DOI: www.doi/org/10.24275/uam/azc/dcsh/fh/2019v31n58/Rodriguez

 

Sección: Artículo

El paisaje de la Ciudad de México en la época postrevolucionaria.

La visión de cuatro escritores europeos

The Landscape of Mexico City in the Post-Revolutionary Era, the Vision of four European Writers 

 

Édgar Francisco Rodríguez Galindo[1]  

 

Resumen:

Los testimonios de los escritores D.H. Lawrence, Graham Greene, Marc Chadourne y Antonin Artaud, nos muestran la complejidad del paisaje en la Ciudad de México en las décadas de los 20 y 30 del siglo XX. La realidad social retratada por estos autores contrasta con el pensamiento utópico sobre América que permeaba entre los intelectuales europeos después de la Primera Guerra Mundial. Situada entre la devastación postrevolucionaria y el crecimiento social del cardenismo, la capital del país es implacablemente criticada por estos autores británicos y franceses. Estas embestidas nos permiten vislumbrar una parte de esta ciudad que sigue vigente pero muchas veces preferimos ignorar.

Palabras claves: Lawrence, Greene, Chadourne, Artaud, Ciudad de México, siglo XX, paisaje mexicano, México postrevolucionario.

 

Abstract:

The accounts of the writers D.H. Lawrence, Graham Greene, Marc Chadourne and Antonin Artaud, show us the complexity of the landscape in Mexico City in the years 20s and 30s of the 20th century. The social reality portrayed by these authors contrasts with the utopian way of thinking about America that permeated among European intellectuals after the First World War. Located between the post-revolutionary devastation and the social growth during the Cardenas presidency, the country's capital city is harshly criticized by these British and French authors. These attacks allow us to glimpse a part of this city that is still in force but many times we prefer to ignore.

Key words: Lawrence, Greene, Chadourne, Artaud, Mexico City, 20th century, Mexican landscape, post-revolutionary era.

 

Recibido en 25/07/2019

Aceptado en 08/10/2019

 

 

Texto:

 

 

El paisaje nos recrea, nos sorprende, no hace reflexionar. Pasear no es solamente lúdico, deambular por las calles de la Ciudad de México adquiere otro significado ante la evidencia de una geografía y una sociedad devastadas. Así es el paisaje de la Ciudad de México hoy, como lo fue a inicios del siglo XX después de la Revolución Mexicana.

Carl Saur (1925) define el paisaje como: “un área compuesta por una asociación distintiva de formas, tanto físicas como culturales”. Estas dos formas se deslindan en las categorías de paisaje: natural (formas físicas) y paisaje cultural (formas culturales). La primera es el campo de estudio de la geografía tradicional, la segunda comenzó a desarrollarse de forma extensa por la geografía social a inicios del siglo XX. “El paisaje cultural es creado por un grupo cultural a partir de un paisaje natural. La cultura es el agente, el área natural es el medio, el paisaje cultural es el resultado” (Saur, p.16).

Para la delimitación del paisaje, Saur apunta dos hechos: lugar y tiempo. Aquí nos enfocaremos en la Ciudad de México durante las décadas de 1920 y 1930. Época marcada por las consecuencias de la Revolución, durante la cual el paso de los caudillos por la capital dejó una huella evidente. La desolación urbana no se debía solo a los estragos de las batallas, se relacionaba también con el incipiente intento de industrializar una capital que se desbordaba demográficamente y era incapaz de contener las migraciones urbanas. Una capital cuya principal marca parecía ser la misma que hoy en nuestros días: la violencia.

A comienzos del siglo XX México fue foco de atracción de numerosos intelectuales extranjeros; quienes llegaron a nuestro suelo atraídos principalmente por la cultura prehispánica y el movimiento revolucionario. Para algunos, México significaba la entrada a un país lleno de aventuras, para otros representaba la esperanza de otra forma de vida, diferente a la decadencia de Europa Occidental después de la Primera Guerra Mundial. Esta atracción tuvo un periodo de auge que Wayne Gunn (1977) sitúa entre 1914 y 1941, la primera fecha está marcada por la desaparición de Ambrose Bierce[2] y la segunda por el suicidio de Wilbur J. Cash.[3]

Los viajantes que el país atrajo durante este periodo de 35 años son diferentes de quienes habían llegado en el siglo XIX o durante el porfiriato. Sus características son descritas con lucidez por Raúl Ortiz y Ortiz (1996):

 

Cuando a finales de los años veinte y durante la década de los treinta la contienda, que no había cesado del todo, seguía enfrentando al pueblo en luchas fratricidas, los viajeros que se aventuran en tierra nueva no encarnan aquel ciego optimismo del científico de fines del siglo […] en su mayoría escritores, llegan arrastrando consigo el bagaje de Europa la sombría, y se estremecen al descubrir los secretos de la cosmogonía precolombina a la que, además de cruel, califican de incomprensible. Ajenos en su mayoría a la idiosincrasia de una tierra exótica, aunque atraídos por ella, les desconcierta descubrir en el mexicano un paradójico temperamento lúgubre y extrovertido que, a grandes penas, logra sobrevivir entre violencia y penurias, entre sangre y destrucción. (p. 12).

 

En 1917, con la promulgación de la Constitución, comienza una aparente reorganización política en México. Pero la guerra por el poder se extiende todavía por siete años, hasta 1924, cuando Plutarco Elías Calles llega a la presidencia e instaura su influencia hasta 1934, periodo conocido como Maximato. En esta época se desata la Guerra Cristera (1926-1929). Después, durante la presidencia de Lázaro Cárdenas (1934-1940), se impulsó un gobierno de corte social que destacó principalmente por la reforma agraria y la expropiación petrolera.

