder, cree que su difícil juventud es la causante de su forma de gobernar. Incluso se pregunta “¿No tiene que hacer a los hombres [refiriéndose a la difícil situación de Stalin en el pasado], si no los quiebras, firmes y cada vez más fanáticos, luchadores apasionados en favor de su comunidad?” (Ludwig, 2011, p. 102). Y es porque considera que la formación política de Stalin fue más turbulenta, se vio perseguido y no se formó a partir de grandes discursos ni ascendió al poder por medio de pequeños cargos. Fue la mano armada de Lenin lo que propició su rápido ascenso.  

Pero casi de inmediato, el biógrafo, une el destino del dictador con el de León Trotsky[13] y las comparaciones se hacen inevitables. Los describe como los perfectos polos opuestos, y ve en cada uno las virtudes que se encontraban en inigualable comunión en la persona de Lenin, diciendo que: “Sus caracteres conforman sus fisonomías. Son el ligero y muy ilustrado hijo de un granjero judío acomodado y el tosco hijo de un pobre zapatero que se formó tardíamente, los que se encuentran uno frente a otro” (Ludwig, 2011, p. 110). Para Ludwig, el pesado mando de Stalin no le es del todo simpático ya que, en muchos momentos, habla sobre el liderazgo occidentalizado de Trotsky, por ejemplo cuando sentencia que los Stalin siempre siguen a los Trotsky en el curso natural de las revoluciones (Ludwig, 2011, p. 112), pero la fuerza bruta y la paciencia son las que llevaron a Stalin a conservar el poder. En cuanto a sus habilidades oratorias considera que existe una enorme diferencia con los dictadores tratados en los capítulos anteriores, y supone que el soviético es el peor de todos, pues “lee siempre sus discursos” (Ludwig, 2011, p. 111).

            Es muy interesante observar, que la guía cronológica de la vida de Stalin siempre está ligada a la de Lenin, Ludwig no termina de separar a los personajes importantes de la Revolución, sino que más bien pareciera que el contacto personal que ha tenido con Stalin gracias a sus conversaciones, no le es suficiente para describir su figura. Desde un inicio menciona el escaso contacto visual que Stalin tiene con él como interlocutor, y que mientras hablaban el jefe garrapateaba con la punta roja de un bicolor. El autor también era muy cercano a Trotsky y lo califica como el favorito del ejército, pero sin el carácter napoleónico necesario para arrancar el poder de las manos de Stalin (Ludwig, 2011, p. 119-120). Tal vez esa sea la razón por la que no deja de compararlos.

            A diferencia de los otros dictadores, en este caso nuestro escritor no condena el relativo poco progreso del país, y no ejemplifica ni critica la capacidad de la masa rusa para comprender ya un discurso, ya a quien la gobierna y ni siquiera habla de las características del mismo pueblo, sino que lo que al parecer lo cautiva es la supuesta pureza de las ideas del georgiano que no pudo encontrar en los autócratas teutón y latino. Lo cree un hombre metódico, frío que se considera a sí mismo capaz de gobernar con la violencia y la represión necesarias para dominar a un pueblo, un abusivo que utiliza a la vieja maquinaria rusa para aprovecharse de sus débiles vecinos y así expandir su poder (Ludwig, 2011, p. 126). Pero las constantes citas a Marx o a Lenin y las repetidas reprimendas del dictador a Ludwig por no distinguir la pureza de la teoría, terminan por convencerlo de que, efectivamente, Stalin era un hombre que confiaba en sus convicciones. Pese al pacto entre el autócrata ruso  y el teutón, piensa que: “No puede ser la intención de un hombre, tan fanático, lógico y paciente, no puede ser la intención de un tan apasionado discípulo de Lenin y Marx traicionarlos a ambos, y obrar de acuerdo con los fascistas. Antes bien se propone hundirlos” (Ludwig, 2011, p. 127).

