DOI: www.doi/org/10.24275/uam/azc/dcsh/fh/2019v31n58/Arias

Sección: Artículo

Paliar el atraso”. Tuluá, una ciudad progresista: 1910-1940

Palliate Backwardness”. Tuluá, a progressive city: 1910-1940

 

Juan Pablo Arias[1]

 

Resumen

En el presente artículo se analiza el proceso de transformación urbana que vivió Tuluá entre 1910 y 1940, y el impacto que éste tuvo en la manera cómo se administró la ciudad, en la construcción de la infraestructura urbana, en el control social de sus habitantes y en la vida urbana en general. Por ello, se centra la atención en la lucha contra el “atraso”, que se manifestó en la intención de formar un hombre “culto y civilizado”, fomentar el desarrollo agropecuario y comercial, construir una infraestructura urbana moderna y cómoda, embellecer la ciudad, imponer condiciones de higiene y salubridad, y transformar las prácticas “incivilizadas” de sus habitantes.

Palabras Clave: Civilización, Progreso, Desarrollo, Historia Urbana, Modernidad

 

Summary

This paper analyses the urban transformation process that Tuluá endured between 1910 and 1940, and its impact in the way the city was administrated, in the urban infrastructure construction, in the social control of its inhabitants and in the urban life in general. To do so, it focuses in the fight against backwardness, that was showed in the intention to educate civilized people, in the support to agricultural and commercial development, in the city embellishment, in the imposition of hygiene and health conditions, and in the transformation of its inhabitants` uncivilized behaviours.

Keywords: Civilization, Progress, Development, Urban History, Modernity.

Recibido en 01/03/2019

Aceptado en 26/09/2019

 

Introducción

 

 

A los ojos de los locales, la transformación urbana de Tuluá en las primeras décadas del siglo XX tuvo gran impacto, de suerte que es común encontrar diferentes fuentes señalando cómo “…Desde principios del siglo XX Tuluá ha venido prosperando tan notoriamente, que en el transcurso de treinta años esta ciudad se ha colocado a la vanguardia de las poblaciones del Valle” (Potes, 1931, p.22). Esto gracias a la “construcción de una infraestructura urbana moderna, […pero también a] la pureza tradicional de sus costumbres […y a] una poderosa corriente inmigratoria” (Martínez y Paredes, 1946, p.142). Para aquellos que regresaron luego de largas estadías por fuera de la ciudad, esto fue más evidente, señalando “la rapidez con que se producen los cambios en el terruño” (La mosca de Millán, 22 febrero de 1923, p.3).

Sin embargo, para personas de otros lugares, estos no eran más que pequeños cambios que distaban de las transformaciones que se vivían en las grandes ciudades de Colombia, Latinoamérica y el mundo. Por ello observaban en Tuluá “el término medio, osea el coeficiente de las excelencias y de las deficiencias del Valle del Cauca” (Martínez y Paredes, 1946, p.368), una ciudad en la que no eran “escasos los [techos] pajizos ni las cercas de guadua en los solares de las casas” y con “gente [que] se mueve poco y se contenta con las utilidades rutinarias de una tienda de mercancías o con lo que espontáneamente le producen unos postales o unas matas de cacao o de plátano.” (Gutiérrez, 1921, pp. 51 y 62). Entonces, ¿existió en Tuluá transformación urbana o fue una simple invención de algunos grupos de tulueños?

Una ciudad como la Tuluá de 1910 fue muy diferente a la de 1940, esto lo percibieron sus ciudadanos, pero además se puede señalar la transformación tanto estética como funcional de su infraestructura urbana, su desarrollo económico, la reestructuración de su aparato administrativo y en general el cambio en la vida cotidiana de sus habitantes. El presente artículo estudia el modelo de ciudad progresista que las élites tulueñas impusieron para lograr una transformación urbana de Tuluá entre 1910 y 1940. Por ello, se revisa la manera cómo se pretendió formar un hombre “culto y civilizado”, fomentar el desarrollo agropecuario y comercial, construir una infraestructura urbana moderna y cómoda, embellecer la ciudad, imponer condiciones de higiene y salubridad, y transformar las prácticas “incivilizadas”. Todo lo cual se evidencia por medio de la prensa local, Actas y Acuerdos del Concejo Municipal de Tuluá, Informes Oficiales del Municipio y la Gobernación, Crónicas de viajeros, el Código de Policía de 1920, Ordenanzas, Leyes y Decretos, escrituras notariales, entre otras.

 

 

Progreso, Desarrollo y Civilización.

 

 

El proceso que se vivió en Tuluá fue el resultado de una serie de condiciones que desbordaron lo meramente local. En la historia urbana y de lo urbano existe una amplia producción que señala cómo entre 1880 y 1930 se presentó una importante la transformación de la vida urbana de las ciudades latinoamericanas (Rodríguez y Sáenz, 2018, p.59; Romero, 1999). Por su parte, en Colombia los estudios apuntan a que en las primeras décadas del siglo XX se genera un periodo de cambio, de transición a un orden moderno (Aprile-Gniset, 1992; Mejía, 2000; Vásquez, 2001; Rodríguez y Sáenz, 2018; Botero, 1996; Agudelo y Chapman, 2012; entro otros). En este sentido, este periodo significó un contexto que favoreció la circulación de ideas sobre la transformación que debían surtir las ciudades.

En este mismo contexto, en Colombia (y en otras partes de Latinoamérica) desde finales del siglo XIX las élites señalaron constantemente que la incapacidad de alcanzar el Progreso y Desarrollo económicos era producto de la “barbarie expresada en desidia, pereza, lujuria, desenfreno y suciedad”, y de allí surgió la necesidad de “moldear la cultura según principios políticos e ideológicos” (Pedraza, 2011, p.117). En estos términos se intentó por varios medios imponer un modelo que buscó “conducir a la sociedad a la civilización” (Guarín, 2011, p.47), para ello la ciudad fue utilizada como “una máquina para inventar la modernidad, extenderla y reproducirla” (Gorelik, 2003, p.13); En otras palabras, el gobierno local y la ciudad fueron vistos cómo herramientas para “paliar el atraso”, y así lograr el Progreso económico y social.

El siglo XX representó en Colombia la consolidación de los ideales de Desarrollo, Progreso y Civilización, en el ámbito de la administración de los municipios. A partir de 1905, se experimentó un crecimiento económico en ascenso en el que:

“las exportaciones de café, cueros, bananos y petróleo, entre otros productos, le imprimieron una dinámica extraordinaria a la economía nacional. Se fortalecieron las finanzas públicas. Mejoró el transporte. Proliferaron las industrias. Se expandió la demanda doméstica” (Posada, 2015, p.20).

En este contexto, los encargados de la administración nacional, departamental y municipal concibieron la gestión pública como una forma de promover proyectos, presupuestos y políticas tendientes al progreso de la sociedad en general (Batero, 2016, p.69).

Así, se puede observar cómo las nociones históricas de Civilización, Progreso y Desarrollo, atravesaron en mayor o menor medida los ideales de ciudad, cultura y crecimiento económico en los municipios colombianos. Pero también se puede observar la utilización de tecnologías, o dispositivos, como la educación, la policía, el ornato, la higiene y la salubridad, como recursos de algunos grupos sociales para imponer ese orden social progresista, tanto a través del manejo de lo público como por medio de la organización de Juntas y Sociedades privadas.

En este sentido apunta la producción de la historia urbana en las ciudades colombianas de la primera mitad del siglo XX. Esto lo evidencian en: Bogotá la consolidación de una ciudad Burguesa (Mejía, 2000); en Cali el tránsito a la modernización (Vásquez, 2001) y, la transición y modernidad (Rodríguez y Sáenz, 2018); en Medellín los juegos de intereses privados y públicos (Botero, 1996); en Pereira y Manizales el civismo y la educación (Correa, 2015), entre otros. Pero también lo demuestran los escasos trabajos para las pequeñas ciudades como Barbacoas (Paredes, 2009), Buga (Cuevas, 2016) y Palmira (Benítez, 2015).

