DOI: www.doi/org/10.24275/uam/azc/dcsh/fh/2019v31n58/Novoa

Sección: Artículo

Modernización urbana y conflicto por el espacio en la Ciudad de México: La aniquilación del paisaje comunitario-barrial en el pueblo de Xoco

 

Víctor Javier Novoa Gutierrez[1]

 

Resumen

En el pueblo de Xoco existe un conflicto por el espacio urbano, que es evidente por la transformación del paisaje. Más allá de su sentido estético, esta transformación se plasma en las relaciones, significaciones y prácticas del espacio. Con el fin de comprender y explicar este conflicto, se recurrió a una metodología cualitativa en la que entrevistas, observación y análisis de programas institucionales, fueron esenciales.

Palabras clave: Urbanización; Xoco; Desarraigo; Paisaje; Gentrificación;

 

Abstract

In the town of Xoco there is a conflict over the urban space, which is evident in the transformation the landscape has suffered that overcomes the aesthetic sense and is reflected in the relationships, meanings and practices of space. In order to understand and explain this conflict, a qualitative methodology was used in which interviews, observation and analysis of institutional programs were essential.

Key Words: Xoco, urbanization; gentrification; landscape

 

Aceptado en 27/07/2019

Recibido en 10/10/2019

 

 

La tala de casi seis decenas de árboles en beneficio de un desarrollo inmobiliario en mayo pasado en la zona centro-sur de la Ciudad de México causó, con justa razón, indignación. Se presentaron desde quejas en redes sociales hasta manifestaciones en las inmediaciones de la zona afectada. Todas ellas sucedieron para demostrar el desprecio por la sinrazón de efectuar una acción sin apego a la ley, cuya consecuencia fue la desaparición de una ínfima arboleda en una ciudad que pierde constantemente zonas de reserva[2] y, mientras tala árboles, siembra edificios. La especificidad del acto se vio superada y visibilizó un fastidio hacia las dinámicas de la urbanización en general. Aunque el rechazo de los actos de la compañía Fibra Uno era general, no es posible considerar homogéneas las razones de ello. Para unos la tala de los árboles era un daño de carácter ambiental vinculado a la voracidad de una empresa inmobiliaria y la permisividad de las autoridades ante las constructoras en general, para otros, los lugareños, era la última agresión en un conflicto que ya cumple una década. Uno que enfrenta a pobladores del pueblo urbano de Xoco con inmobiliarias y autoridades en el marco de un proyecto para transformar la zona. Estos últimos lo entienden como crecimiento económico, «desarrollo» y «modernización» y los primeros como encarecimiento de la vida y desarraigo. De esta manera lo que se propone, desde una visión supuestamente técnica, como medio para un progreso neutro y generalizado, realmente consiste en un ejercicio de violencia desde el diseño del espacio urbano.

Michel de Certeau decía que “todo relato es un relato de viaje, una práctica del espacio”(de Certeau, 1996, p. 128). Siguiendo esa lógica presento este escrito, con la intención de construir un relato de viaje. Un viaje que se niega a ser pasajero y a acumular imágenes como si fuera una expresión del turismo más banal con un tour exprés; tampoco que busque una forma romántica de exaltación de la nostalgia por los paisajes perdidos. Se trata, más bien, de un viaje que invite al cuestionamiento de las relaciones, significaciones y diseño de los espacios urbanos dentro un modelo de ciudad que retraza fronteras materiales y simbólicas y que niega el arraigo a sus habitantes. Para cumplir este cometido, el caso del pueblo urbano de Xoco en la Ciudad de México es ejemplar.