Los extranjeros que visitaron México en este periodo fueron muchos; sin embargo, pocos de ellos se detuvieron en la capital y menos aún hicieron registro de su paso por la misma. La razón está en sus testimonios: lejos de disfrutar el paisaje urbano, los paseantes extranjeros que llegaron a la capital en la segunda y tercera década del siglo XX, parecieron sufrirlo. Por eso gran parte de los viajantes extranjeros que llegaron a México en esta época prefirieron extender su travesía por otras regiones del país; explayarse en sus notas sobre el carácter rural, las culturas antiguas y los ritos ancestrales, antes que detenerse en la capital.

Entre los escasos testimonios de escritores extranjeros sobre la capital en estas dos décadas, los cuatro aquí seleccionados destacan por sus rasgos en común: fueron escritores de oficio reconocidos internacionalmente por sus obras literarias (novelas en tres de ellos, poesía y teatro en el caso de Artaud), pero también escribieron crónicas de viaje o cartas en las cuales dejaron testimonios de su paso por México; provienen de Europa y llegan influenciados por la búsqueda de una forma diferente de sociedad; en su paso por el país se detuvieron al menos unos días en la Ciudad de México y dejaron registro de ello; sus notas sobre el paisaje urbano son críticas feroces, incómodas algunas veces, nunca complacientes.

Los textos abordados son principalmente de carácter documental. Se pretende sustraer de ellos una visión general sobre el paisaje de la Ciudad de México en las décadas señaladas. También se contrastan las reflexiones que cada uno de estos autores hace sobre la sociedad urbana. Cada uno de ellos está marcado por la subjetividad de su propia historia, la influencia del ambiente ideológico de la época y sus intereses políticos.

Uno de los viajeros más importantes de la época, que inspiró a muchos otros para visitar México, fue el británico D.H. Lawrence (1885-1930), quien estuvo en nuestro país entre 1923 y 1925. Un lustro más tarde llegó el francés Marc Chadourne (1895-1975), quien estuvo unos meses de 1931. Otro lustro después, arribó el poeta surrealista Antonin Artaud (1896-1948), quien viajó por el país en 1936. Finalmente, Graham Greene (1904-1991) estuvo en nuestro país durante cinco semanas de 1938, fue el más critico de los cuatro y el único que regresó tres décadas después

 

 

Una fealdad subterránea, D. H. Lawrence

 

 

David Herbert Richards Lawrence es reconocido por novelas como Hijos y amantes (1913), El arco iris (1915), El amante de Lady Chatterly (1928), entre otras. Nació en 1885 en Eastwood, una región minera de Inglaterra. Fue educado en un ambiente religioso, creció en un periodo marcado por el pesimismo y la crítica a la civilización como destructora de la vitalidad humana. Después de la Primera Guerra Mundial comenzó su “peregrinación salvaje”, como el mismo llamó a su autoexilio y viajes alrededor del mundo que lo llevaron a Australia, Italia, Siri Lanka, Estados Unidos y México.

En septiembre de 1922 arribó a Estados Unidos, donde comenzó a gestar el proyecto de organizar una comunidad utópica con algunos de sus amigos. Pensaba que en México las culturas indias tenían la vitalidad necesaria para refundar la sociedad. Esta idea es fundamental para entender las razones de su viaje a México, el trasfondo de su novela La serpiente emplumada (1926) y sus comentarios sobre la capital del país.La trama de la novela lleva a sus personajes a un viaje por el interior de la República en busca de los mitos prehispánicos sobre los cuales fundar una nueva religión. La protagonista, Kate, es una mujer irlandesa criada en una familia conservadora de clase alta. Este personaje es un alter ego del propio Lawrence. En la novela es evidente el discurso personal detrás de la voz del personaje, incluso Kate deja entrever comentarios misóginos poco naturales en su personaje. A pesar de su búsqueda espiritual y su idealización del ´buen salvaje´, el clasismo de Lawrence sale a flote en sus descripciones en esta novela sobre la Ciudad de México. Ahí aparece uno de los retratos más puntuales de la época sobre el indio de ciudad, que será después identificado por diferentes ensayistas mexicanos como ´el pelado´.

En el primer capítulo de la novela los personajes asisten a una corrida de toros al Toreo, el cual en esa época estaba ubicado en la Condesa, en las hoy calles de Colima, Durango, Salamanca y Valladolid.

 

La corrida era el domingo por la tarde. Todos los tranvías y los espantosos Ford llamados camiones llevaban letreros de “Toreo” y se dirigían a Chapultepec. Kate sintió de repente como una repugnancia por ir al espectáculo […]

Se embutieron en un taxi Ford y emprendieron la marcha por las calles de asfalto y de piedras, sumidas en la tristeza del domingo. Los edificios de piedra en México tienen una peculiar tristeza seca y austera.

El taxi se detuvo en una calle apartada frente a la marquesina de la plaza del Toreo. En las cunetas, individuos andrajosos vendían pulque, caramelos, bollos, fruta y cosas llenas de grasas. Rápidos, como locos, los automóviles se paraban con un frenazo y arrancaban nuevamente. Soldaditos con uniforme de algodón desteñido, de tinte rosa, guardaban la entrada. Dominaba la escena el armazón metálico y antiestético de la plaza. A Kate le produjo el efecto de entrar en una cárcel. (Lawrence, 2000, p. 8).

 

El capítulo recrea el ambiente de una corrida de toros, vista desde los ojos de una mujer a quien este espectáculo horroriza. Ella se marcha del Toreo y el apartado concluye con un dramatizada visión sobre la ciudad:

Había estado en muchas ciudades del mundo, pero México tenía una fealdad subterránea, una especie de malignidad... Volvió a sentir, como ya lo había sentido antes, que México estaba incluido en su destino casi como una fatalidad. Era algo tan denso, tan opresivo como los dobleces de una enorme serpiente que apenas fuera capaz de levantarse. (p. 22).