 

 

Tuluá y la región

 

 

El municipio de Tuluá se ubica en el centro del departamento del Valle del Cauca, Colombia (ver Mapa 1.). Para inicios del siglo XX, era un pequeño poblado que contaba con una población de 11.310 habitantes (DANE, Censo 1905), la mayoría rural, su cabecera urbana estaba compuesta por unas pocas manzanas en forma ortogonal, con calles destapadas muchas de las cuales eran atravesadas por acequias descubiertas que servían para surtir de agua los sistemas de excusado y verter los desechos, con puentes de calicanto en algunas esquinas para atravesar dichas acequias y lámparas de petróleo que colgaban en algunas esquinas de los lugares centrales de la ciudad. La infraestructura urbana carecía de un matadero, por lo que fue necesario mover en repetidas ocasiones el lugar que se destinaba para el sacrificio del ganado mayor y menor (A.C.M.T. Acuerdo n° 12 de 19 de diciembre de 1896; Acuerdo n° 15 de 23 de noviembre de 1898), la venta de mercado se realizaba al aire libre en el sitio de la Planeta (A.C.M.T. Acuerdo n° 11 de 16 de diciembre de 1896; Acuerdo n° 8 de 9 de marzo de 1899; entre otros), y las escuelas se ubicaban en casas de habitación que se acondicionaban con pupitres y tableros, y el blanqueamiento de sus paredes con cal.

 

 

Mapa 1. Ubicación Geográfica de Tuluá

Fuente: Elaboración con base en el mapa de Héctor Cuevas, (Cuevas, 2016, p.198).

 

Sin embargo, para la década de 1940 la transformación era tan evidente que algunos locales señalaban que “…Tuluá [era], una de las del Valle, cuya rata de progreso es más acelerada” (A.CM.T. Acta n°36 de 18 de enero de 1938, ff. 2-3.), e incluso personajes externos precisaban que “…es Tuluá, dentro del Valle, la ciudad que relativamente ha progresado más en los últimos años” (Martínez y Paredes, 1946, p. 368) y que a pesar de que tal crecimiento se presentó

“hace poco menos de dos lustros, soplo fugaz en la vida de una ciudad[…] ese tiempo ha sido suficiente para que Tuluá lleve adelante el desarrollo de su esquema de progreso en una medida que muchas de sus iguales quisieran para sí” (Paredes, 1948. pp. 5-6).

En este periodo la ciudad ya contaba con una población de 31.626 habitantes (DANE, Censo 1938), un crecimiento importante de su cabecera urbana (ver mapa 2.) y varias de sus vías pavimentadas (A.C.M.T. Acuerdo 15 de 19 de marzo de 1936). Además su infraestructura urbana gozaba de acueducto y alcantarillado metálicos (Archivo Central de Tuluá, en adelante A.C.T. Escritura n°565 de 6 de septiembre de 1926), plaza de mercado cubierto, edificio para matadero público, pabellón de carnes, casa municipal, centro de higiene, hospital público, entre otros (Martínez y Paredes, 1946, pp. 310-323, 339-353). Pero ¿cómo logró Tuluá un proceso de transformación tan significativo y veloz?

 

Mapa 2. Crecimiento de Tuluá entre 1900 y 1940.

Fuente: Elaboración propia con base en el Mapa de Pedro A. Lozano. (Martínez y Paredes, 1946, p. 34)

 

El proceso que vivió Tuluá entre 1910 y 1940 apuntó a la lucha contra el atraso mediante la transformación de la infraestructura urbana, el desarrollo agropecuario y comercial, y la construcción de una ciudad bella, ordenada, limpia y cómoda. Para lograr esto, las élites locales hicieron uso de los ideales de Progreso, Civilización y Desarrollo, en la manera cómo se administró la ciudad, en la formación y el control social del tulueño, en la utilización de los dispositivos del ornato, la higiene y el salubrismo, y en la creación de una nueva moral de lo urbano.

Por su parte, los hechos regionales y nacionales en el periodo estudiado permitieron una serie de condiciones económicas, políticas y culturales, sin las cuales el proyecto progresista de Tuluá hubiera sido imposible. Entre ellas, el crecimiento económico, la mayor inversión en las infraestructuras urbanas y de comunicaciones, el aumento de la centralización política y la mayor autonomía administrativa de los municipios, pero también, las representaciones simbólicas y materiales de los ideales de Desarrollo, Progreso y Civilización.

La mejoría en la economía del país se hizo sentir en la región. En consecuencia, desde inicios del siglo XX en el Valle del Cauca se presentó un crecimiento del capitalismo agrario (Rojas, 1985; Sánchez y Santos, 2010) y un avance de las dinámicas comerciales que se vieron apoyadas no sólo por el desarrollo de la técnica y tecnología, sino también por una mayor apertura al mercado internacional (Posada, 2015). De tal suerte que el crecimiento económico en la región fue potenciado por la apertura del canal de Panamá y la modernización del puerto de Buenaventura, pero también por la construcción del ferrocarril del pacífico, la apertura de la vía Cali-Buenaventura, el impulso de la navegación del río Cauca y la construcción de la carretera central.

La constitución de 1886 prometió la descentralización administrativa, aspecto que se instrumentalizó en el régimen político y municipal de 1888, acompañado de una fuerte centralización política (Rodríguez, 2013, pp.47-49). Más adelante, a raíz de las reformas que trajo el gobierno de Rafael Reyes y de la paz que devino de la guerra de los mil días, dicha descentralización se sintió con fuerza en la región por medio de la creación del departamento del Valle del Cauca (Decreto 340, 16 de abril de 1910; Valencia, 2010; Batero, 2016), con el cual se empezó un proceso de recomposición de la administración pública en el departamento y en los municipios, caracterizado por una mayor inversión en la educación, en la organización de la hacienda departamental, en el control policiaco y en la formación de un aparato burocrático (Sáenz, 2013; Rodríguez, 2013).

Por su parte, la ley 4ª de 1913 confirmó a los Gobernadores como los primeros agentes del gobierno central, quienes a su vez designaban a Prefectos y Alcaldes como sus representantes en las Provincias y Municipios, respectivamente, pero también consolidó a las Asambleas Departamentales y Concejos Municipales como las instituciones encargadas de legislar sobre los asuntos administrativos. En este sentido, tanto las Asambleas como los Concejos, elegidos por voto popular, funcionaron a través de las Ordenanzas y Acuerdos, respectivamente, como los encargados de formar los presupuestos de rentas y gastos, de organizar las contribuciones e impuestos y su fiscalización con arreglo al sistema tributario nacional, de organizar las disposiciones generales sobre la administración pública, policía y empleos públicos, de fomentar y arreglar las obras públicas, de fomentar los sectores agropecuario, industrial y comercial, de fundar los colegios públicos y auxiliar a los particulares, de prohibir aquellas prácticas que perjudicaran la moralidad o el desarrollo de la riqueza pública, de solicitar y gestionar empréstitos para emplearlos exclusivamente en sus mejoras materiales, incluso pignorando sus rentas, entre otros. (Ley 4ª de 1913, Art. 129 y 208).

Los distintos municipios del Valle del Cauca, en medio de este contexto, proyectaron en sus ciudades las ideas de Progreso, Desarrollo y Civilización, y la lucha contra el atraso. La capital, Cali, se fortaleció en lo económico mediante el establecimiento de una élite comercial y agroindustrial (Valencia, 2010; Vásquez, 2001; Almario, 2012), la cual por distintos medios (la administración pública, la prensa, la educación, juntas y sociedades, etc.) intentó imponer un orden que potenciara su posición e imagen a nivel regional y nacional (Almario,2012; Rodríguez, 2013), modernizara la infraestructura urbana y la administración pública, y transformara su población (Rodríguez, 2012; Rodríguez y Sáenz, 2018; Vásquez 2001).

El municipio de Palmira, colindante con Cali, siguió el ejemplo con el mejoramiento de la estructura de la administración pública y la proyección de una agroindustria mediante el establecimiento de escuelas científicas de agricultura (Rojas, 1985; Sánchez y Santos, 2010). La década de 1920 fue de gran importancia para la consolidación de una élite agroindustrial y comercial, con significativa presencia extranjera, que dirigió los procesos de progreso en esta ciudad, con fuerte relación con intereses caleños (Benítez, 2015).