Con la finalidad de comprender y explicar el conflicto por el espacio en Xoco se recurrió a herramientas metodológicas como entrevistas a lugareños, la observación participante y al análisis de programas y planes de desarrollo institucionales, así como también a la revisión del discurso de las empresas inmobiliarias contenida en reportajes, sitios web de los desarrollos urbanos, panfletos y folletos. La distinción entre la comprensión y explicación es necesaria para abordar el acontecimiento social y resaltar la importancia de los elementos ´subjetivos´ sin relegar a los objetivos. Lo anterior se alimenta de las perspectivas epistemológicas compartidas por Weber (1973) y Dilthey (1974 y 2000) en relación a la aproximación a la realidad y las funciones de las ´ciencias del espíritu´ y las ´ciencias de la cultura´, respectivamente. En este sentido, dirá Weber (1973) que las cosas se captan funcionalmente y las conductas se comprenden.

 

 

Xoco como Pueblo Urbano

 

 

Xoco se encuentra en la zona centro-sur de la Ciudad de México. Ubicado actualmente dentro de la alcaldía Benito Juárez, lo circundan las avenidas Universidad, Eje 8, Río Churubusco y Cuauhtémoc. La zona –desde hace casi dos décadas en un constante proceso de redensificación y modernización– está localizada junto a grandes vías de transporte. En ellas pululan centros comerciales, altos edificios y agencias de autos, las cuales fungen como coto simbólico que invisibiliza el paisaje, las relaciones y las prácticas de un barrio popular y, en cierto sentido, tradicional.

Por su historia y características, a Xoco se le denomina como pueblo urbano. Un fenómeno espacial en el que las tajantes dicotomías de lo rural y lo urbano y lo moderno y lo tradicional no pueden aplicarse: son fruto de procesos históricos de sincretismo cultural e identidad colectiva ligados a un espacio en particular. Su carácter sui generis, no dicotómico, puede ser entendido de forma más clara si atendemos a la explicación de los fundamentos de los tipos puros o ideales weberianos. Max Weber (1973) notaba, como también lo hizo Dilthey(1974), a la realidad como infinita. Esta característica rompe con una visión casi totalizante que tiende a anular diferencias y singularidades, también exalta la existencia de multiplicidades y, además, incide directamente en la forma de pensar, analizar y explicar cualquier fenómeno. Si la realidad es infinita y sus expresiones también lo son, se vuelve indispensable delimitarla y aprehenderla de alguna manera. Los tipos ideales, en este contexto y dentro de las lógicas de una metodología cualitativa e inductiva, se convierten en una herramienta de aprehensión cognoscente de la realidad. Permiten construir inductivamente un escenario ideal con las características del fenómeno de interés, el cual resulta útil como constante referente de contraste con los casos singulares. Así, como modelo ideal, el pueblo urbano tiene tres características fundamentales:

Todos cuentan con un claro origen prehispánico o colonial; están construidos por grupos de familias que poseen una noción de territorio originario y se nuclean alrededor de una o varias organizaciones comunitarias que garantizan la continuidad de sus principales celebraciones. (Gomezcésar Hernández, 2011).

 

Gomezcésar Hernández (2011) ubica cuatro tipos de pueblos actualmente en la Ciudad de México: los pueblos rurales o semi rurales, los pueblos urbanos con un pasado rural reciente, pueblos urbanos con una vida comunitaria limitada y pueblos de otros orígenes que se han asimilado a la organización de los pueblos originarios. Los rurales y semi rurales mantienen una fuerte relación con formas de producción agrícola y tienen un fuerte sentido comunitario vinculado a las tradiciones y fiestas, así como a la organización de la producción. Como los rurales y semi rurales, los pueblos urbanos con pasado rural reciente tienen fuertes vínculos comunales vinculados a las tradiciones y fiestas; sin embargo, la relación con lo agrícola se ha perdido, como también la articulación comunitaria que deriva de ello. En los pueblos urbanos con vida comunitaria limitada, pese a mantener festividades, los lazos comunitarios no son tan profundos como en los tipos anteriores. Por último, los pueblos de otros orígenes, aunque sin el antecedente prehispánico o colonial, reproducen formas de organización colectiva comunitaria de los pueblos urbanos.