 

Esta visión, puesta en boca de la protagonista de la novela, no difiere mucho de la idea que el propio Lawrence manifestó sobre la ciudad en algunas de sus cartas escritas durante su estancia en México. Llegó a la capital con su pareja en la primavera de 1923. Se hospedaron inicialmente en el Hotel Regis, pero no les gustó el lugar y se mudaron al Montecarlo, en la calle de Uruguay. Por intermediación de Fred Leighton conoció a varios poetas e intelectuales de le época, entre ellos el político Luis Morones y el artista Miguel Covarrubias; este último lo invitó para conocer a Diego Rivera y otros muralistas. Pero Lawrence era un ser solitario, pronto la vida social de la ciudad lo asfixió, además el temperamento del citadino parecía exasperarlo. En su crítica no discrimina clases, desdeña por igual a burgueses, diplomáticos y burócratas urbanos; así como a los borrachines, los pordioseros y los “pelados” de la calle. En sus cartas deja entrever estos juicios:

Pero no espero nada de esta ciudad piojosa. Siento que hay en todos lados un poco de fraude, con su bolchevismo egoísta […]Mañana almorzaremos en Coyoacán y cenaremos en Tlalpan. Está bien para nosotros. Pero realmente me siento muy cínico con estos patriotas y socialistas de aquí. Es un revoltijo […] Esta ciudad no marcha. (Lawrence, 1970, p. 95).

 

A la primera oportunidad escapa de la ciudad para viajar por el interior de la república, inicialmentea Veracruz y Oaxaca. Desde este último lugar reitera en otra carta su aversión por la capital.

Si la ciudad de México sigue tan desagradable, nos quedaremos probablemente una semana más, o tal vez una quincena, e iremos directamente a Veracruz. No me gusta el aspecto de todo esto. (Lawrence, 1970, p. 98).

En su libro de viajes Fénix. Naturaleza, pueblos raíces, razas (1936), publicado de forma póstuma, dedica dos apartados a México. Uno narra su trayecto de Estados Unidos a nuestro país y parte de su viaje en tren hacia la capital; el otro es un texto de ficción, “Ved México después…”, donde le da voz a un burócrata “laborioso y magro, arrinconado en un edificio seudoimportante de México, D. F.” El texto muestra una crítica a la idiosincrasia del mexicano, está escrito en forma de soliloquio con carácter de divertimento literario. Destaca un breve apartado donde describe el paisaje de la ciudad:

 

Y corro al piso alto –el cuarto, no hay ascensores–; a mi pequeña oficina del rincón que da sobre los romos tejados y las espumosas cúpulas de las iglesias y las líneas de alambre de México D.F. […] Este interesante anuncio va dirigido a mi viejo amigo Popo, que despereza sus pesados hombros bajo el cielo, fumando una colilla, à la Mexicaine. Además, ya que me pagan por dar información, Popo es el imperturbable volcán, ampliamente conocido con el nombre Popocatépetl, con el acento sobre el final, de modo que ruego no colocarlo sobre el gato, que haraganea usualmente en la vecindad de México D. F. (Lawrence, 1970, p. 26)

 

Además de la presencia del paisaje natural que rodea la ciudad, destaca en este fragmento la critica final al vago de vecindad. La imagen general de México, particularmente la capital, en la obra de Lawrence guarda cierta relación con el horror. Él nunca dejó de mostrarse aprensivo ante la cercanía de la muerte, la violencia y el primitivismo latente en cada rincón del país. La experiencia en nuestro país fue vital para su madurez como escritor, según señala Catherin Carswell: “México -con todo su horror- guardaba para Lawrence, como hombre y como escritor, algo que necesitaba” (Carswell en Wayne Gunn, p. 97). Lawrence abandonó el país por cuestiones de salud y regresó a Europa, donde dos años después, en 1928, publicó la novela que terminó de consagrarlo como escritor:El amante de Lady Chatterley.

La mirada de un ser profundamente sensible como Lawrence, pone en evidencia los horrores del paisaje urbano que, en otras circunstancias, son imperceptibles. Su retrato del pelado, ladino o indio de ciudad, es uno de los más descarnados jamás escritos.

 

 

Una ciudad de sepulcros, Marc Chadourne

 

Mientras que la figura de Chadourne está prácticamente olvidada en nuestro país, en Francia es reconocido por sus novelas y sus libros de viaje. En 1950 fue galardonado con el Gran Premio de Literatura de la Academia Francesa.Nació en 1895, a los 19 años se enlistó al ejercito como voluntario y participó en la Primera Guerra Mundial. Esta experiencia lo marcó el resto de su vida y tras el fin del conflicto bélico comenzó un peregrinaje por el mundo que lo llevó a recorrer los cinco continentes.

Arribó a México en 1931. Aquí, la pintora y bailarina Rosa Rolanda (esposa de Miguel Covarrubias) fue su anfitriona y guía. Este viaje le costó romper su compromiso con Eve Curie (hija de Marie Curie); dicho rompimiento inspiró su novela Abscence (1933), la cual relata la travesía de un periodista que visita México para realizar un reportaje. Además de esta novela, sin traducción al español, publicó un libro de crónicas sobre su viaje, Anáhuac o el indio sin plumas (1935), en cuya introducción explica que llegó a nuestro país para investigar las razones del milagroso despertar del alma indígena. Entre los autores que abordamos, Chadourne fue quien más espacio dedicó a la Ciudad de México. Aunque su prosa peca por momentos de un lirismo impostado, afectado por la idea romántica del “buen salvaje”, tiene también momentos donde pone la mira justo en el punto:

 

En todas partes aparece la vieja Nueva España, en todas partes donde sin saberlo, Mexico City vive sobre su pasado colonial, sobre sus recuerdo execrados y relegados, pero que halagan todavía despertando un secreto orgullo (…) En todas partes, menos en las avenidas internacionales, violadas por el ´bussiness´americano. Al terminar la Avenida Madero surge un rascacielos que domina los árboles del parque,la Alameda. Quince pisos y en la cima este anuncio inesperado: Cemento Tolteca.

Cemento Tolteca… también reivindica sus derechos la antigua América de Moctezuma. (Chadourne, 1935, p. 36).