En efecto, José Stalin se plantea sagazmente engañarlos a todos con “muchas más perspectivas de ganar en este gran juego” (Ludwig, 2011, p. 127). Emil Ludwig insiste en que el triunfo alemán dependería de su alianza con la URSS, pero es a Stalin por ser más congruente con el socialismo y porque no podría mantener la existencia de un pacto germano-soviético, a quien le concede el triunfo.

            Podríamos afirmar que es al georgiano al único que considera como un hombre de Estado debido a la fuerza de su carácter, a su congruencia ideológica y a la firmeza en sus decisiones políticas lo que mantiene cohesionado, aunque oprimido, a un pueblo de orígenes tan diversos.[14]

Prusia, la dictadura histórica

En el texto que nos ocupa Prusia es personalizada como si de un individuo se tratase y con esta idea, Emil Ludwig nos expone los rasgos de su personalidad que hicieron posible que el militarismo alemán se identificara con el espíritu prusiano. Es así como para el caso de Prusia, nuestro autor utiliza la misma estructura que hemos visto en el tratamiento de los dictadores germano, latino y soviético, aunque en este caso no retrata la infancia sino los orígenes históricos del país prusiano.

El pueblo germano que él conoció nunca estuvo conformado por partes iguales que desearan estar juntas bajo un mismo mando. Las diferencias entre las costumbres y caracteres de las provincias alemanas marcarían para siempre una diferencia tan notoria que según Ludwig no lograrían formarse como una verdadera nación. Sería tal el peso que Prusia tendría sobre la conformación del nuevo estado que jamás dejaría de ser un lastre para el nuevo país. Interesante es, entonces, que la dictadura no sea exclusiva de los “Grandes hombres” sino que el poder totalitario también pueda ser ejercido por un ente abstracto o región geográfica como Prusia.

            Con la descripción sobre el carácter prusiano, Ludwig concluye su libro. Son 28 páginas en las que da una explicación histórica del porqué la influencia de Prusia ha hecho de Alemania un país desgraciado. Sin embargo, sus intenciones no son lo que parecen, él considera que de declararse una guerra debería ser contra Prusia y no contra Hitler o la nación alemana (Ludwig, 2011, p. 131), porque independientemente del hombre que dirige la beligerancia, el espíritu prusiano es un “cáncer” que ha invadido a los alemanes, pero ¿por qué Ludwig se refiere así a esta región del norte?

            Él nació en Breslavia, en la actual Polonia, como ya mencionamos, ciudad ubicada al nororiente en la región de Prusia. Situación por demás interesante si se logra comprender el desdén que tiene por su país de nacimiento. De Prusia menciona: “Los pecados de Prusia dentro de la comunidad alemana son, […], tan viejos como la Prusia misma, y por lo tanto se remontan trescientos años atrás en esa época, al final de la Guerra de los Treinta años” (Ludwig, 2011, p. 133). Por lo que desde su inicio Prusia cargaba con el estigma de la conquista violenta, por lo que la actual Alemania no estaba unida por intereses comunes como, según el autor, Inglaterra o Francia. De ahí que Prusia no fuese digna de la civilización europea (Ludwig, 2011, p. 132).

            Emil Ludwig, habla sobre las mentes ilustradas, como él mismo se considera, pero también cree que la producción de mentes brillantes está dispuesta por ubicación geográfica, en efecto, menciona a Lutero, Goethe, Beethoven, Mozart como oriundos del sur y del este alemán; afirma que él se siente en mayor consonancia con ellos, más que con la masa prusiana. Reprocha que poco se sabría de la existencia de Prusia si no fuera por enormes personajes como Pedro “El Grande”, Bismarck o por los conciertos de Bach que llevan por nombre la ciudad de Brandemburgo, por lo que podemos inferir que considera al pueblo prusiano de poseer un espíritu cultural pequeño, al igual que el Führer. Lo anterior tiene fines propagandísticos para hacer notar que no todo el pueblo alemán es igual, se trata de un sector en específico (los prusianos) dirigidos por un hombre en especial (Hitler) los que buscan la guerra en Europa.