Xoco, dentro de esta tipología, puede ser entendido como un pueblo urbano con un pasado rural reciente. A diferencia de los pueblos de las alcaldías Tláhuac, Milpa Alta o Xochimilco, que todavía mantienen dinámicas de producción agrícola, Xoco dejó de tenerlas desde la segunda mitad del siglo pasado a partir de la transformación del paisaje a su alrededor.

Para entender la configuración de Xoco como pueblo urbano con pasado rural es menester conocer un poco de su historia, la cual es extensa. Por vestigios encontrados en la zona(Gobierno del Distrito Federal, 2007) pueden ubicarse asentamientos humanos desde tiempos prehispánicos, pero es hasta 1663 que una orden franciscana construye lo que terminaría siendo el centro simbólico del pueblo: su iglesia. Posteriormente ésta sería reconstruida con la finalidad de ser un enclave evangelizador en el sur de la ciudad. Se conoce que, durante el siglo XVIII, en la zona se encontraba una hacienda dedicada a la producción de trigo, llamada la hacienda Xoco, que llevaba el mismo nombre del lugar (CONACULTA-PACMYC-D.B.J., 2004). En el censo de población del gobierno colonial de 1792 (AGN, 1792) puede notarse, juntando los resultados obtenidos en el pueblo y la hacienda, la existencia de una población heterogénea en la que predominaban las familias españolas[3] y le seguían las pardas[4]. Aunque es factible decir que había población indígena en la zona porque hay anotaciones que mencionan la presencia de “casa de indios” y, en algunas de las casas de otro tipo de familias, esposas “indias”, este grupo no era contabilizado y, por lo tanto, no pueden sacarse conclusiones a cerca de su proporción(Novoa Gutiérrez, 2016). Se sabe que a finales del siglo XIX la hacienda estaba en ruinas.

 

 

Transformación urbana

 

 

En el siglo XX Xoco era una zona donde abundaban magueyes, pulquerías y un par de fábricas de tabique (CONACULTA-PACMYC-D.B.J., 2004). Es durante la segunda mitad del siglo XX que comienza la transformación del espacio que acabaría con los elementos agrarios y daría pie a una nueva forma de estética y relaciones en la zona. Probablemente el cambio más drástico en ese sentido, durante el periodo referido, fue la entubación de los ríos colindantes al pueblo. Acto que devino en la destrucción del antiguo puente de piedra que, en su momento, llegó a dividir el Municipio de Mixcoac del de Coyoacán(AGN, 1918). Los eriales que rodeaban al pueblo permitieron que algunas fábricas se asentaran allí, verbigracia, la dulcería Laposse que hasta la fecha se encuentra sobre avenida México-Coyoacán. Es menester mencionar que, a pesar de que los eriales permitieron la llegada de fábricas –situación que Xoco comparte con otras demarcaciones aledañas como la vecina colonia General Anaya–, no hubo un giro para convertirse en una zona con fundamento industrial. Más bien, se dio una coexistencia de distintas formas de relaciones y prácticas del espacio en las que ese elemento normativo que acompaña al diseño espacial no aparecía de forma tan violenta e impositora.

A principios de la década de los sesenta se construyó sobre avenida Universidad, en los terrenos de la ahora plaza comercial Centro Coyoacán, el autocinema del Valle. A finales de la misma década, en 1969, se inauguró en el pueblo vecino de Santa Cruz Atoyac la plaza comercial Plaza Universidad. Un par de años después, al interior del pueblo, se construyó la sede de la Sociedad de Autores y Compositores de México. La Cineteca Nacional se asentó en su ubicación actual en 1984 y en 1989 se inauguró como plaza comercial Centro Coyoacán. Por estas fechas, también se instalaría en el pueblo el Instituto Mexicano de la Radio.