 

“Una ciudad no se construye impunemente sobre otra”, advierte mientras narra su visita al Zócalo, la Catedral y Chapultepec, donde reconoce los vestigios del México antiguo, anterior a la llegada de los españoles. Supo captar como pocos la violencia latente de la ciudad y la ruina social emanada de una revolución terminada solo en apariencia:

Un misterio resplandeciente pesa sobre esta ciudad y sobre sus techos rectangulares y blancos. Vista desde cierta altura, una ciudad de sepulcros. Pero &iexlc;cuánta violencia en su interior!

La misma luz es colérica; brilla sobre las fachadas, en los ojos de los transeúntes, sobre los vidrios de los coches, en los flancos de los pequeños camiones que, llenos de trabajadores hirsutos, caminan con una rabia tan revolucionaria como el nombre de las calles. En la franja obscura que bordea una explanada un presentimiento latente resucita un reflejo de ametralladoras próximas a disparar. Huellas de balas en las paredes, que remontan tal vez, no muy lejos, a la época del bestial Huerta […]

No hay día sin noticias sensacionales. La muerte esgrime sus notas rojas; mueve su aguijón en el tumulto, mezcla sus gritos al frenesí del aire, a la carrera de los negros taxis que pasan vacíos, sin objeto y parecen girar, perseguirse y correr como pájaros locos. (p. 39).

La pluma de Chadourne retrató por igual al pobre y al rico. No se dejó impresionar por el primer cuadro del centro de la ciudad, donde las aspiraciones francesas y yanquis se imponían. Supo ver mas allá de esta apariencia, se aventuró a describir la pobreza en la urbe:

 

Jorobadas por los chiquillos que llevan envueltos en sus rebozos, van, también las dulces mujeres de color cobrizo. Se alejan por una calle lateral y yo sigo sus pasos. Barrios populares. Tabernas que despiden un agrio aliento a pulque y donde las moscas revolotean. Inscripciones negras, frisos pintados con animales y paisaje ingenuos, cabalgan sobre las blancas fachadas. A los overoles de los artesanos y de los choferes, se mezclan, con más confianza, los sombreros de paja y los calzones blancos. Y bruscamente cubriendo la avenida y las aceras estrechas, otro pueblo que no vive con el mismo ritmo y en el mismo plano que el de las calles centrales. Un pueblo sentado, en posición horizontal, recorrido aquí y allá por un sinuoso y flotante vaivén. (p. 44).

La descripción anterior contrasta con una visita a casa de unos burguesesen las colonias cercanas al paseo de la Reforma, a quienes describe sarcásticamente al grado de la caricatura. Después de preguntar, en forma descortés si acaso tenían algún “objeto indio” en la casa, el visitante debe enmendar la situación:

 

Es preciso enmendar el “gaffe”, hablar del colegio inglés o francés, donde el encantador jovencito, que se dedica a sobarse los tobillos, continúa sus estudios, mientras llega el tiempo de ir a Europa a estudiar Derecho y pasear por los cabarets. Hay que hablar de los buenos padrecitos, de Motmartre, del Country Club… “!Cómo! ¿no ha ido usted todavía al Country Club? Eso sí está bien, verdaderamente bien…” (p. 46)

Igualmente se deleita en criticar el ambiente “snob” del Sanborn´s, aunque no desperdicia la oportunidad de halagar los azulejos del lugar. Caso similar al Palacio de Bellas Artes, el más claro ejemplo de cómo Porfirio Díaz hizo todo lo posible por “occidentalizar y modernizar” la ciudad.

Las metáforas para referir a la capital, como “Ciudad Huitzilopochtli”, son uno de los logros de este escritor. Se adentra también en la vida nocturna, la cual sugiere que inicia siempre, como si de un rito se tratase, después del sorteo de la Lotería Nacional. Se detiene en describir la actividad en los teatros, cines y cabarets, así como la Plaza de Garibaldi, “donde no se admiten mujeres”. Se reconocen en este fragmento lugares emblemáticos de la época, como Montparnase, el Salón México, así como otros menos galantes: La niña, La Adelita, Recuerdo del porvenir.

A pesar de que Marc Chadourne parece divertirse durante su estancia en la capital, no tarda en descubrir lo mismo que todos los extranjeros que llegaron aquí en busca del “alma indígena”: es imposible encontrarla en el centro del país, hay que buscarla en el interior. Reconoce y admira la figura del indio en las estatuas, especialmente la deCuauhtémoc en Reforma, así como la presencia de símbolos y referencias a las culturas prehispánicas en el muralismo, pero ahí tampoco está el verdadero indio, el indio sin plumas.

 

Pero ¿el indio sin plumas y sin bandera roja, el verdadero indio viviente?

Para encontrarlo se necesita dejar la ciudad. En Mexico City se le puede encontrar arrastrando sus sandalias en los mercados, frente a los puestos de flores y de frutas o bien jugando volley-ball en los patios de la Casa del Estudiante Indígena […] Pero no se les encuentra en los barrios bajos. En vano se tratará de reconocerlos bajo los harapos del vendedor de billetes de lotería, del mendigo o del borracho que sale embrutecido por el pulque o la marihuana, de los callejones de la Estación de San Lázaro o en la infame Colonia de la Bolsa. (p.79).

 

En su afán de encontrar al auténtico indio, se adentra incluso en las pulquerías, donde sus propios amigos mexicanos se habían rehusado a llevarlo. Lo busca en los antros nocturnos, en los callejones:

 

En la noche, entre el humo, se ven caras rojas y sombrías y, en ocasiones el revólver o el cuchillo salen del pantalón azul. Son obreros que se pelean. No es grave. Pero hay que huir. Allí no se encuentra el indio.

En los bailes públicos, en el Salón México, por ejemplo, señoritos de bigotillos encerados y choferes en mangas de camisa bailan el danzón con mujeres gordas vestidas de muselina verde o anaranjada. Caras redondas de lunas rojas y cabellos engrasados. Si un novicio exclamara: “Aquí están. ¿Son aztecas o mayas?”, una detonación lo haría callar. Esta es la haz de Mexico City, el fango más o menos mezclado. Todas las ciudades tienen sus antros de prostitución. Pero el indio, el auténtico indio está en otra parte, en las comarcas inmensas. En todas partes, menos aquí. (p. 81).