Ludwig agrega con respecto a los dirigentes prusianos que ninguno de ellos amaba verdaderamente a Alemania y por ello pensaban en la permanente preponderancia prusiana “Este prusiano (refiriéndose a Bismarck) creador del imperio alemán […] consideraba a los otros Estados alemanes como colonias de Prusia y sólo frente a Austria sentía respeto y atención” (Ludwig, 2011, p. 141). El desprecio de nuestro autor por los prusianos, probablemente se deba a que considera que conoce el ánimo de estos hombres al ser originario de esa región, a semejanza de Emanuel Kant (Ludwig, 2011, p. 147), quien “dirigió manifestaciones políticas contra el espíritu prusiano… y destruyó todos los ideales prusianos en su libro La paz perpetua, escribiendo contra el nacionalismo y la educación militar”[15] (Ludwig, 2011, p. 147), con quien comulgaba nuestro autor.

            Esta perspectiva que tiene Emil Ludwig se logró gracias a que tuvo una educación muy amplia a lo largo de diferentes ciudades europeas y alemanas, pero también porque su cercanía con las democracias le mostraron las grandes dificultades y peligros que implicaba el sistema monárquico prusiano. Así menciona que “[…] Roosevelt no puede declarar hoy guerra alguna sin la anuencia del Congreso, el Rey de Prusia podía en todo instante adoptar por sí solo una decisión en materia que afecta el destino, y no sólo al de Prusia precisamente” (Ludwig, 2011, p. 143). Esta comparación se debe a que crítica el excesivo poder que se concentraba en el emperador alemán; con ello intenta señalar la injustificada fuerza con la que los prusianos sometieron a las otras regiones alemanas (Ludwig, 2011, p. 143).

            Además, considera más débiles de ideas a cualquier organización política que se instala, como los comunistas o socialistas, que poca resistencia presentaron a la instauración del nazismo (Ludwig, 2011, p. 155). Orgullo es el que infla su pecho al decir que existe esta profunda separación, que entre el norte y el sur no exista más patria que tratados comerciales, la misma moneda, y todo lo que corresponda a dos culturas de la misma lengua: “Lo único que Europa no podría consentir nunca al fundarlos es un parlamento común y un ejército común” (Ludwig, 2011, p. 157).

El sentido de pertenencia que Ludwig crea a lo largo de su vida se ve influenciado por las circunstancias que lo rodean, y su acusación a Prusia como la génesis de los males mayores de los alemanes, se debe a la inclinación militarista de este pueblo. También establece la necesidad de diferenciarse de Hitler y de aquellos dictadores que poco tienen de ilustrados. Es por demás notoria la necesidad que mantiene el autor de explicitar las acciones de los alemanes alegando la influencia del carácter prusiano sobre la mayoría de la población. El cáncer prusiano nubló las mentes de los alemanes. De esta manera argumenta la necesidad de dividir a Alemania en dos partes, pero no de forma vertical como sucedió al concluir la guerra y ser derrotados los países del Eje, sino siguiendo una línea horizontal que segregase a Prusia del resto de los estados germánicos, pues con ello se terminaría con su nefasta influencia.

En el Epílogo del ensayo, Emil Ludwig concluye que los tres dictadores abordados estarían dispuestos a pasar por encima de las libertades de sus conciudadanos, menospreciando a las masas, con tal de obtener sus objetivos de poder. Los tres se caracterizan por su gran capacidad para el odio. Si bien cada uno con particularidades propias de su individualidad, por lo que se les puede agrupar como vengativos a Stalin y Hitler, como poseedores de coraje a Stalin y Mussolini y por vanidosos, faltos de humor, supersticiosos, despreciadores de las masas, a Hitler y Mussolini. Y resume: el único congruente con sus ideas es Stalin, el que tiene personalidad es Mussolini y el demente es Hitler.

Finalmente pronostica que Stalin permanecería en el poder al finalizar la guerra, que Europa tendría unidad ante el exterior y que la diplomacia nuevamente ganaría terreno.

Reflexiones finales

Nadie mejor que Emil Ludwig pudo escribir el ensayo motivo de estas reflexiones. Su conocimiento del espíritu prusiano, así como su experiencia vital, le permitieron observar con sensibilidad y lucidez lo que ocurría, y vislumbrar los acontecimientos que se avecinaban. En efecto, no puede haber texto sin contexto.