Los cambios mencionados implicaron una transformación notoria de la zona. En cierta medida, integraron otro tipo de dinámicas al pueblo. La otrora comunidad agrícola se veía ahora conviviendo con las relaciones de oficinas, grandes centros comerciales y alguna que otra fábrica. Si bien, estas transformaciones orientaron de manera distinta la relación de la comunidad con su espacio, alejada de un pasado agrario y ya con fuertes componentes urbanos –tanto estéticos como relacionales–, no implicaron conflictos por el espacio que sí se dieron después del año 2009.

 

 

La ciudad global como posibilitador del conflicto

 

 

Vale la pena preguntar, si ya se habían dado cambios drásticos en el diseño urbano de Xoco ¿por qué es hasta el año 2009 que se convierte en un problema mayor para el pueblo? La respuesta es multifactorial y puede entenderse mejor analizando el contexto de la Ciudad de México en materia urbana. El año 2000 fue un hito para el diseño de la ciudad, pues, a nivel institucional se dio un giro en la concepción que se tenía de lo urbano y comenzó la institucionalización del modelo de lo que se conoce como ciudad global(Novoa Gutiérrez, 2018). La ciudad global, someramente, hace referencia a un modelo de ciudades interconectadas entre ellas, con una preponderancia económica del sector servicios –especialmente de lo financiero y la información–, ligadas también a economías de aglomeración y vinculada directamente al neoliberalismo. Todo esto hace que haya una cierta separación del Estado nación que las alberga y se conviertan así en los puntos de conexión internacional(Sassen, 2005). Dentro de esta lógica, se vuelve necesario fortalecer las características que sustentan a una urbe como global: se fomentan las actividades productivas, formas de consumo, prácticas, significaciones ligadas al modelo y, por lo tanto, los espacios donde éstas se llevan a cabo. Así, el diseño del espacio se vuelve una manera de orientar las relaciones en general hacia las expectativas para lo que se considera una ciudad exitosa en el siglo XXI y adquiere un carácter normativo que se vislumbra hasta en la estética urbana.

Este giro hizo que políticas como las de redensificación y reciclamiento urbano de las delegaciones centrales[5] adquirieran expresiones distintas ligadas a procesos de verticalización, modernización y comercialización del espacio. En este marco contextual, en el año 2005 se efectúa un cambio que afecta directamente a Xoco. Siendo que la iglesia del pueblo es reconocida como un edificio con valor histórico, existe un área de conservación patrimonial que, supuestamente, la protege y evita que a sus alrededores se generen circunstancias que puedan dañarlos. En el Programa de Desarrollo Urbano para la Delegación Benito Juárez (GDF, 2005) se modificó esta área para excluir de ella el terreno contiguo a la iglesia que era ocupado por el estacionamiento del entonces Centro Bancomer.

Los cambios en la estructura espacial de Xoco fueron continuos desde la mitad del siglo XX, pero no fue hasta que el proyecto Ciudad Progresiva –ahora conocido como Mítikah, nombre del rascacielos y principal edificio del proyecto– que el conflicto por el espacio fue evidente. Lo que en un principio los vecinos creían una simple ampliación del estacionamiento del Centro Bancomer en la lateral de Río Churubusco, a espaldas de la iglesia del pueblo, resultó ser la vanguardia de un embate urbanizador que cambiaría radicalmente el paisaje y las relaciones del lugar.