A pesar de la inocencia de sus ideales respecto al “autentico indio”, las descripciones, el retrato de las costumbres, las escenas y las reflexiones de Chadourne nos brindan un retrato completo y complejo del paisaje de la Ciudad en esa época. Mientras otros autores, incluidos los propios mexicanos, prefirieron ignorar al indio de la ciudad, Chadourne, casi sin quererlo, hace una de las primeras caracterizaciones puntuales de este.

Destaca también su registro del espacio físico, en específico el nombre de las calles y los lugares emblemáticos de la época. Su carácter naturalmente inquieto lo lleva a hacer una recreación heterogénea del paisaje cultural, el cual abarca desde los grandes salones hasta las pulquerías.

Extrañamente su libro nunca volvió a editarse, aunque sí fue publicado también en francés e inglés. Cuando regresó a Francia, Chadourne dictó numerosas conferencias sobre la cultura mexicana.

 

Una ciudad temblor de tierra, Antonin Artaud

 

 

Entre los autores abordados, Artaud fue quien menos escribió sobre la Ciudad de México en la época postrevolucionaria, pero lo hizo con la mayor iluminación posible. La fuerza de sus palabras no admite duda: estuvo aquí, pisó nuestro suelo, sintió claramente la ruina que somos desde entonces. Vaticinó el temblor.

La impronta de Artaud reflejaba el estereotipo más acabado del loco desde los preceptos occidentales de la primera mitad del siglo XX. En ese mismo sentido, era un visionario. No hay voz más clara y profética que la del loco en sus momentos de lucidez. El mejor retrato escrito de este autor lo hizo el poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón (1962), quien lo conoció personalmente durante su visita a México.

Era delgado, eléctrico y centellante. Vino a México en busca de su esperanza. Expulsado de todas partes, vivió desangrándose, vivió atrozmente, la cabeza en llamas, gran señor de la miseria. El viudo, el inconsolable príncipe de Aquitania de la torre abolida. El tenebroso, cuya sola estrella está muerta y cuyo laúd constelado lleva el sol negro de la melancolía. Antonin Artaud, igual a "El desdichado" de su hermano Nerval. (p. 7).

Antonin Artaud nació en Marsella en 1896 y en 1920 arribó a Paris donde se unió con los surrealistas, comandados por André Breton. A finales de los 20´ presentó las obras de teatro que fincaron las bases de su teoría conocida como “Teatro de la crueldad”. A inicios de la década de 1930 tuvo algunas desavenencias con los Surrealistas, principalmente por su reticencia para adherirse al movimiento Socialista. Este rompimiento es una de sus razones para buscar nuevos horizontes.

Vino a México para buscar “una nueva idea del hombre”. Europa había fracasado, la civilización occidental estaba en decadencia después de la Guerra Mundial y no pocos intelectuales voltearon a México, donde pensaban encontrar la esencia de lo humano en las antiguas civilizaciones. Se pensaba que la Revolución Mexicana buscaba un retorno a las tradiciones prehispánicas. Artaud en específico pensaba en una “revolución del alma indígena”, buscaba una revolución contra el progreso, contra las ideas del mundo moderno y cientificista.

Planeó su viaje durante meses, pidió ayuda a todos sus contactos en Francia y recibió apoyo del poeta mexicano Jaime Torres Bodet, quien a inicios de la década era agregado cultural en aquel país. Llegó a Veracruz el 7 de febrero de 1936 y se trasladó a la Ciudad de México, donde permaneció hasta finales de agosto.

Le bastó pisar las calles de esta metrópoli para comprobar su estremecimiento convulso. Su sensibilidad era como “un sismógrafo que salta hecho añicos cuando ya no puede registrar las convulsiones que sólo él advierte y las expone angustiosamente.” (Cardoza y Aragón, 1962, p. 7). Así lo hizo saber en un carta a Jean Paulhan fechada el 23 de abril de 1936:

México es una ciudad de temblor de tierra: quiero decir que es un temblor de tierra que no ha terminado de desarrollarse y que se ha petrificado en su lugar. Y esto en el sentido físico del término. Las fachadas se enfilan y forman montañas rusas, toboganes. El terreno de la ciudad parece minado, agujereado por las bombas. No hay casa que esté en pie, un solo campanario. La ciudad contiene 50 torres de Pisa. Y las gentes tiemblan como la ciudad: parece que están en pedazos también ellos, sus sentimientos, sus citas, sus asuntos, todo es un enorme rompecabezas del que a veces se sorprende uno que pueda recomponerse, que se pueda con el tiempo llegar a reconstruir su unidad. (Artaud, 2004, p. 261).

 

Durante su estancia en la capital impartió conferencias, escribió artículos para El Nacional, reseñó espectáculos de teatro y exposiciones de arte. En febrero de ese año dictó tres conferencias en el Auditorio Simón Bolívar de la UNAM, el 26, 27 y 29. El 18 de marzo impartió otra en la Alianza Francesa, en al calle de Uruguay. Entre el 22 y 31 de marzo participó en un congreso de teatro para niños en el Palacio de Bellas Artes. Conoció a numerosos intelectuales, artistas y políticos de la época. Pero pronto se desilusionó: los Contemporáneos aspiraban a imitar los modelos europeos de cultura, los muralistas eran influenciados por el socialismo ruso; nadie parecía darle valor a las culturas indígenas. No había una revolución indígena en la capital del país.

 

Ahora bien, estos rumores son manifiestamente falsos. Propiamente hablando, no hay tal despertar del espíritu indio de México, y la Revolución, tal como se la imagina en Francia, no existe en el suelo de México.

Pero si esos rumores son falsos, si no han salido de México, pienso, no obstante, que sería de capital importancia saber de dónde proceden. (Artaud, 1962, p. 87).