Más cercano a Tuluá, se encuentra el caso de Buga, el cual, en competencia constante con Cali, precisó un proceso de transformación que reclamaba su “hidalguía” colonial y la “pureza de sus tradiciones” como los patrones sobre los cuales se debía acoplar el progreso de la ciudad. En este sentido, se buscó un mejoramiento “a través de obras públicas que involucraban conceptos […] tales como el ornato y el higienismo, mezclados con elementos tradicionales, como el hispanismo y el aristocratismo.” (Cuevas, 2016, p.197).

En este contexto, Tuluá entró a la década de 1910 como una ciudad con un crecimiento económico basado en la agricultura y principalmente en la ganadería[2]. Ahora, si bien existió la explotación cafetera, su impacto nunca fue monopolizador en Tuluá, por lo que junto con este cultivo se mantuvieron principalmente el tabaco, arroz, caña de azúcar, cacao y plátano. Es precisamente la acumulación de capital del sector agropecuario lo que produjo, a partir de la década de 1920, el desarrollo del comercio en Tuluá (vocación que mantiene hasta nuestros días), caracterizado principalmente por pequeños y medianos comerciantes (Arias, 2018, pp.48-50), y del sector industrial que contaba en 1917 con 45 fábricas que producían gaseosas, cervezas, cigarrillos, chircales, licores, panela y azúcar, de las cuales 4 funcionaban con energía, 28 con tracción animal y 15 con fuerza humana (Zawadzky, 1917), y que en la década de 1940 se especializó en fábricas que permitieron el beneficio de la producción agropecuaria (Informe Pro-Cámara de Comercio, 7 de julio de 1945)

En un contexto como el anterior, las ideas de Progreso, Desarrollo y Civilización circularon constantemente, y fueron utilizadas por las élites como una manera de afianzar su visión de ciudad y de consolidar su posición tanto en lo local como en la región y el país. Esta competencia fijó un horizonte común entre las ciudades del Valle del Cauca, en el cual el progreso material y moral fueron las bases de las proyecciones de ciudad; sobre este sustrato se vivió el proyecto de transformación urbana de Tuluá.

 

 

La urgente necesidad de paliar el atraso

 

 

Los ideales de un modelo de ciudad progresista en Tuluá tuvieron sus orígenes en el siglo XIX, pero es entre 1910 y 1940 que se obtuvieron las condiciones materiales, sociales y políticas, que le permitieron a las élites locales proyectarlo y afianzarlo. Así, en la perspectiva de estos grupos, el atraso que vivía la ciudad y que impedía su desarrollo, era producto en gran medida de las prácticas “incivilizadas” de sus pobladores, de la carencia de una infraestructura urbana moderna y de la desconexión de la cabecera urbana con su sector productivo agrícola. Por ello, dos de las tareas urgentes que se asumieron en Tuluá fueron: la implementación de iniciativas institucionales que promovieran cambios materiales y sociales por medio del manejo de las rentas municipales, y la creación de juntas y asociaciones; y, la mejora de la instrucción de los tulueños alrededor de valores progresistas como: la higiene, el orden, la religiosidad, la caridad, la vida discreta, el trabajo y las buenas maneras.

 

 

Remedios institucionales contra el atraso.

 

 

En el periodo estudiado se mostró gran preocupación por mejorar la infraestructura urbana, conectar la ciudad con la zona agrícola productiva, fortalecer la administración pública y construir planteles educativos. Todo lo cual tuvo respuesta tanto en las principales medidas políticas municipales como en la organización de sociedades y juntas que buscaban la posibilidad de proyectar a Tuluá como una ciudad progresista.

La inversión de las rentas muestra el carácter de las preocupaciones que tuvo la Municipalidad. En los presupuestos de gastos se puede ver la inversión que el Concejo Municipal pretendió realizar en favor de la construcción de una infraestructura urbana “moderna”, con más de la mitad del dinero proyectado (ver Tabla 1). Entre las principales obras que atendieron se encuentran el acueducto y alcantarillado metálicos, la planta eléctrica, el matadero público, la construcción y mejoramiento de la plaza de mercado cubierto, la pavimentación de las principales calles de la ciudad, la construcción y mantenimiento de vías entre la cabecera urbana y el área productiva agrícola, la edificación de obras para evitar las avenidas del rio Tuluá –muros de contención y bocatoma científica–, el enlucimiento de parques y la construcción de puentes.

En segundo y tercer puesto, se encontraban la inversión en la instrucción pública, la cual se centró principalmente en la construcción de locales tanto urbanos como rurales (como se abordará en seguida), y en el departamento de Gobierno, que mostró una preocupación importante por reorganizar la administración pública ampliando considerablemente el personal, de 20 empleados a más de 80, y apostando por una mayor especialización y profesionalización de sus labores. Además, hubo una importante deuda pública e incapacidad para cubrir varios de los gastos presupuestados, precisamente por lo ambicioso del proyecto de ciudad, pero también por la crisis que se vivió localmente entre 1930-1934, consecuencia de la recesión mundial y del incremento de las deudas contraídas por el Municipio en empréstitos.

 

Tabla 1. Totales de los Departamentos de los presupuestos de gastos entre 1910 y 1940[3].

DEPARTAMENTO

TOTALES

%

1

OBRAS PÚBLICAS

$1.632.377,09

54,58%

2

INSTRUCCIÓN PÚBLICA

$258.748,40

8,65%

3

GOBIERNO

$243.933,26

8,16%

4

DEUDA PÚBLICA

$228.175,71

7,63%

5

GASTOS VIGENCIAS ANTERIORES

$222.195,97

7,43%

6

BENEFICENCIA

$200.898,98

6,72%

7

HACIENDA

$146.319,66

4,89%

8

JUSTICIA

$53.763,40

1,80%

9

GASTOS VARIOS O IMPREVISTOS

$2.637,23

0,09%

10

POLICÍA

$1.274

0,04%

11

HIGIENE

$333

0,01%

12

CULTO

$177

0,01%

 

TOTAL

$2.990.834

100%

Fuente: Creación propia con base en los acuerdos sobre presupuestos de rentas y gastos. A.C.M.T.

Finalmente, entre 1910 y 1940 hubo una importante inversión en la consolidación de medidas de policía, higiene, profilaxis y caridad, que se reunieron a partir de 1918 en el departamento de Beneficencia, y simultáneamente existió la necesidad de consolidar un aparato de hacienda lo suficientemente eficaz como para poder asumir las responsabilidades económicas del proyecto progresista.

Con todas estas medidas se pretendió, en primer lugar, modificar la infraestructura urbana en relación con la estética y la comodidad, pero también pensando en mejorar la economía del Municipio potenciando su vocación agropecuaria y comercial, al conectar su parte rural montañosa y plana con la cabecera urbana[4]. En segundo lugar, se le dio un importante lugar a la inversión en planteles educativos, los cuales eran base para imponer los valores progresistas que apuntalaban el proyecto progresista. Y, en tercer lugar, se buscó reorganizar las instituciones públicas en términos de eficiencia administrativa tanto en la ejecución y fiscalización de obras, como en la capacidad de captar recursos; aunque en la práctica se mantuvieron las dificultades (altas deudas, morosidad en los impuestos, retrasos y sobrecostos en las obras, entre otros).

Esta visión de Desarrollo también tuvo un impacto en la creación de Juntas y Sociedades que contaron con diferentes elementos de las élites tulueñas[5]; tanto así que es difícil en ciertos momentos diferenciar los intereses privados de estos grupos y los de la Administración Pública Municipal. Así, en 1909 se creó la Junta de Ornato con el fin de fomentar “el adelanto y la cultura” (A.C.M.T., Acuerdo 5, 30 de julio de 1909), en ella participaron personajes de la vida local como Jesús Sarmiento, Gertrudis Potes, Manuel Victoria Rojas, entre otros, que se preocuparon principalmente por el embellecimiento de la ciudad y aportaron en la consolidación de la Plaza de Mercado Cubierto, y otras obras.