En el plan maestro original del proyecto Ciudad Progresiva se contemplaba la construcción de siete edificios: un hospital privado de 13 niveles, cinco torres habitacionales con espacios comerciales –tres de las cuales estaban disponibles únicamente para renta– que oscilan entre los 11 y 32 niveles y la torre Mítikah que, con sus 60 pisos y más de 250 metros de altura, pretende ser de los edificios más altos de la Ciudad de México(SEDUVI, 2009).[6] Esta última, además de residencias, incluía en sus planes un helipuerto y un hotel de lujo. Esto último, más que un dato curioso, es importante resaltarlo, pues, deja ver como los problemas que devienen de procesos de urbanización no tienen su origen en la incompetencia y la corrupción y no en aspectos técnicos. En la delegación Benito Juárez sólo se permite la presencia de hoteles en ciertas avenidas, ninguna de las que rodea a Xoco es una de ellas(GDF, 2005). Sin embargo, fue posible evadir esta restricción porque Xoco también se encuentra ubicado como nodo estratégico de desarrollo, cuyo fin es la conformación integral de áreas de desarrollo comercial, mixto o de servicio. En el mismo sentido se entiende lo acontecido con los límites de altura en la zona. Xoco tiene una zonificación que permite hasta tres pisos con uso de suelo habitacional y seis con uso de suelo de equipamiento[7](GDF, 2005), situación que contrasta con los sesenta pisos de la Torre Mítikah. No obstante, la norma de ordenación número 7 dicta que la altura máxima puede ser definida por una ecuación triangular con la calle contigua con la que la edificación puede medir dos veces la sección de la calle(SEDUVI, s.f.). Con lo anterior, lo legal entra de lleno en la discusión sobre los conflictos por el espacio en la ciudad. Ya se puede notar que el problema central no se encuentra en la mala aplicación de la ley –que termina siendo un agravante–, sino en la ley misma y sus fundamentos. El espacio hace concreto todo, incluidas las contradicciones, y este es el caso. Al mismo tiempo, a partir del diseño urbano, se intenta hacer un mismo espacio enclave de arraigo y de crecimiento económico. Sin embargo, las acciones para fomentar el crecimiento chocan, en tanto que fomentan el encarecimiento de la vida y la especulación urbana, con las intenciones de fomentar el arraigo poblacional.

Al proceso de urbanización de Xoco se le suman, además de Ciudad Progresiva, tres edificios City Towers terminados –dos en avenida México-Coyoacán y el otro en Eje 8–, agencias de autos, la plaza comercial Patio Universidad –que se encuentra enfrente de otra plaza comercial– y, no menos importante, la remodelación de la Cineteca Nacional. El contraste es evidente. A lo largo de anchas avenidas aparecen grandes aparadores con autos nuevos, altos edificios de lujo que fácilmente llegan a los 20 pisos, con fachadas de liso concreto y amplias ventanas que dejan a la sombra, a veces literalmente, a las antiguas y sencillas edificaciones que se asientan en las angostas y entreveradas calles de un barrio popular.

 

 

El conflicto por el espacio

 

 

La llegada de estos proyectos no fue bien recibida por los antiguos lugareños, especialmente Ciudad Progresiva y los City Towers. Lo que no es de extrañarse, estas construcciones traen consigo molestias inmediatas como ruido, polvo y sacudidas constantes derivadas de las excavaciones y el paso de camiones, pero eran de mayor envergadura sus otras consecuencias de carácter material y simbólico. Servicios e impuestos subieron exponencialmente, ahora vivir en el barrio popular que han habitado durante generaciones costaba lo mismo que vivir en una zona de lujo. Así mismo, las formas de consumo se modifican dirigiéndose a la nueva población, cuya capacidad económica dista de la de los originarios. La gentrificación llegó y con ella el peligro inminente de la desarticulación de la vida comunitaria, del desarraigo y la negación del espacio propio, un espacio histórico identitario.

Desde un principio los lugareños se opusieron a la construcción de estos grandes proyectos, primero por lo debidos canales instituciones que, invariablemente, fallaban a favor de las empresas. Por este motivo, en junio de 2010 ocuparon, a modo de protesta, la lateral de la avenida Río Churubusco. La respuesta de las autoridades no demoró, al lugar arribaron decenas de granaderos que violentamente replegaron a los manifestantes. La represión logró reencauzar la inconformidad por las vías institucionales nuevamente.