 

Desde sus inicios su plan original fue viajar por el interior del país, específicamente a la sierra Tarahumara. Fue ahí donde buscó ese espíritu auténticamente mexicano que no halló en la ciudad. Sus crónicas y reflexiones sobre los ritos tarahumaras representaron una gran aportación para el conocimiento de este grupo indígena. Su sensibilidad le permitió captar la esencia del mexicano como pocos autores, muestra de ello es su inclusión en el libro sobre la idiosincrasia de los mexicanos, Anatomía del mexicano (2002), de Roger Bartra, donde es el único extranjero.

Su análisis del paisaje de la ciudad es breve pero clave, la visión poética inherente a su personalidad le permitió una metáfora que por sí misma es capaz de identificar a esta urbe: “una ciudad temblor de tierra”.

 

 

La depresión de la ciudad, Graham Greene

 

 

Graham Greene era un católico converso, caso extraño ya en pleno siglo XX. Nació en Inglaterra en 1904 y durante su juventud tuvo simpatía por el Comunismo, pero en 1926 se convirtió al catolicismo para casarse con Vivien Dayrell-Browning. Comenzó su carrera como periodista y pronto cobró relevancia como novelista, escribió más de 30 novelas.

Llegó a México a finales de febrero de 1938 con el objetivo de escribir un reportaje sobre la situación religiosa en el país a consecuencia de la Guerra Cristera. Para este proyecto contó con el apoyo económico de la editorial Longman´s, gracias a su amistad con Thomas Ferrier Burns. Sin embargo, para entonces el conflicto estaba prácticamente terminado, únicamente encontró vestigios del mismo en los estados de Tabasco y Chiapas.

Como resultado de este viaje escribió el libro de crónicas Caminos sin ley (1939) y la novela El poder y la gloria (1940). El primero es probablemente el libro mas irritante sobre México escrito por un extranjero. Tal vez un mal necesario en una época en la cual tantas falsas ilusiones se habían levantado sobre la cultura mexicana; en este sentido resultó “un sano antídoto contra la inundación de sentimentalismo escrito sobre México” (Wayne Gunn, 1977, p.153).

Caminos sin ley disputa el titulo de libro más irritante con Robery under de law (1939) de Evelyn Waugh, quien llegó el mismo año a México, también con una misión específica: escribir un reportaje sobre la Expropiación Petrolera, financiado por la empresas británicas afectadas por esta iniciativa del gobierno de Cárdenas. El libro de Waugh muestra desde sus primeras líneas la inclinación de una pluma al servicio de intereses específicos, por lo cual su prosa manifiesta una crítica forzada; mientras la de Greene es una crónica honesta, marcada sin duda por los prejuicios del autor, pero pulcramente escrita, con calidad literaria:

 

Pero la muerte impone ciertos ritos. Los hombres crean reglas, y esperan de ese modo domesticar a la muerte […] Y de pronto uno se sentía impaciente ante toda esa mojiganga, todo ese énfasis falso agregado a lo que sólo es una función natural: morimos como defecamos; ¿por qué ponerse sombreros enormes y pantalones ajustados y hacer tocar a una banda? Creo que ese día comencé a odiar a los mexicanos. (Greene, 1996, p. 75)

 

El fragmento corresponde a la narración de una pelea de gallos que presenció en San Luis Potosí. Después de entrar a nuestro país por Nuevo Laredo, donde estuvo varios días varado, pasó por Monterrey y San Luis antes de llegar a la capital. Un factor determinante en sus viajes fue que, a diferencia de muchos escritores (incluyendo los otros tres analizados en este trabajo), Greene no conocía a nadie en México ni intentó contactar con los intelectuales nacionales o extranjeros que habitaban el país en esa época. Quizá por eso sus impresiones gozan de la honestidad del contacto directo, sin guía turística que oculte la fealdad de las cosas. Desde su paso por Laredo manifestó su crítica por el típico turista que encontraba en los hoteles: “Vivían en un mundo distinto, vivían en unos cuantos metros cuadrados de territorio estadounidense; con el Life, y el Time, y el café Sanborn´s, México no les hacía mella.” (p. 62). Greene era un hombre de ciudad hosco, gruñón, snob; se quejaba constantemente del servicio, de la limpieza y añoraba sus gustos de occidental, concretamente la Coca-Cola y el Brandy.

Arribó a la capital por la noche, procedente de San Luis Potosí, en sus primeras impresiones se reconoce admirado por el desarrollo, las luces, los edificios; aunque no deja de reconocer la pobreza, matiza que la misma se encuentra en cualquier ciudad del mundo.

 

Fuera, la ciudad estaba muy oscura, aunque todavía no eran las diez; las calles que rodeaban las estación, muy pobres, como en París, pero el hotel era muy nuevo, demasiado nuevo […]

Salí y me alejé por la calle Cinco de Mayo, reluciente porque acababa de llover; seguí por la avenida Juárez, que olía a dulces; el rascacielos blanco de una compañía de seguros, el Palacio de Bellas Artes, blanco y digno, con su cúpula, los grandes árboles domesticados de la Alameda […] Nada relacionaba esta capital europea con las rancherías y los indios de la sierra. Pertenecían a continentes distintos; ¿en qué podían ayudarse mutuamente? Esto era como Luxemburgo, una ciudad de lujo. (pp. 90-91).

 

“¿Cómo describir una ciudad?”, se pregunta Greene y opta por las técnicas más convencionales de la narrativa urbana: enumera lugares, avenidas, monumentos, superpone cuadros de personas en las calles, diálogos escuchados al paso, escenas en los centros nocturnos de la capital. Se detiene, entre otros sitios, en el Zócalo, Palacio de Bellas Artes, Reforma, la Alameda, el Hotel Regis, el Sanborn´s, Chapultepec, el hotel Crystal Palace, la Basílica de Guadalupe. Igual que Chadourne se sorprende por la devoción que inspiran los sorteos de la Lotería Nacional: “Siempre asociaré la Ciudad de México con el olor repugnante a dulces y con los vendedores de billetes de lotería. La lotería es lo más parecido a la esperanza en el cielo…” (p. 95).