En el mismo sentido, se crearon otras Sociedades como el Centro Social[6] (La Mosca de Millán, 28 de abril de 1921, p.2) y la Sociedad de Mejoras Públicas, por medio de las cuales se adelantaron obras como el enrejado de los parques Boyacá y Bolívar[7], el empedrado de las calles adyacentes de los parques, la construcción del reloj público, mediante la realización de bazares, rifas y eventos de recolecta. O, la Sociedad San Vicente de Paúl, organización de carácter cristiano, la cual tuvo un apoyo significativo tanto de la Municipalidad como de algunos personajes locales, en favor de construir hogares para los pobres en el sector de “Los Limones”.

La preocupación por mejorar la infraestructura urbana y las vías de comunicación de la región rural con su cabecera, se manifestó también en la organización de Juntas semipúblicas[8] a lo largo de todo el periodo, pero con mayor fuerza a partir de 1926. La Junta de caminos, la Junta Cucuanista, la Junta de la carretera de Frazadas, Junta de la Boca-Toma de la Acequia Grande, la Junta del Acueducto, la Junta para la construcción del Puente del Papayal, las Juntas de los caminos de Santa Lucía y Barragán, entre otras, son ejemplos de la resonancia que tuvo el proyecto progresista, y de la conexión que existió entre lo privado y lo público.

Además de lo ya mencionado, también resalta el papel que cumplieron algunos personajes. En este sentido, aparecen los esposos Jesús Sarmiento y María Lora[9], quienes entre 1910 y 1930 coadyuvaron en la construcción de una infraestructura urbana “moderna” en la ciudad: participaron e invirtieron en la Junta que construyó el Hospital San Antonio e hicieron varias construcciones modernas entre las que destaca el Teatro Sarmiento. Igualmente los esposos Tomás Uribe Uribe y María Luisa White Uribe, quienes fueron artífices de buena parte de las obras de transformación de Tuluá en las primeras décadas del siglo, Hospital San Antonio, Parque Boyacá, Junta de Ornato, Plaza de Mercado, entre otros, al tiempo que impulsaron el desarrollo cultural de la ciudad, junto a personajes como Simón Jiménez, José Antonio González Rojas, el Dr. Garter, Gertrudis Potes, entre otros, impulsando la creación de una biblioteca pública, la presentación de obras de teatro y zarzuelas, la presentación de conferencias públicas, entre otras actividades.

En sí, la idea de transformar Tuluá fue una preocupación que rondó la cabeza de algunos grupos de tulueños, quienes en mayor o menor medida tuvieron un impacto en el proyecto progresista tanto desde una función o cargo público, como desde una perspectiva privada. Para este fin, instrumentalizaron la administración pública, las ideas de Civilización, Progreso y Desarrollo, la educación y la moral, y así intentaron proyectar e imponer un “orden social y material”, valiéndose de diferentes recursos, que incluyeron recolectas públicas e incluso a la inversión de recursos propios.

Sin embargo, la amplia presencia de organizaciones privadas y semipúblicas también muestra la debilidad del gobierno local y su incapacidad de solventar económica y técnicamente el progreso urbano de Tuluá; situación que se va transformando con claridad desde la década de 1930 cuando la Administración Municipal se empieza a distanciar de algunos intereses particulares, como consecuencia del surgimiento de una clase social que vivió alrededor de los puestos públicos y la política, y que se caracterizó por una mayor preparación técnica y profesional de sus integrantes.

 

 

La formación del tulueño.

 

 

El establecimiento de instituciones de educación públicas y privadas en la ciudad representó un elemento central en la tarea de acabar con el atraso, y tuvo como propósito la organización de una educación elemental dirigida a hombres y mujeres de todas las condiciones, con un cubrimiento urbano y rural que se intensificó a medida que avanzó el periodo estudiado. En torno a esto, se buscó que la Municipalidad pudiera financiar, vigilar de cerca la asistencia escolar y los exámenes mediante la creación de Juntas públicas municipales.

En Tuluá se buscó el establecimiento de planteles educativos dirigidos por comunidades religiosas, que “implantaran” en sus ciudadanos los valores como la religiosidad, laboriosidad y la caridad. Desde inicios del periodo ya se venían haciendo gestiones para la construcción del “Colegio de niñas Sagrado Corazón de Jesús” dirigido por la comunidad de “Madres Franciscanas”, y más adelante la “Escuela San Francisco de Asís”[10]. De igual manera, en la década de 1930 la municipalidad se esforzó por construir en la ciudad el “Colegio Salesiano”, que además de tener una vocación cristiana también apuntaba a la formación técnica y obrera.

Al mismo tiempo que se consolidaron las “escuelas católicas”, se defendió la existencia de escuelas privadas tradicionales, y en muchos momentos estas fueron subsidiadas por los tesoros municipales. Ejemplo de esto son el Instituto San Luis Gonzaga, fundado en 1905 por Rafael Alzate, y los de Tiberio Román, Federico Alejandro Uribe R., Florentino Emilio Martínez, Rubén Cruz y Pedro Antonio Gardeazábal o el Colegio Femenino “Del Perpetuo Socorro”, la Escuela “La Esperanza” y la Escuela “De María” (Martínez y Paredes, 1946, pp.120-121, 129 y 313), las cuales se ubicaron en el área urbana densa del Municipio[11] y en medio de crisis concurrieron en algún momento ante el Concejo o la Alcaldía para pedir ayudas, o ante sociedades y juntas particulares.

En las décadas de 1920 y 1930, el interés por la formación agrícola y artesanal ganó importancia en el Municipio. De esta manera, para finales de 1920 se fundó una “Escuela Experimental Agrícola”, que tuvo su inspiración en la escuela que se creó en Palmira para la época, y que buscaba proyectar una formación técnica elemental en temas del sector agropecuario. También, desde finales de 1920 se le dio mayor importancia a la consolidación de la “Escuela Nocturna” que tenía una inclinación por la formación de los obreros de las pequeñas industrias que empezaban a florecer, y en la década del 30 se crearon la “Escuela de artesanos” y la “Escuela Mercantil”, esta última con énfasis en la “enseñanza comercial”.

La Municipalidad cubrió el tema de la instrucción pública por medio de la construcción de locales para las escuelas urbanas: Escuela Caldas de varones, Escuela Antonia Santos de mujeres y el Colegio Gimnasio del pacífico de hombres. Así, la construcción de las escuelas públicas estuvo concentrada principalmente en el área densa urbana. Sin embargo, a medida que avanzó el periodo estudiado se observa cómo las escuelas públicas rurales aumentaron en número y cobertura[12], al mismo tiempo se observa cómo las escuelas públicas se desplazaron al área de extensión urbana en el costado derecho del río Tuluá, en los barrios de San Antonio, Céspedes, Limones y Victoria.

La escuela superior[13], pese a los grandes avances que se presentaron en relación con la educación en el Municipio, solo se logró consolidar hasta finales de la década de 1920 a través del Colegio Gimnasio del Pacífico en el caso de los hombres, y posteriormente con la creación de la Escuela Superior de niñas. Por esto es común que entre 1910 y 1930, las élites locales tendieran a mandar a sus hijos desde muy pequeños a estudiar por fuera de la ciudad, principalmente a ciudades como Buga, Popayán, Bogotá, y en menor proporción, Cali y Medellín.

Las materias que se impartían variaban de escuela a escuela, por ejemplo en la Escuela del Espíritu Santo, de hombres, se enseñaba: “Religión, Castellano elemental y superior, Retórica, Aritmética, Geografía Universal, Francés, Inglés, Filosofía, Contabilidad oficial y mercantil, Física elemental y Telegrafía, Historia Natural, Álgebra y Geometría elemental, Higiene, Dibujo, Trigonometría, Agrimensura, Agronomía, Elementos de Agricultura y Psicología.”, y en el Colegio de María, de mujeres, se enseñaba “Religión, Francés, Aritmética superior, Modistería, Canto, Castellano, Geografía, Historias Sagrada, Higiene, Patria y Universal, Dibujo, Lectura y Escritura,” (Informe Alcalde al Prefecto, 27 de diciembre de 1907)

Por su parte, la educación profesional se llevó a cabo por fuera de la ciudad, generándose la tendencia a dirigirse a la Universidad del Cauca en Popayán, la Universidad Libre en Cali, la Universidad Externado en Bogotá, la Universidad Nacional en Bogotá, y la Universidad de Antioquia en Medellín, y a partir de la década de 1930 varios jóvenes de la élite local viajaron principalmente a Estados Unidos, Francia e Inglaterra[14]. Así, gracias a que muchos de estos jóvenes regresaban a la ciudad o la región, el mundo profesional de Tuluá, que al inicio del periodo contaba con unos cuantos abogados y médicos, amplió su espectro a ingenieros, odontólogos, contadores, veterinarios y pedagogos (Paredes, 1948).