Por la temporalidad en que fue escrita, podemos inferir que la obra tiene un fin propagandístico. A Ludwig le preocupaba la inminente guerra, así como la situación que Alemania había alcanzado con Hitler a la cabeza, de ahí que quisiera alertar a sus lectores en particular y al mundo en general de lo que ocurriría. Por ello son tan importantes las prospectivas que desarrolla en su obra. Cabe destacar que el ficticio juicio al Führer en el entonces inexistente Tribunal de la Haya, resulta del todo interesante, por el significado de la derrota del poderío nazi con el fin de desmoralizar a sus partidarios y para alentar a sus contrincantes a seguir la lucha contra el dictador, mostrando el rostro descarnado del nacionalsocialismo

 A lo largo del texto se puede apreciar la influencia del psicoanálisis en el biógrafo, desarrollado por el austriaco Sigmund Fred, reflejado en las características que describe de cada uno de los dictadores: histérico para Hitler, frío para Stalin, carismático para Mussolini. También demuestra la influencia que tiene de la sociología al tratar de enumerar las características de los pueblos alemán e italiano. Por otra parte, y mucho más evidente es la influencia del periodismo al utilizar las entrevistas que realizó a Mussolini y a Stalin como fuentes directas para sus ensayos biográficos, aunque no pudo hacerlo con Hitler, al ser perseguido por éste, ni con Prusia por tratarse de un espacio geográfico.

Hemos considerado que esta obra es un ensayo biográfico y no una serie de biografías. La biografía viene a ser una historia completa de una vida. Empieza con el nacimiento, termina con la muerte o con la culminación de la obra del biografiado: el objetivo de una biografía es mostrar la singularidad de un personaje, muchas veces con ideas de emulación o advertencia. Denominamos a este texto como ensayo biográfico por considerar que Ludwig fundamenta sus opiniones políticas a través de los argumentos que le prestan los hechos realizados hasta ese momento por los protagonistas de su texto: Hitler, Mussolini, Stalin y Prusia.

A diferencia de sus otras obras biográficas las cuales son dedicadas a grandes personalidades, ya sean políticas o artísticas, en la obra Tres dictadores… incluye a Hitler a quien él mismo no considera un gran personaje, sin embargo no lo puede soslayar por su peligrosidad y belicismo.

Por otra parte y no menos importante es la labor del traductor Francisco Ayala, quien en el mismo año de 1939 tradujo el texto, probablemente con la finalidad de continuar con la labor propagandística de Ludwig en el mundo hispanohablante y así difundir la peligrosidad de los dictadores, pensando tal vez en Francisco Franco, por cuya causa fueron perseguidos y exilados intelectuales que no comulgaban con el régimen, entre ellos el propio Ayala.

Por último, nos adherimos a la idea esgrimida por Emil Ludwig “La derrota de los dictadores [significa] para sus propios pueblos la salvación” (Ludwig, 2011, p. 160).

 

Bibliografía

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[1] Universidad Nacional Autónoma de México, FES Acatlán,  pa_mon_ri@yahoo.com.mx.

[2] Universidad Nacional Autónoma de México, FES Acatlán.

[3] Universidad Nacional Autónoma de México, FES Acatlán.

[4] Capital del estado alemán Schleswig-Holstein, a orillas del mar Báltico, donde se encontraba una base naval desde 1860.

[5] Entre las biografías que escribió en el periodo entre Guerras, destacan Beethoven, Goethe, Bismarck, Wagner, Cromwell, Weber, Miguel Ángel, Schliemann, Rembrandt, Goethe, Hindenburg, Lincoln y Cleopatra.

[6] Para comprender y ahondar sobre el totalitarismo puede verse Hannah Arent (2015), Los origenes del Totalitarismo. Federico Finchelstein (2018), Del fascismo al populismo en la historia. Timothy Snyder, (2017), Sobre la tiranía: veinte lecciones que aprender del siglo XX  y (2018) El camino hacia la no libertad. Tony Judt y Timothy Snyder, (2012), Pensar el siglo XX.