Una noche de enero de 2012 comenzaron a repicar las campanas de la pequeña iglesia y, junto con ellas, cohetes retumbaban y hacían estruendos en el pequeño pueblo. Unas grietas habían atravesado la iglesia y su patio, era necesario informar a la gente de ello. Los reproches contra las autoridades comenzaron: “¿Dónde están las autoridades?” El fervor de la molestia era evidente: “Si mañana les quitamos sus láminas [las que rodeaban la construcción de Ciudad Progresiva] luego luego están aquí”. El plan futuro sucumbió ante el estado de ánimo colectivo y ganó la espontaneidad: “¿Para qué hasta mañana?”. No fue mucho tiempo el necesario para desprenderlas. Sus predicciones fueron correctas, las autoridades se presentaron, pero las estrechas calles y las láminas fungieron como una barricada excelente.

El ruido de las campanas y cohetes apabulló los ruidos de las construcciones que habían dominado durante meses. El pequeño templo religioso logró imponerse frente a las grúas y los nuevos y lujosos edificios; y el vínculo identitario con el espacio logró una acción colectiva que detuvo a una urbanización gentrificante y desarraigante. El paisaje del espacio comunitario y tradicional logró opacar, por lo menos momentáneamente, el de la verticalización y modernización urbana.

Por las acciones de esa noche se logró una suspensión temporal de la obra. Sin embargo, poco tiempo después, las autoridades competentes anunciaron que los trabajos se reiniciarían, pues no veían que los daños fueran ocasionados por Ciudad Progresiva, a pesar de la cercanía a la iglesia y las profundas excavaciones que hacían en esos momentos.

 

 

Antagonismos más allá de la conciliación

 

 

La actitud de los involucrados en el conflicto era completamente disímil. Mientras que el pueblo de Xoco adoptaba una postura beligerante frente a los agentes que atentaban contra su espacio y forma de vida, las autoridades y las inmobiliarias mostraban una actitud conciliadora. Cuenta O, vecino del pueblo, que, en una de las reuniones entre vecinos e inmobiliarias, en los puntos más álgidos del conflicto, el representante de la empresa llegó a expresar: “No nos vean como sus enemigos, somos vecinos”(Novoa Gutiérrez, 2016). Esta diferencia de actitudes no es ninguna nimiedad, refiere a las experiencias directas sobre el espacio y las formas de pensar la ciudad, que no son sólo distintas, sino que llegan a ser antagónicas.

Es imprescindible resaltar el carácter antagónico de la situación, pues ante la pretensión conciliadora, la exaltación del conflicto por parte de los afectados puede parecer una renuencia al cambio o ser catalogada como una aversión al progreso (Novoa Gutiérrez, 2016). Los elementos, tal vez, con más peso en este antagonismo son los de las funciones, las temporalidades de dichas funciones y las significaciones del y sobre el espacio.[8] Para comprender esto, pensar en los espacios de encuentro o de convivencia es una herramienta útil, haciendo hincapié en que el posibilitar el encuentro implica el contacto con otro, pero no necesariamente la generación de un vínculo. En lo que refiere a las nuevas edificaciones pueden considerarse dos tipos de espacios que posibilitan la convivencia: los espacios internos de los conjuntos habitacionales y los espacios externos. Los internos son aquellos exclusivos para los habitantes de dichos conjuntos y que incluyen desde jardines, pasando por gimnasios, hasta albercas. Los externos son, básicamente, plazas comerciales y lugares de consumo. Verbigracia, el proyecto urbano Mítikah se construye en función de algunos pilares del diseño urbano actual para las grandes ciudades, como lo son la redensificación, la mezcla de usos de suelo y la peatonalización de las zonas (Retana Olvera, 2012); por tanto, el encuentro se da en esas zonas peatonales, que son en esencia pasajes entre espacios de consumo y en los mismos espacios de consumo. Cabe mencionar que, dentro de estos enclaves de contacto en los nuevos desarrollos, ya sea al interior o al exterior, existe una frontera simbólica – y material – que filtra, según su situación de clase, a aquella otredad con la que se tendrá contacto, pues las formas y capacidades de consumo son específicas. La temporalidad de esta función del espacio es corta y funciona solamente en el presente, pues el consumo, como fin, se satisface en la inmediatez. Lo inmediato es observado por Bauman (1998) como una característica general del tiempo y su percepción actualmente, en lo que él define como “modernidad líquida”, donde la espera se ha dejado de lado.