En términos generales la educación tulueña mostró distinción entre las privadas y las públicas, en el sentido de que las primeras estuvieron dirigidas a quienes tuvieron las capacidades económicas para costearlas, aunque la Municipalidad aprobó constantes becas en escuelas privadas a “niños y niñas pobres”. Sin embargo, el periodo estudiado muestra la ampliación de cobertura de la población urbana tulueña principalmente en la educación primaria elemental y primaria secundaria, a pesar de la resistencia de algunos grupos a ella[15]. Ahora bien, acceder a la educación superior y profesional estuvo dirigido casi exclusivamente a aquellas familias con recursos, aunque también se encuentran algunos casos de auxilios municipales en este sentido.

En este contexto, la educación fue vista por las élites como un medio para transformar las prácticas “incivilizadas”, de allí que se le prestara gran atención a enseñar valores como el orden y la higiene. La educación religiosa sirvió también como vehículo para establecer nociones morales que afianzaran el ideal de sociedad que se buscaba: laboriosidad, religiosidad, caridad, solidaridad, entre otros. Igualmente se le dio relevancia a saberes prácticos que apuntaban al fortalecimiento de la vocación agrícola, comercial e industrial que se proponía para alcanzar el Desarrollo y Progreso económicos, de allí que se fortalecieran las escuelas nocturnas, obreras, agrícolas, y las asignaturas alrededor de estos conocimientos.

Además de lo ya mencionado, la formación del tulueño también se encaminó a escenarios como los actos culturales, las conferencias públicas y la prensa. De lo primero, es interesante observar el interés por potenciar la “cultura” y la formación de un “pueblo culto” por medio del teatro y las zarzuelas, tanto en lo público como en lo privado se generaron estrategias para el desarrollo de estos eventos, ejemplo de esto se evidencia en la construcción del “Teatro Sarmiento” por parte de María Lora viuda de don Jesús Sarmiento, del “Teatro Variedades” de Pedro Lozano y del “Teatro Ángel” de José María Ángel[16]. También las conferencias públicas surtieron efecto en la formación tulueña en el sentido que se escogieron temas como la higiene, la historia patria, la salubridad y la cultura general, que fueron presentados en la plaza pública en favor de llegar a la mayor cantidad de habitantes (El Conservador, 23 de enero de 1918, p.2), o las famosas conferencias dictadas por el Doctor Tomás Uribe Uribe en el Teatro Sarmiento.

Finalmente, la prensa local, estuvo centralizada hasta la década del 30 en las dos únicas imprentas, “El Iris” de José María Rojas Ruiz, que inició labores en 1910 y la “Tipografía Minerva” de Marcial Gardeazábal, y que empezó a funcionar en 1923. Posteriormente, amplió su oferta en la década de 1930 con la aparición de la “Editorial Tuluá” de propiedad de Pedro Eduardo Lozano, la “Tipografía España” de Enrique Villegas García, La “Tipografía Argos” del señor Gonzalo Vergara, y la “Tipografía Martínez” de Miguel Ignacio Martínez.

La prensa fue utilizada constantemente para atacar ciertas prácticas como las bebidas alcohólicas (La Mosca de Millán, 25 de febrero de 1925, p.3), el lavado de ropas en las acequias que pasaban por las calles (El Municipal, 22 de noviembre de 1924, p.2), los peligros de la prostitución (La Liberación, 31 de octubre de 1937, p.15) la vagancia infantil (El Conservador, 22 de junio de 1918, p.2) pero también para “defender los intereses de Tuluá” y “colaborar en el movimiento progresista de la región” (Nuestro Propósito: El Provinciano, 22 de febrero de 1910, p.1) al tiempo que se resaltaban valores como la caridad, la religiosidad, la laboriosidad (El Conservador, 20 de junio de 1918), el amor por la “patria chica” (La Lucha, 31 enero de 1939, p.3). Así, los responsables de dichas publicaciones buscaban apuntalar la formación progresista en favor de una moral binaria, entre lo aceptado y lo cuestionado, y por tanto sujeto a ser conservado o transformado.

En estos términos la formación del tulueño fue un renglón que no pasó desatendido en relación con el establecimiento de un modelo de ciudad que llevara al Progreso y Desarrollo económicos. El principal objetivo fue la transformación de las prácticas “incivilizadas” y la formación en valores que facilitaran la proyección de Tuluá como una ciudad progresista. La Administración Pública tuvo un papel de gran importancia en el direccionamiento de la educación, pero también hubo una importante respuesta por parte de sectores privados, quienes encontraron en ésta una manera de proyectar en la ciudad el progreso material y moral.

 

 

Especialización del Proyecto Progresista.

 

 

Como se ha venido mencionando el proceso de transformación urbana de Tuluá apuntó principalmente a modificación de la cabecera urbana, sin embargo, el impacto de tales cambios no afectaron toda la ciudad con la misma intensidad y velocidad. En la década de 1910 la transformación de Tuluá se proyectó directamente sobre la margen izquierda del río, sin embargo, la década de 1920 generó la expansión del área urbana densa con la urbanización de la banda derecha del río Tuluá y la creación de los barrios Céspedes, Victoria y San Antonio, gracias al impacto que generan la construcción de la carretera central y del Hospital San Antonio y el mejoramiento del puente (Ver mapa 3).

 

Mapa 3. Barrios de Tuluá en la década de 1940.

mapa barrios de tuluá 1946

Fuente: Elaboración propia con base en el Mapa de Pedro A. Lozano.

(Martínez y Paredes, 1946, p. 34)

No obstante, los ritmos de transformación de ambas márgenes fueron distintos. Por ejemplo, la llegada de la luz eléctrica se dio al servicio para 1924 para los barrios del área central (margen izquierda del río Tuluá) y fue necesario que algunos pobladores del Céspedes y Victoria reclamaran por escrito que no estuvieran presupuestadas algunas lámparas en este sector (A.C.M.T. Acta 18 del 12 de marzo de 1926). Algo similar ocurrió con las capillas e iglesias, las escuelas, con la construcción del Acueducto y Alcantarillado, el empedrado y pavimentado de las calles, entre otras más.

Más aún, los extremos norte y sur de la ciudad, que también representaron zonas de expansión (ver Mapa 2), fueron también áreas marginalizadas del proyecto progresista. Así en barrios como los Limones o la Quinta se permitieron el establecimiento de “mujeres públicas”, se ubicaron proyectos de vivienda para obreros y “pobres y desamparados”, pero también fueron lugares en los que el Progreso solo tocó a las puertas a través de la coacción (presencia policiaca, multas, la actividad profiláctica e higienizadora) y a través de sociedades de la beneficencia (por ejemplo la Sociedad San Vicente de Paúl). La marginalización de estas zonas frente al proyecto progresista queda ejemplificada en la respuesta que el Concejo Municipal dio a un memorial dirigido por habitantes del barrio Limones:

“el concejo no estima útil, ni desde el punto de vista del servicio público, ni desde el punto de vista económico, tanto para el municipio como para la empresa de energía eléctrica, llevar por el momento luz al sitio que ellos indican.” (A.C.M.T. Acta 30 del 30 de abril de 1926).

 

 

Los emblemas de una ciudad progresista

 

 

En lo escrito hasta el momento se ha intentado demostrar que entre 1910 y 1940 existió en Tuluá un proyecto progresista que tuvo asidero tanto en la administración pública como en los intereses particulares, que fue posible gracias a las transformaciones políticas y económicas locales, regionales y nacionales, y que buscó el “progreso material y moral” de la ciudad, por medio de las ideas de Civilización y Desarrollo. En adelante, se revisan aquellos elementos que se convirtieron en símbolos del progresismo que se buscaba, y que tuvieron mayor o menor impacto tanto en las transformaciones materiales como en las sociales y culturales.