[7] Las cursivas son nuestras.

[8] En efecto, la opinión generalizada es que el libro está mal escrito, la sintaxis es confusa, las metáforas están mal construidas y la narrativa es aburrida. Además de que fundamenta sus ideas en falsedades y verdades a medias.

Estudios sobre el líder alemán en donde se plantean críticas interesantes a su texto son Sven Felix Kellerhoff (2015), Mi lucha. La historia del libro que marcó el siglo XX; Neil Gregor (2005), How to Read Hitler; Thomas Webber (2012), La Primera Guerra de Hitler. Por otra parte, es importante mencionar que el Instituto de Historia Contemporánea de Múnich, en 2015, a los 70 años de la muerte del dictador y concluir los derechos de autor, publicó una edición de Mi Lucha con aproximadamente tres mil quinientas notas realizadas por especialistas.

[9] No se refiere, desde luego, a la sociedad a alemana en su conjunto, sin que podríamos distinguir entre grupos de personas que resultaron afines al nacismo: jóvenes sin perspectivas, adultos en la miseria, proletarios, sindicalistas.

[10] La persecución nazi era racial sin lugar a dudas. Su doctrina es racista. Una víctima de esta idea fue el mismo Ludwig, ya que, a pesar de no practicar de la religión judía, fue perseguido por el régimen por su condición racial como judía. Véase Hitler (1962, p.35). 

[11] Curioso es que critique las prácticas sexuales de Hitler o sus relaciones amorosas, pero eso solo demuestra la profunda necesidad de atacar por todos los frentes al Führer.

[12] En su obra Adalides de Europa, Retratos biográficos, de 1934, retrata a varios personajes entre los que se encontraban Nansen, Motta, Briand, Rathenau, Masaryk, Lloyd George, Venizelos, Mussolini y Stalin. Es interesante ver como incluyó a Mussolini y a Stalin, pero no a Hitler.

[13] Emil Ludwig también entrevistó, durante su exilio, a León Trotsky. Lo que le brindaría el conocimiento necesario para compararlos.

[14] Para ahondar en el estalinismo, véase las obras de Aleksandr Solzhenitsyn, (2012), Archipiélago gulag. Manfred Hellmann, Carsten Goehrke, Peter Shibert y Richard Lorenz (1972), Rusia.

[15] Se trata de una obra de tema filosófica escrita por el ilustre filósofo en 1795, en la que vierte algunas de sus opciones políticas. 

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Fuentes Humanísticas, año 32, número 60, I semestre de 2020, enero-junio de 2020, es una publicación semestral editada por la Universidad Autónoma Metropolitana a través de la Unidad Azcapotzalco, División de Ciencias Sociales y Humanidades, Departamento de Humanidades. Prolongación Canal de Miramontes 3855, colonia Ex-Hacienda de San Juan de Dios, delegación Tlalpan, c.p. 14387, Ciudad de México, y Av. San Pablo 180, colonia Reynosa Tamaulipas, delegación Azcapotzalco, c.p. 02200, Ciudad de México • Tel. 5318-9125 y 5318-9441 • Fax 5394-7506 • Página electrónica de la revista: http://fuenteshumanisticas.azc.uam.mx y correo electrónico: fuentes@correo.azc.uam.mx • Editora responsable: Dra. Teresita Quiroz Ávila. Certificado de Reserva de Derechos al Uso Exclusivo de Título No. 04-2012-022215521300-203, ISSN 2007-5618, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Álvaro Ernesto Uribe Hernández, Editor técnico, Departamento de Humanidades, División de Ciencias Sociales y Humanidades, Unidad Azcapotzalco, Av. San Pablo 180, colonia Reynosa Tamaulipas, delegación Azcapotzalco, C.P. 02200, Ciudad de México; fecha de última modificación diciembre de 2019. Tamaño del archivo: 5.8 MB. Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura de la editora de la publicación.

 


 

 

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