Paulatinamente el encanto inicial desaparece, el escritor británico descubre el verdadero rostro de la ciudad y se repiten algunas características de la personalidad del mexicano que antes había notado en provincia y que le exasperan. “Es esta puerilidad, esta inmadurez, lo que más pone nervioso en México. Los adultos no pueden encontrarse en las calles sin empezar a boxear como escolares” (p. 96).

A Greene le bastan algunos días para hastiarse también de la Ciudad de México. La violencia lo pone nervioso, especialmente después de leer en el periódico sobre el asesinato de un senador en el bar La Opera, a tres minutos del hotel donde se hospeda.“Quizá sea la atmósfera de violencia, quizá sea sólo la altura, siete mil pies sobre el nivel del mar; pero después de unos días muy pocas personas se salvan de la depresión de la Ciudad de México” (p. 107).

Cuando finalmente decide marcharse de la capital, después de una visita a la Basílica de Guadalupe, manifiesta abiertamente su satisfacción al respecto:

 

Me alegré de irme de México; esas tiendas llenas de chucherías para turistas, de filigranas de plata y guajes y alfombras y pulgas muertas vestidas como personas dentro de unas nueces, toda la falsa elegancia y la falsa alegría. El Retiro y el Bar Cucaracha y el Palacio de Bellas Artes, la Avenida Juárez con su olor a dulces; y todo el odio escondido. Cuánta razón tenía Lawrence cuando escribía: “Esta ciudad no se siente bien; se siente como un criminal que medita su próximo y mezquino crimen. (p. 118).

 

La referencia a Lawrence destaca, ambos ingleses, de naturaleza o con pretensiones aristócratas, son quienes más sufren por el ´salvajismo´ de México. Las costumbres, el orden y la formalidad británica ofrecen mayor contraste con el caos, el relajo y la violencia del mexicano. Los escritores franceses parecen sentirse menos ofendidos por estos elementos.

Pero el sufrimiento de Graham Greene había sido poco hasta entonces. En su viaje a Tampico y Chiapas vivió en carne propia la desolación al interior de nuestro país, la inexistencia de caminos seguros, de servicios médicos, de una buena cama, de todas las comodidades que le hacen añorar la Ciudad de México. “La capital ya me parecía un ciudad de lujo infinito; soñaba con ir al St. Regis y tomar una Coca-Cola; soñaba con los cocteles de brandy en el bar de Mac, con los periodistas que bebían café en el Café París” (p. 223).

Todavía antes de despedirse del país regresa a la capital, donde experimenta de primera mano la absurda burocracia.

 

Para retirar un paquete se requiere recibir primero una notificación oficial, que debe ser presentada a ciertas horas en una ventanilla determinada; siempre hay una cola. Lugo hay que firmar otro papel. Luego hay que llevar este papel a otra ventanilla, donde uno paga una tarifa arbitraria, calculada supongamos con base en el peso. Luego, a otra ventanilla, me parece (ya empieza a fallarme al memoria), uno recibe su paquete. Como en cada ventanilla hay una cola, es imposible cumplir con toda esta rutina antes de la hora del cierre. (p. 238).

 

Un año después de Caminos sin ley, Greene publicó El poder y la gloria (1940), novela sobre la Guerra Cristera ambientada principalmente en Tabasco. Entre los escritores estudiados fue el únicos que regresó. En 1962, 24 años después de este viaje, Graham Greene estuvo de paso por la Ciudad de México durante su viaje a Cuba. En sus memorias publicadas en 1980 rememora este breve retorno:

 

Hace más de doce años, camino a La Habana, regresé a la ciudad de México y recorrí en automóvil los nuevos suburbios para ricos, construidos sobre rocas de lava: la mansión más costosa pertenecía al jefe de la policía. Fue ese un México que pude reconocer, como también reconocí la extrema pobreza a unas cuantas cuadras de los hoteles estilo norteamericano y de las tiendas para turistas […] Durante mi breve estancia, un amigo mexicano me dijo mientras tomábamos una copa una noche: “No hay nada que cambiar en tu libro. Todo sigue igual”. (p. 23).

 

A pesar de esta declaración, la segunda visita de Greene a México esta menos influenciada por su repudio nacido por la Guerra Cristera y la Expropiación Petrolera. A pesar del valor documental y literario de los textos de Caminos sin ley, hay que enfatizar la influencia de este desdén que impregna cada uno de sus comentarios. Aunque quizá sea precisamente esto lo que le da un valor agregado a los mismos. La pluma colérica de Greene aporta una visión sin contemplaciones sobre el paisaje de la Ciudad de México. Esto le permite identificar uno de los problemas base de la sociedad urbana y en particular la mexicana: la desigualdad. La metáfora de México como un país con “caminos sin ley”, cobró nuevos significados debido a la guerra contra el narcotráfico iniciada en 2006.

 

 

Cuatro visiones del infierno de la ciudad

 

 

Hay algo de infierno en cualquier ciudad. El compositor jalisciense Pancho Madrigal lo dijo mejor que nadie en la canción Jacinto Cenobio: “Jacinto Cenobio, Jacinto Adán, /si en tu paraíso sólo había paz,/ yo no sé qué culpa quieres pagar / aquí en el infierno de la ciudad”.

Para quienes aquí estamos, los citadinos, es difícil notar las llamas en las cuales nos consumimos diariamente. Es necesaria la mirada del otro. Las visiones de quienes llegan de afuera, en este caso los escritores extranjeros proveniente de Europa, nos ayudan a reconocernos. Aunque el británico Malcolm Lowry no escribió sobre la Ciudad de México, su visión del infierno en Cuernavaca, en Bajo el volcán (1947), es también parte de este imaginario del paisaje mexicano. Lowry reconoció como pocos la contradicción vida / muerte latente en el ser del mexicano. Planeaba escribir una versión moderna de la Divina Comedia, para este proyecto eligió México como escenario para el infierno. No hay referencias en sus cartas o textos literarios sobre sus impresiones de la ciudad, pero basta seguir la analogía para entender: la Ciudad de México es la capital del infierno.