Por ello, se tienen en cuenta aquellos elementos, que a la luz de las élites tulueñas, representaron signos del progreso en la ciudad y que por tanto fueron ejes rectores de este proyecto. De esta forma, se abordan tres elementos: La construcción de una infraestructura urbana que brindara comodidad; el desarrollo de dispositivos de ornato, higiene y salubridad; y, el gesto de la vida cotidiana.

 

 

Una ciudad cómoda.

 

 

En la representación de progreso que se manifestó en el periodo estudiado, la idea de comodidad es tal vez uno de los elementos de mayor trascendencia, puesto que dirigió en gran medida la transformación de la infraestructura urbana. Esto se puede ver en el caso de las calles, la provisión del agua y los adelantos tecnológicos, entre otros, y para lo cual se necesitó de grandes esfuerzos por parte de la administración pública y de algunos intereses particulares.

Así, en los inicios de la década de 1910, la mayoría de las calles de la cabecera urbana se caracterizaron por estar construidas con una mezcla de balastro y arena, o cascajo aplanado (A.C.M.T.,1913, Acta 54), y por el medio de varias de ellas pasaban acequias, mediante un sistema llamado “encamellonamiento”, que básicamente consistía en la construcción de una zanja que transportaba el agua por gravedad (A.C.M.T., 1924, Acta 54), para atravesarlas era necesario utilizar pequeños puentes de “calicanto” que se construían en los cruces de vías (A.C.M.T. 1909, Acuerdo 22).

El principal problema con este sistema de calles era la incomodidad que generaban los periodos de lluvia, en los que las acequias se desbordaban “dañando las vías” y haciendo grandes “charcos y barrizales”, lo que las hacía intransitables, (El Municipal, 20 de diciembre de 1913, p.7). Esta situación, aunada a los temas de estética e higiene, generó una serie de acciones: ampliar el número de calles con empedrados, se taparon o hicieron tapar[17] las acequias que pasaban descubiertas por las calles; en la década de 1930, el sistema de alcantarillado y acueducto en la cabecera debió ser cubierto por un sistema moderno y separado, al tiempo que para la segunda mitad de esa década se hizo una gran inversión para pavimentar las principales calles (A.C.M.T. 1936, Acuerdo 15).

De igual manera, el tema de la provisión del agua representó siempre una preocupación, que se conectó no solo con la comodidad, sino también con la higiene y la salubridad. El sistema de acueducto, como ya se expuso, consistía principalmente en un conjunto de acequias que cubrían, con mayor o menor éxito, las demandas de la población. Entre las más importantes se encontraban la Acequia Grande que corría por la carrera 2ª, la de la plaza de mercado, la Acequia que salía de la Quinta Sajonia hasta la madre vieja del río Tuluá (Arias, 2018, p.135). Sin embargo, la incomodidad que este sistema presentaba, más allá de los problemas que traía el invierno, estaban conectados con el tipo de uso que se les daba, pues en ellas también se vertían desperdicios orgánicos e inorgánicos y se lavaban ropas (El Municipal, 20 de enero de 1927 p.3). Todo esto generaba que buena parte de la población no pudiera consumir estas aguas, o que contrajeran enfermedades y se extendieran algunas epidemias, de suerte que el método más efectivo y común fue recoger agua en recipientes directamente del río, situación calificada por algunos como “inconcebible incomodidad en una ciudad que se precie en tener progreso” (La Mosca de Millán, 27 de abril de 1926 p.2).

Esta preocupación por las aguas generó que a partir de 1925 se empezara a gestionar uno de los proyectos municipales más ambiciosos, y que representó el orgullo de los tulueños, la empresa de acueducto metálico, la cual en busca de la comodidad, permitió que a partir de 1930 los hogares de la cabecera contaran con una provisión “moderna” de agua potable (Martínez y Paredes, 1946, pp.318-319) y que se separara éste del servicio de Alcantarillado.

Por otra parte, para el periodo se prestó atención en la introducción de diferentes tipos de adelantos tecnológicos, los cuales fueron pensados en favor de la proyección del progreso y la comodidad en la ciudad. Así, por ejemplo, la planta de energía eléctrica que empezó a funcionar para 1924 (Martínez y Paredes, 1946, p.321), trajo la posibilidad de mejorar el sistema de alumbrado público, que hasta el momento había sido señalado por los tulueños como deficiente (El Conservador, 20 de febrero de 1918, p.13), y con ello la “comodidad y seguridad de las calles” (La Mosca de Millán, 30 de junio de 1924, p.1).

Ahora bien, es cierto que, como se ha venido evidenciando, el criterio de la comodidad no fue el único que se impuso en la proyección de la infraestructura urbana en Tuluá, y a que menudo sus fronteras fueron borrosas con respecto a lo estético, lo funcional y lo higiénico, pero también lo es que éste fue constantemente esgrimido como emblema de la imagen de progreso que se deseaba proyectar, al tiempo que fue principio rector de la construcción de una batería material urbana.

 

 

Una ciudad “bella, limpia y saludable”.

 

 

La imagen de Progreso que se proyectó en Tuluá, como ya se ha mencionado, tuvo entre sus preocupaciones varios elementos que fueron característicos de la representación de ciudad que impusieron algunos grupos locales, en consonancia con disposiciones departamentales y nacionales. Entre estos elementos emblemáticos, también aparecen los dispositivos del ornato, la higiene y la salubridad, los cuales muestran en las fuentes límites difusos entre sí, pero se encuentran presentes a lo largo de todo el cuerpo documental.

En el periodo estudiado se observa cómo desde una lógica estética se pretendió, por una parte, alejarse de las construcciones pajizas, los andenes sin enlozar, las solares sin encerrar, las calles estrechas y sin andenes, las esquinas rectas, el bareque y el adobe (La Mosca de Millán, 20 de enero de 1927, p.12), y en cambio, se proponía adelantar construcciones entejadas, esquinas ochavadas, calles amplias y de medidas estandarizadas, andenes enlozados que no se vieran interrumpidos por ventanales salientes, el uso de letreros luminosos, el ladrillo y el hierro, (A.C.M.T, 1929, Acuerdo 13). Y por otra parte, dicha estética llamaba a la limpieza y el orden en sus calles, acequias, parques y construcciones, y por tanto a la planificación de las nuevas urbanizaciones.

La preocupación por proyectar el ornato en la ciudad fue tal que desde muy pronto se intentó institucionalizar y reglamentar este dispositivo. La Junta de Ornato entre 1909 y 1924, y la Sociedad de Mejoras Públicas en adelante, fueron ejemplos de la intención de la municipalidad de dirigir el tema de la estética, pero también mostraron las limitaciones de la administración pública para lograr la centralización de este dispositivo y la participación activa de intereses privados. En este mismo sentido, dada su cercanía con la Administración Municipal o por simple interés social, se organizaron otros grupos como el Centro Social y la Sociedad Pro-Tuluá, que sin tener una conexión directa con iniciativas públicas, desarrollaron estrategias que les permitieron participar en el embellecimiento de la ciudad.

Entonces se expidieron gran cantidad de reglamentos que atendían los temas de ornato, tanto en relación con las construcciones particulares como las municipales. Es cierto que estas disposiciones siempre estuvieron enmarcadas en un conjunto de Leyes, Decretos y Ordenanzas, pero en cualquier caso el uso de estas muestra el carácter de la administración pública y de las élites, y su relación con este principio. Así se utilizaron herramientas como: reglamentos de urbanización y de contratación municipal, la promoción de la construcción progresista en particulares por medio de la exención tributaria, el castigo y persecución de prácticas que “afearan” la ciudad mediante multas, impuestos y acciones policiacas (Arias, 2018).