Por otro lado, el espacio de contacto del pueblo es, esencialmente, la iglesia, el centro simbólico y vinculante entre los que se reconocen como lugareños. Un espacio vinculante que sobrepasa su fundamento religioso y se erige como enclave comunitario; situación que es evidente cuando, rememorando la noche en que la Iglesia se agrietó, O comenta: “no soy religioso, pero es mi comunidad”(Novoa Gutiérrez, 2016). La temporalidad de la función del espacio en este caso es larga y se configura como tal a partir de la relación entre lo tradicional y la identidad colectiva – en la que el espacio tiene un papel especialmente importante –. La tradición tiende a pensarse como si estuviera relacionada únicamente con el pasado. Sin embargo, como tiene a bien señalar Giddens (1997), la tradición une pasado, presente y futuro: en el pasado funge como fundamento, en el presente como espacio para la continua reinterpretación de lo pretérito, para su re significación, y en el futuro como proyecto a construir. Con esto en mente, es perceptible una trinidad que une la identidad, el espacio y la tradición que se concreta en las fiestas populares. En el caso de Xoco, la fiesta principal del pueblo, al estar el templo consagrado a San Sebastián, son los 20 de enero. A finales de abril se celebra otra fiesta por el Santo Jubileo. Con estas festividades se entiende el papel en el presente de la tradición, en el que se da la resignificación de lo histórico. En este sentido dice Bolívar Echeverría:

si el ser humano organiza su tiempo de acuerdo a un calendario es porque en esta figura circular está marcada la sucesión que distingue el tiempo de la rutina del tiempo en que, escenificándolo, se le hace un lugar a lo extraordinario. Éste es el tiempo en que el ser humano reactualiza, teatralizándola, su función extraordinaria de reunirse prioritariamente para decidir sobre sí mismo, es el tiempo de la representación concentrada de lo político. (Echeverría, 2013, p. 39)

Con la anterior puede decirse que el funcionamiento del espacio de contacto del pueblo, en tanto que enclave comunitario de identidad, no sólo reseña un vínculo colectivo, sino que convierte ese vínculo en expectativa de organización de la vida social relacionada con el espacio.

Ahora bien, antes de proseguir, es menester efectuar un par de aclaraciones para entender el antagonismo al que se hace referencia. En primer lugar, queda recalcar que, si bien, todos los espacios tienen lógicas propias que encauzan prácticas, sentidos y significaciones, como deja ver de Certeau (1996), es posible atentar contra dichas lógicas, resignificar y alejarse de las prácticas esperadas. En segundo lugar, expresar que el señalar la función de un espacio como de consumo y otro como histórico identitario no implica que estos aspectos no puedan coincidir en un mismo espacio, sino más bien señalar cuál es el sentido hegemónico de dicho espacio. Verbigracia, en la fiesta del pueblo se venden desde burbujas, pasando por comida y hasta cerveza. Sin embargo, la presencia de estas prácticas está subordinada al sentido principal del rito expresado en el espacio que tiene que ver con la identidad. El antagonismo no se expresa por la presencia de espacios totales o puros existentes en dicotomías maniqueas e impermeables, sino – vinculada con el carácter del espacio para concretar todo – en la presencia, al mismo tiempo, de dos formas de organizar la vida social que disienten una de la otra en relación con las formas y capacidades de consumo, la temporalidad de la función del espacio y lo identitario. En ambas formas de organización, el paisaje “antiguo” puede tener un lugar. Por un lado, puede seguir siendo ese enclave comunitario identitario que permite al sujeto pensarse como parte de una colectividad ligada a un espacio o, por el otro, un lugar que no tenga quién lo practique y sólo sirva como imagen de fondo que señale lo que alguna vez fue.