Aunque no fue el primero en venir al país, D. H. Lawrence fincó una influencia y contribuyó a forjar el mito romántico del “alma indígena”, pero él supo desde el principio que, independientemente de lo ilusorio de su búsqueda, no encontraría eso en la capital. Marc Chadourne lo confirmó con creces, indagó como pocos en las costumbres de la ciudad antes de partir a buscar respuestas en el interior de la república. Antonin Artaud era un visionario, ya sabia dónde encontrar ese espíritu intangible de lo indígena y supo también, en pocas palabras, reconocer la devastación de la capital. Finalmente Graham Greene expone en una crónica extensa todos los agravios sufridos en el país, se detiene un tiempo en la ciudad como lo hizo Chadourne, para recrearse entre la naciente sociedad capitalista mexicana. De entre los cuatro, solo Greene, quien peor habló sobre el país, regresó. Sus visiones ponen el dedo en la llaga sobre la violencia que aun ahora, quizá más que entonces, desbordan el paisaje de todo el país; la capital no se escapa, incluso habrá que preguntarse si alguna vez estuvo a salvo.

En 1962, durante su segunda visita a la Ciudad de Mexico, Greene coincidió con el escritor y traductor Raúl Ortiz y Ortiz, quien elaboró el prólogo para la edición de Caminos sin ley de 1996. En dicho apartado el mexicano recuerda una velada con Greene durante la cual este reflexionó sobre su libro, sus duras críticas a los mexicanos, la pobreza, la desigualdad, la fe católica, el poder y la violencia aun latente a finales de la década de 1960 (y hoy). Por un momento sus palabras toman el cariz de una confesión intima, pero no dejan de tener la brillantez de un hombre de letras. Para entonces el autor británico es un escritor maduro de 59 años.

 

Pensé que en 1963 las condiciones serían distintas a las de 1938, pero acabo de convencerme hasta qué grado la práctica lleva a la perfección; y el gobierno mexicano lleva treinta y dos años de practicar. Oderint dum metuant, pero ¿hasta cuándo se prolongará el terror? Por que mientras siga la mata dando, todo será miel sobre hojuelas; pero el día en que se agoten pan y circo, se marchitará la paciencia y no sólo prevalecerá el odio, sino que hasta podrá estallar la violencia. Y si en 1910 la carnicería fue atroz, no me atrevo a pensar qué ocurrirá si el horror volviera a repetirse.

[…] Es preciso que prevalezca el lema de nuestro lastimoso Firmin: “no se puede vivir sin amar”, para evitar que algún día impere el de “no se puede vivir sin matar” con el único propósito de mantener indefinidamente el poder, acumular riquezas y dejar morir de inanición y de miseria a nuestros semejantes. (Ortiz, 1996, p. 12).

 

La referencia a Firmin, protagonista de Bajo el volcán, es clave en esta reflexión de Greene. El juego de palabras parece premonitorio de nuestra época: “no se puede vivir sin matar”. El mismo lema parecen reproducir diariamente los noticieros. Hoy, como en las décadas de 1920 y 1930, no parece pasar un día sin que alguien sea asesinado en alguna parte. En ese entonces, Greene se deprimió en la Ciudad de México tras leer en el periódico el titular: “Acribillado a balazos”. El mismo cabezal podemos encontrarlo hoy, cualquier día de este 2019, casi un siglo después. Los orígenes de la violencia en la ciudad los señalan claramente Chardeu y Greene: la desigualdad, la pobreza, la falta de educación. Lawrence apunta la falsedad, la malignidad de la ciudad, serpiente que todo lo devora. Artaud nos enseña con una metáfora (ser temblor) la capacidad para cimbrar de esta ciudad, cimbrar para destruir, para renovar, para conmover, para no permanecer impasibles.

 

Bibliografía

Artaud, A. (1962).México. Prólogo y notas de Luis Cardoza y Aragón. México: Universidad Nacional Autónoma de México.

----- (2004). México y viaje al país de los tarahumaras. México: Fondo de Cultura Económica.

Chadourne, M. (1935). Anáhuac o el indio sin plumas. Trad. Alfonso Treja Zabre. México: Ediciones.

Greene, G. Caminos sin ley. (1996). Trad. J. R. Wilcock. Pro. Raúl Ortiz. México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

Iturriaga de la Fuente, J. (1992) Anecdotario de viajeros extranjeros en México, Siglos XVI-XX, Tomo II. México: Fondo de Cultura Económica

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------(1970). Viva y muera México. Prólogo y selección de Emmanuel Carballo.  México: Diógenes.

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Rivas Iturralde, V. (2017). D.H. Lawrence en México: la inverosímil transformación del hombre en mito. Fuentes Humanísticas, Vol. 29. No. 55. Consultado en: http://fuenteshumanisticas.azc.uam.mx/index.php/rfh/article/view/817/878

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Les amis des Chadourne. Marc Chadourne, l'écrivain voyageur. Consultado en: https://lesamisdeschadourne.jimdo.com/marc-chadourne/sa-vie/

 

 

 

 



[1] Universidad Autónoma Metropolitana, totolxic@gmail.com.

[2] Escritor conocido por sus cuentos de horror y por su libro Diccionario del diablo (1911). A finales de 1913 viajó a México para unirse al ejército de Pancho Villa, después de lo cual desapareció. Carlos Fuentes se inspiró en su historia para su novela Gringo viejo (1985).

[3] Escritor estadounidense, reconocido por su novela The mind of the south (1929). Viajó a México con su esposa en 1941 becado por la fundación Guggenheim para escribir aquí una novela. En julio del mismo año fue encontrado ahorcado en una habitación del hotel Reforma en la Ciudad de México.