La profusa reglamentación sobre el Ornato en la ciudad empezó a marcar una separación evidente entre algunos intereses privados y los de la Administración Pública. En este sentido, surgió en 1924 una importante confrontación entre la Junta de Ornato y el Concejo Municipal, que terminó con la renuncia de sus integrantes y una declinación constante de los elegidos para reemplazarlos. Por esta razón, se creó la Sociedad de Mejoras Públicas, con el ánimo de incentivar el interés público por el embellecimiento de la ciudad, aunque en la década de 1930 se empeorarían las discusiones alrededor de algunas opiniones técnicas de funcionarios municipales.

Por su parte, la higiene y la salubridad representaron otros de los dispositivos utilizados para construir una proyección progresista de la ciudad. Así se puede ver que en el discurso fue siempre reiterativa la necesidad de organizar un sistema de limpieza y profilaxis, si se quería acabar con el atraso del Municipio (El Municipal, 10 de enero de 1923, p.3), y la urgencia de institucionalizar las soluciones de dichos problemas (Archivo Gobernación del Valle. Informes del Director Departamental Higiene, 1925 y 1927). En este contexto, se extendió el uso de mecanismos de control social que buscaban mantener las diferencias sociales por medio del enaltecimiento de los valores progresistas y el señalamiento público de las prácticas “anti-progresistas”.

Las acciones son numerosas y variadas: se creó el departamento de policía sanitaria, se atendió al puesto de médico oficial, se crearon juntas temporales para atender epidemias, se contrataron barrenderos de las calles, se generaron multas en contra de comportamientos “antihigiénicos”, se crearon normatividades para la disposición de basuras, se invirtió en la reubicación del matadero, se construyó un basurero municipal con horno de cremación, se generaron campañas de educación a través de la instrucción primaria –con la cátedra de urbanidad– y de conferencias públicas, se aumentó significativamente el personal municipal que atendía a este ramo (Inspector de Sanidad, Enfermera, Médico Oficial, Policía Sanitaria, Veterinario, Jefe Dispensario Antivenéreo), se crearon nuevas oficinas de control (Unidad Sanitaria, Oficina Antianémica, Dispensario Antivenéreo, Dispensario Antituberculoso) y se generó una gran inversión en obras públicas (matadero público moderno, la empresa de acueducto y alcantarillado, el pabellón de carnes, el pavimento de las calles).

La salud y la higiene, como dispositivos progresistas, fueron una preocupación que desbordó lo meramente local, pero construyeron de manera importante el proyecto de ciudad que se intentó imponer. Estos fundamentaron la intención de cambiar las prácticas cotidianas, influenciaron la manera cómo se construyó la ciudad, formaron parte de los patrones culturales de educación social, representaron elementos de distinción social y cimentaron las bases de la administración pública.

En este contexto, la resistencia social se manifestó mediante la crítica constante al papel de la Administración pública, que se fundamentaba en el rechazo al incremento de impuestos y las demoras que presentaron algunos proyectos como la energía eléctrica y el Acueducto y Alcantarillado modernos. Esta crítica encontró su espacio en la calle y en comunicaciones escritas dirigidas a la Municipalidad, pero también en varios momentos del periodo estudiado llegó como manifestación pública en las sesiones del Concejo Municipal (Arias, 2018). Igualmente se mostró en el no pago de impuestos, y el constante incumplimiento de las normatividades establecidas por la Municipalidad. Ejemplo de esto último lo representan el lavado de ropas en las acequias, la urbanización por fuera de los reglamentos de la municipalidad, el depósito de las basuras en el río, la vagancia de los menores, el uso de fuegos artificiales en las celebraciones públicas, entre otros. Por ello la coacción fue el principal vehículo del Progreso en ciertos contextos.

 

 

El gesto en la vida cotidiana.

 

 

La visión de ciudad que se proyectó en Tuluá no se limitó a la transformación de la batería material y de la administración pública, por el contrario, para alcanzar el “progreso” primero era necesario acabar con el “atraso” de sus pobladores en sus gestos cotidianos. Para ello se recurrió generalmente al uso de códigos binarios excluyentes (civilizado-incivilizado; progresista-atrasado; higiénico-antihigiénico; urbano-rural), los cuales buscaban señalar y cuestionar aquellos comportamientos que retaban la idea de ciudad que se quería imponer.

Aquellos a los que se acusó de generar atraso en la ciudad fueron los pobres –urbanos y campesinos– y sin educación, quienes no lograban entender la importancia de transformar sus prácticas “incivilizadas” (El Conservador, 25 de abril de 1918, p.6); Mientras tanto, otras prácticas tradicionales tendían a ser exaltadas, y por tanto eran consideradas parte del orden progresista que se quería imponer. En este sentido, aparece una moral de lo urbano que debía ser llevada, por acuerdo o imposición, a toda la población, si se quería generar desarrollo y adelanto.

El esfuerzo por imponer este orden progresista en lo cotidiano se observa en la lucha contra las bebidas alcohólicas, la vagancia, lo antihigiénico, el desorden, la persecución de la evasión escolar, el juego, las grescas y la prostitución. La vida nocturna representó un riesgo, por ello su control fue una de las preocupaciones centrales, argumentando que estas prácticas atentaban contra el bienestar mismo de la población. De allí que no sólo la acción policíaca apareciera en escena para controlar los desmanes, sino que se buscaron medidas “preventivas”, que permitieran el control social mediante la acción del Estado local.

Las estrategias más utilizadas fueron altos impuestos, multas y cárcel para los infractores, pero también se institucionalizaron visitas de inspectores (médicos y policías) a los establecimientos con el fin de tener un conocimiento directo de los servicios que prestaban bares, cantinas, casas de juego, casas de lenocinio y chicherías. En este punto se genera una contradicción, puesto que por un lado estos cobros se crearon con la función moralizante mencionada, y por el otro, la administración pública dependió de estas entradas para su funcionamiento.

Más aún, si bien es cierto que prácticas como el juego y la bebida fueron perseguidas en ciertos contextos, también lo es que en otros, las élites locales apoyaron la creación de clubes y la importación de licores extranjeros como una forma de diferenciación social. Esta contradicción aparece de manera contundente en la siguiente cita:

“La beodez es una práctica deleznable que ataca a nuestros campesinos, quienes por falta de educación, no logran controlar el consumo de la bebida en los términos que llama la vida social” (La Mosca de Millán, 23 de enero de 1927, p.3).

Ahora bien, el cuidado de las maneras y las costumbres no fue asunto exclusivo de la administración municipal, por el contrario, desde el inicio del periodo estudiado hubo una resonancia de estos discursos en algunos grupos sociales, quienes por diferentes medios intentaron imponer sus valores en el resto de la población. Así, en un ejercicio de control social, la discriminación y el señalamiento social de las prácticas “anti-progresistas”, estuvieron acompañadas del uso de la prensa y las conferencias, de la creación de juntas y de actos públicos (la misa, las celebraciones patrias, recolectas públicas, etc.), como una manera de crear un orden progresista en lo cotidiano.

 

 

Consideraciones finales

 

 

La situación de Tuluá no fue un caso único, ni aislado, ni tampoco fue resultado de un proceso repentino, sino que fue consecuencia de un contexto social, cultural y político que se venía gestando desde antes del periodo estudiado, y que se vio fortalecido por el crecimiento económico de la región y el país. De cualquier forma, esta coyuntura fue aprovechada por las élites locales para hacer realidad un proyecto de ciudad, en el que se buscaron transformaciones económicas, materiales, sociales y culturales que se mantuvieran en el tiempo.

Este proceso revisó de manera general las ideas de Desarrollo, Progreso y Civilización que fueron recurrentes en el discurso del período estudiado, y que tomaron forma en un proyecto que se preocupó por la institucionalización de remedios que “paliaran el atraso” de la ciudad, y que al mismo tiempo tuvo una correspondencia dialógica en algunos sectores de la población en Juntas, Sociedades e intereses particulares. De allí que los límites del proyecto rebasaran la simple mejora material e intentaran adentrarse en acciones que procuraron la transformación de las “prácticas incivilizadas”, mediante la imposición de un “orden progresista”, que si bien no fue construido por las élites locales, sí fue utilizado y adaptado por estas como un medio de control social que tenía un doble rasero; al tiempo que se buscó generalizar las ideas de civilización, progreso y desarrollo en la sociedad tulueña, se afianzó la diferenciación social en términos de estatus y buenas costumbres.