 

 

Reflexiones finales

 

 

La incompatibilidad para compartir un espacio no se da por la presencia de una otredad, la incompatibilidad se da cuando la presencia de dicha otredad conlleva elementos normativos y reguladores de la vida social que atentan contra la permanencia de los originarios. Elementos normativos que no tienen que ser explícitos, como la situación de clase que, sin que exista una regulación mentada, norma, a partir del costo de vida, quiénes pueden habitar el espacio. Esto es, mientras que la presencia de otro implique la expulsión de los originarios, la coexistencia de formas distintas de organizar la vida alrededor del espacio se vuelve inviable.

Por lo anterior, se entiende la disonancia en cómo los actores involucrados en el conflicto ven al otro. La postura del pueblo es clara, la transformación que está sufriendo la zona implica la llegada de una otredad que practica y significa el espacio de tal forma que la continuidad de las significaciones y prácticas propias sobre el espacio se ven amenazadas. No tiene que ver con aceptar a lo distinto, tiene que ver con relaciones de poder. El discurso conciliador omite esas relaciones y apela a una igualdad inexistente en donde el origen del conflicto se encuentra, supuestamente, en la actitud hacia el otro. Cuando en realidad, la conciliación oculta dinámicas excluyentes, que desarticulan vínculos comunitarios, fomentan el desarraigo y tienden a reducir el espacio de un barrio tradicional y popular a una mera imagen que no puede ser practicada y solamente fungiría como contraste entre el pasado ya inexistente y el presente que lo doblegó. Al parecer la visión de Benjamin(2008) en la que el ángel de la historia es empujado, en un camino lineal, por el huracán del progreso, destruyendo lo que va dejando atrás, es acertada y notoria en el paisaje urbano.

 

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[Último acceso: 22 07 2019].

 

 

 



[1] Universidad Nacional Autónoma de México, ymsocio@hotmail.com

 

[2] Aseveración efectuada contrastando los datos del Programa General de Desarrollo del Distrito Federal 2013-2018 y el Programa General de Desarrollo Urbano del Distrito Federal 2003.

[3] Los resultados del censo se dividían en dos, en un lado se especificaba los datos de españoles, mestizos y castizos y por el otro de los pardos. Al no aparecer ninguna persona catalogada como mestiza o castiza en los resultados del conteo es probable que se englobaran bajo la categoría de “españoles”.

[4] El término pardo fue utilizado para señalar a aquellos grupos que se consideraban sangre ´manchada´ en la Nueva España. Eran concebidos de esta manera aquellas castas que, en su linaje, hubiera sangre esclava. Mulatos, moriscos, lobos, cambujos, entre otros entrarían en este rubro (Lafaye, 2001).

[5] Este tipo de políticas ya se encontraban institucionalizadas desde 1996 con la Ley de Desarrollo Urbano (Presidencia de la República).

[6] Estos datos son del dictamen de impacto urbano del proyecto original que promovía la empresa inmobiliaria Ideurban. En 2015, después de varios meses de suspensión, el proyecto fue vendido a la empresa Fibra Uno. Si bien, los elementos fundamentales del proyecto se mantienen se ha planteado cambios como integrar al proyecto, renovándola, a la plaza comercial Centro Coyoacán y la antigua cede del Centro Bancomer.

[7] Se entiende como equipamiento, la “zonificación en la que se incluyen áreas e inmuebles públicos o privados que prestan un servicio a la población en materia de educación, salud, cultura, abasto, recreación, servicios urbanos y administración”(GDF, 2005, p. 63).

[8] Cabe mencionar que escoger estos elementos no implica negar la importancia de las expresiones materiales del antagonismo – la disimilitud en las formas y capacidades de consumo – sino prestar atención a esos otros elementos antagónicos que no son tan evidentes.