Precisamente esta contradicción se espacializó en la manera como se administró la ciudad, y en los ritmos, formas e intensidades en las que el Progreso llegó a los distintos barrios. Esto se manifestó en la escasa o tardía construcción de obras progresistas (calles, escuelas, alumbrado público, alcantarillado, acueducto, entre otras). Sin embargo, pese a estas diferenciaciones, la búsqueda del control social de las zonas marginadas del Progreso fue constante, y llevó a la ejecución de acciones desde la Municipalidad a través de medidas coactivas (multas, medidas policiacas, higiénicas y profiláctias), pero también desde los intereses privados por medio de Juntas y Sociedades que desarrollaron un discurso atravesado por las ideas de Caridad y Beneficencia.

Finalmente, es claro que la transformación de la batería material urbana jugó un papel fundamental en la proyección progresista de la ciudad, no solo en las obras públicas sino que incluso algunos particulares buscaron ganar estatus social mediante “construcciones modernas”. Sin embargo, más allá de la transformación de la infraestructura urbana que percibieron los tulueños, sobresale la existencia e imposición de ideas que se basaron en la necesidad de resaltar y proyectar, tanto en lo local como en lo regional, las condiciones progresista de Tuluá como requisito para el reconocimiento del éxito en lo urbano.

 

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Cuevas, H. (2016). Visiones y representaciones sobre la transformación urbana de Buga (Colombia), 1900-1937. Revista Historelo Vol. 8, No. 16, pp. 212-213.

Gorelik, A.(2003). Ciudad, Modernidad, Modernización. Revista Universitas Humanística (No 56). Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana, pp. 11-27

Rojas Guerra, J. M. (1985). Sobre el papel de los empresarios en la formación del sector azucarero. Boletín socioeconómico, (14-15), pp. 7-87.

Valencia Daza, G. I. (2010). La configuración del departamento del valle: 1904-1910. Revista Historia y Espacio, (Vol. 06 No. 34), pp. 1-20.

 

III. Fuentes Electrónicas

Agudelo, Ángela y Chapman, William (2012). “que el Sr. Alcalde haga destruir las casas pajizas”: El proceso de transformación urbana en Barranquilla a finales del siglo XIX y principios del XX. Revista Digital de Historia y Arqueología desde el Caribe. Recuperado de: http://rcientificas.uninorte.edu.co/index.php/memorias/article/viewArticle/3334

Ramírez G., M. T. y Téllez C., J. P (2017). La educación primaria y secundaria en Colombia en el siglo XX. Banco de la República. Recuperado de http://www.banrep.gov.co/docum/ftp/borra379.pdf

Torrejano Vargas, R. (2015). La educación primaria y secundaria en Colombia desde la perspectiva del estado. 1903 - 1930. Revista Republicana, 1 (17). Recuperado de http://ojs.urepublicana.edu.co/index.php/revistarepublicana/article/view/10



[1] Solarte Universidad del Valle, jparasol19@hotmail.com

[2]Existe una carencia de trabajos historiográficos que expliquen lo económico (y otros asuntos) en Tuluá, desde una perspectiva local. Aun así algunos indicios se encuentran en las fuentes revisadas –informes, presupuestos, escrituras notariales, prensa, etc.– y en algunos trabajos monográficos que se hicieron por la época (Martínez N., 1910; Potes, 1931; Martínez y Paredes, 1946).

[3] La tabla surge de la sumatoria de cada uno de los departamentos de los presupuestos de gastos en el periodo indicado, aunque estos carecen de la información de 1917-1918, 1919, 1925, 1926, 1932, puesto que los acuerdos respectivos no se encuentran; Por otra parte, fruto de la ley 5 de 1918, en los presupuestos de gastos se eliminan algunos departamentos como los de Culto, Policía e Higiene, que se inscriben en el de Beneficencia, y el departamento de gastos varios o imprevistos que es asumido por una partida que se destina en casi todos los departamentos.

[4] Son muchas las vías que se construyeron, mejoraron y repararon en este periodo, pero entre ellas destacaron las que dirigían, en la parte plana, a Papayal, Guavito, Nariño, El Salto, Los Caimos, Aguaclara y Bocas de Tuluá, y en la parte montañosa, a la Ribera, la Colonia, La Marina, el Diamante, La Iberia, San Rafael, Frazadas, San Marcos, La Floresta, Jicaramata.

[5] En su mayoría, las personas que participaron de estas Juntas y Sociedades pertenecieron a las élites tulueñas, o tuvieron una relación cercana con ellas. Aunque en el periodo existieron algunas sociedades de origen popular que lograron intervenir en algunos procesos particulares, por ejemplo el Centro Obrero Céspedes en 1936 (Martínez y Paredes, 1946), éstas no lograron desarrollar un proyecto de ciudad que se mantuviera en el tiempo; cosa que sí lograron las Juntas y Sociedades de las élites.

[6]Llamado también “Círculo Potes”, contó con personalidades como: Gertrudis Potes, Germán Cardona Cruz, Julia Restrepo, Alejandro Uribe, Luis Uribe Restrepo, Simón Jiménez Bonilla, Alicia White de Restrepo, Manuel Victoria Rojas, Adán Uribe Restrepo, Federico Restrepo, entre otros.

[7] Este fue inaugurado como el Parque Céspedes en medio de las celebraciones del centenario de la Independencia en Julio 20 de 1910, pero se le colocó el nombre de Parque Boyacá con la reconstrucción del mismo en 1930.

[8] Se refiere a Juntas manejadas por intereses particulares y privados, pero que fueron financiadas total o parcialmente por el erario público.

[9] Algunas familias resaltan en este propósito: los Sarmiento (Jesús Sarmiento y su esposa María Lora entre 1900 y 1930, y los hermanos Sarmiento Lora, después 1930); los Uribe (los Uribe Uribe hasta 1920, los Uribe White a partir de esa fecha y los Uribe Restrepo desde el siglo XIX), entre otros.

[10] La Escuela Caldas, institución pública, fue regentada por los hermanos Maristas entre 1896 y 1903, su corta duración impulsa a la construcción privada, con auxilios municipales, del Colegio Sagrado, desde mediados de la década de 1910 y de la Escuela San Francisco de Asís en la década de 1930.

[11] El área densa creció a lo largo del periodo estudiado. Sin embargo, en un sentido práctico se refiere al territorio de la banda izquierda del río Tuluá, y que correspondió a los barrios: Las Olas, Prías, la Chichería y el Empedrado.

[12]De 13 escuelas rurales con locales alquilados al inicio del periodo (A.C.M.T. Presupuesto Municipal 1911), se pasa a 27 escuelas rurales con 11 locales propios en 1937 (A.CM.T., 1938, Acta 41).

[13]La escuela constaba de seis años de enseñanza, los dos primeros llamados elementales; los dos siguientes, escuela media y los últimos años escuela superior. (Ramírez y Téllez, 2010, p.7)

[14]Hay que mencionar que hay varios ejemplos que estudian en Estados Unidos o Europa desde el siglo XIX, pero estos son excepcionales. Entre ellos Tomás Uribe U. que estudió en Francia, y de José Antonio González que estudió en Estados Unidos.

[15] Es común encontrar la preocupación de la Municipalidad de controlar la asistencia a las escuelas públicas, pasando revista a las casas de aquellos estudiantes que no llegaran a la jornada escolar. Incluso en algunos casos se legislan desde Concejo medidas policíacas y de multas para aquellos niños y jóvenes “vagabundos”, que evadían la Escuela (A.C.M.T. Acuerdo N° 7, del 19 de mayo de 1920)

[16]Este último, antes de la adaptación de la casa para sitio de espectáculos de cine y compañías dramáticas, funcionó en un patio grande y acondicionado para el caso. (Martínez y Paredes,1946, p.347)

[17] El sistema utilizado para esto fue el “trabajo personal subsidiado”, que consistió en un impuesto que se pagaba según la clase con dinero o con jornales de trabajo, con el cual se le pagaba un jornal a los presos, quienes por lo general acometieron estas obras hasta mediados de la década de 1920.